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Por una política editorial para la crítica cultural online

«La dislocation, où les phrases s’écartent et se dispersent, ou bien se bousculent et coexistent, et les lettres, la typographie se met à danser, à mesure que la croisade délire. Voilà des modèles d’écriture nomade et rhizomatique. L’écriture épouse une machine de guerre et des lignes de fuite, elle abandonne les strates, les segmentarités, la sédentarité…»

Resulta difícil leer esta frase y no pensar que cuando fue escrita no existía nada parecido a la web. Y que todo ese trabajo que Deleuze y Guattari hicieron a cuatro manos estaba destinado a trazar una estrategia y a dar una razón de ser previa a la existencia de ese enorme dispositivo. Es por eso que aunque parezca anacrónico pensamos que es una referencia obligada y que es necesario siempre volver a leer. Que ese pensamiento nómada hable, y que junto a otros contextos y a otras realidades exprese de nuevo su saber oracular.

Nuestro contexto actual es uno de urgencia y catástrofe. O por lo menos eso es lo que de pronto se nos quiere hacer creer o se nos quiere ocultar. Lo cierto es que siempre será un saber a medias. Lo que sí es cierto y urgente es que cuestionar nuestras prácticas sociales y culturales, la globalización del mercado y la masificación de la miseria capital ya no sólo pone en peligro la libertad para pensar y disentir sino la capacidad misma de hacerlo. Pero, ¿Cómo mantener el espíritu crítico dentro de unas sociedades que parecen cada vez más dispuestas a reprimir, reciclar, desviar, acallar o banalizar todo pensamiento y toda práctica?

La cuestión de la crítica remite en primer lugar a la cuestión del margen. Porque ¿cómo podemos evaluar una idea, una postura, una sociedad si se está completamente inmerso en ellas, sin que medie una distancia? Se trata de colocarse fuera de los límites, buscar los bordes que brinden otra perspectiva; en suma, se trata de oponerse a ser parte de la masa que acepta pasivamente lo que se le da, y por ende se trata de resistirse al empobrecimiento inherente a la banalidad y masificación.

A veces este distanciamiento se hace de manera violenta, y entonces adquiere la forma de gritos que irremediablemente van a estrellarse cansados contra los muros de las instituciones, o contra estructuras cada vez más kafkianas y sofisticadas de cuya existencia real ni siquiera podemos estar seguros. Pero otras veces, esa es nuestra apuesta, la política se cifra en el fluir de la vida, en las relaciones que en la cotidianidad tenemos con la educación, el amor, la amistad, la cultura y el ejercicio reflexivo y autodesmantelador.

La vida nos ofrece entonces la posibilidad de crear pequeñas máquinas con las que trabajar de manera flexible y a distintas potencias el pensamiento crítico y la hospitalidad, es decir nos ofrece entonces la posibilidad de alguna manera “hacer política”. Y esa “gestión” tiene como objetivo la creación de un espacio que a su vez se encuentre con otros y haga constelación.

Esto responde a que diariamente vemos cómo, por medio de operaciones cada vez más retorcidas, se consolida la idea de que la cultura pertenece a la esfera del mercado capital, y somos testigos de cómo se rompen los vínculos con las diversas prácticas estéticas debido al empeño de querer convertirlas en entretenimiento rentable. Como si todos los contenidos culturales fueran equivalentes e intercambiables; cuando precisamente la cultura es un vastísimo concepto en el que se incluye la producción de simbolicidad y de subjetivación pero también, y esto quizás es lo más importante en nuestra noción de cultura, es la que la cuestiona todas sus construcciones y hace tambalear sus simientes, y si sostiene alguna estructura de verdad habrá de ser la del cuestionamiento, que se diferencia de la falsa neutralidad de la corrección política y que a final de cuentas sólo esconde la rigidez del conservadurismo.

No podemos olvidar que en los momentos más atroces que hemos tenido como humanidad han sido caracterizados por una actitud soberbia de absoluta certeza y falta de autocrítica, pero sobre todo de ciegas creencias. Son pocos quienes se atreven a tomar distancia y descreen tanto de las dinámicas en las que inevitablemente están inmersos pero también de sí mismos. Aquellos que buscan alternativas lo han entendido: al alejarse de las relaciones de poder y de la logística del lucro, reconquistan cierta forma de independencia y crean unidades en todo sentido productivas y enlazables y no por ello menos críticas.

Es en ese orden de ideas que confiamos y apostamos por la proliferación de estas intervenciones y la creación de plataformas-dispositivo desde los márgenes que supone una revista puesta en la inmensidad de la red. Pues pensamos que las plataformas son como espejos, que pariendo de un deseo común encuentran su razón de ser, que es la de crear y multiplicar vínculos culturales a su vez reflejantes y generadores.

Eso es salonkritik una revista de crítica artística y cultural online en castellano, que con constancia y rigor poco a poco se ha ido construyendo a partir de la premisa de una política editorial que se funda en la experiencia y la experimentación del ejercicio reflexivo y los principios de hospitalidad. La revista está hecha en formato blog y parte de un ideal que busca conciliar la exigencia del análisis cultural y la teoría crítica con el reto que para su desarrollo supone el estar y ejercerse “en línea”.

Con ese “ejercerse en línea” como base de su política, persigue suscitar y hacer productivos la crítica y el análisis de las diferentes disciplinas que, asociadas, conforman la cultura. De ahí que Salonkritik funcione como un repositorio selectivo de la crítica cultural de calidad, con el que se busca contagiar la avidez lectora, la curiosidad, la pregunta, el asombro, pero también el hallazgo de las grietas, y en esos intersticios servir de espejo que refleja y sirve de máquina al servicio de la desmantelación de la ya irrefrenable producción simbólica en la cada día que vive y muere nuestra civilización.

Para ello la revista explora constantemente nuevos territorios en el trazado de líneas transversales entre los distintos géneros, habitando y procurando hacer fértiles los espacios intersticiales, la fisura, la frontera, el margen mismo en que la diversidad de los modos de la creación cultural contemporánea se despliega en la actualidad, de manera que a las tradicionales separaciones rígidas, forzadas, seccionadas, busca oponerles un modelo de contaminaciones recíprocas y diálogos encontrados.

Asimismo, en su tentativa experimental salonkritik desarrolla un modelo de independencia que, más allá de las tradicionales complicidades, procura proyectar el escenario del trabajo riguroso -fortaleciendo cada vez más la generación de contenidos propios- al espacio de una esfera pública concebida como lugar de encuentro y controversia, abierta a la libre exposición de las ideas.

En ese sentido hemos dado un paso más hacia la construcción de ese espacio crítico que el momento actual nos pide al poner en marcha la producción y publicación de una nueva línea de opinión a partir de contenidos propios –la columna sK que hemos titulado “domingo festín caníbal”, con la que se busca dar una potencia aún mayor al dispositivo reflexivo.

Salonkritik adopta una estrategia de sobriedad en la que menos es más o para decirlo a la manera minimal: “the rest is noise”, y en la que desarrolla y sostiene una política especular de libre distribución de contenidos bajo licencia creative commons, que respeta el reconocimiento de autoría y cita de fuentes originales en todos los materiales que publica.

Es así como el espíritu crítico puede salir del aislamiento y transformarse en un dispositivo de hospitalidad y desmantelación para ser usado por la colectividad. Que obliga a cambiar de perspectiva pero también de ritmos y velocidades, porque al tomar distancia, ahí está la paradoja, se vuelve rápido y lento a la vez. Lento, ya que para pensar se requiere de la emancipación total de la dinámicas de los relojes, trabajar menos, pensar más, hablar menos, escuchar más, leer, vivir mejor. Se necesita un tiempo dilatado o en suspenso, de alguna manera sustraído al sistema de producción, al juego de las pérdidas y los beneficios. Sabemos hasta qué punto pedirle ese tiempo a una época que se reafirma en escatimarlo es una empresa utópica, que nos remite a la idea urgencia del principio, y esta urgencia, nos hace afirmar que adoptar una política para pensamiento crítico es también hacerse mucho más rápido e intentar anticipar la necesidad de abrir un espacio y un tiempo que potencien el ejercicio reflexivo de la escritura y sus agenciamientos.

María Virginia Jaua

publicado por SalónKritik

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