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Un justo homenaje a Feliza Bursztyn I

Luego de más de dos décadas de la muerte de la artista Feliza Bursztyn (1933-1982), el país le rinde un sentido y justo homenaje a una de las mujeres más importantes del arte Colombiano, que junto a Débora Arango, Beatriz Gonzales, María Teresa Hincapié y Doris Salcedo han logrado demostrar que el arte ya no es exclusividad masculina. Esto hoy es algo normal, gracias al movimiento liberador de los años sesenta del cual hacía parte Bursztyn, pues el papel de la mujer artista, hoy es incuestionable.

La escultura de Feliza Bursztyn, aún enmarcada dentro de los presupuestos modernos y a tono con esa nueva vanguardia francesa de los años sesenta en la literatura “La Nueva Novela”, en el cine “La Nueva Ola” y en la plástica “Los Nuevos Realistas”, hace de los materiales industriales particularmente los desechos y chatarras, el pretextos perfecto para la obra. La escultora ya no utilizaba el bronce, ni el mármol, como materiales para hacer obra, sino, el hierro, el acero, y otros materiales no considerados como nobles. La obra de la artista, hoy nos sorprende enormemente, pese a la distancia en el tiempo en que fue concebida, pues logra de una manera magistral, cuestionar el papel de una sociedad industrializada que produce para el consumo y la acumulación. Su obra, al igual que la de Cesar, exalta de una u otra manera el mundo industrial pero no haciendo una apología, sino cuestionándolo. Sus máquinas nos hablan de una cierta nostalgia de lo humano y de la naturaleza. Sus máquinas no producen nada, sino sólo, movimientos espasmódicos como en “Las Histéricas” (1968), emparentados quizá a esos flujos de deseos como dirían en la misma época los pensadores Félix Guattari y Gilles Deleuze, en su famoso texto, “Las máquinas deseantes”(1).

A la artista que se perfiló en los años sesenta como pionera de la nueva vanguardia local -impregnada indudablemente de los Nuevos Realistas y el arte sociológico francés-, adulada y defendida por la crítica de arte, en particular la de Walter Engel, Marta Traba, Eduardo Serrano, Álvaro Medina y Germán Rubiano, se le rinde hoy un doble homenaje nacional: el primero en la Universidad Nacional de Colombia y el segundo con en el Museo Nacional con una exposición retrospectiva titulada “El elogio de la chatarra”. El primero ellos, al cual nos referiremos en este vistazo crítico, es un doble homenaje: a la artista y al personaje a quien fue concebido el monumento que se concreta con su instalación escultórica: el homenaje al ex-presidente Alfonso López Pumarejo, en 1967 para celebrar los cien años de la institución universitaria más importante del país.


Homenaje a Alfonso Lópéz Pumarejo. Ciudad Universitaria. 2009.

Esta escultura monumental, fue la ganadora de un concurso organizado en 1967; el jurado conformado por Rogelio Salmona, Marta Traba, Fernando Martínez, Eduardo Mejía y Mario Latorre, declaró el proyecto de Bursztyn ganador. Si bien el concurso fue bastante cerrado (sólo participaron Negret, Ramírez Villamizar y Bursztyn), hecho que generó una polémica bastante grande en el contexto artístico, liderado en ese momento por los profesores del departamento de Bellas Artes de la Universidad Nacional, los organizadores del concurso sabían que debían premiar a la vanguardia del momento encarnada en esos jóvenes artistas para así dar un espaldarazo a la nueva generación de artistas.

El proyecto no dejó de crear un cierto malestar al interior y fuera de la universidad, pues su factura no estaba enmarcada dentro de los cánones académicos tradicionales e indudablemente no era un busto como se hacía comúnmente en esa época y aún ahora valga la pena decirlo; los profesores del departamento de Bellas Artes en carta enviada al Rector del momento Guillermo Rueda Montaña, le manifiestan su desacuerdo por que el monumento sea realizado por “personas que si bien reúnen algunas condiciones artísticas, no pertenecen a la Universidad lo cual significa el tener que hacer una erogación que de uno u otro modo, incidirá en su presupuesto, en el momento menos propicio para ello”(2). La misiva estaba firmada por el director del departamento el maestro Francisco Cardona Suarez y respalda por la gran mayoría de profesores entre quienes estaban los maestros Carlos Granada, Ignacio Gómez Jaramillo, Rodolfo Velásquez, Marco Ospina entre otros. Estos artistas comenzaban a ser relegados por la crítica de arte Marta Traba, lo que implicaba un cierto arreglo de cuentas. Pero tal posición, bastante radical, terminó condenando al olvido el proyecto escultórico de Bursztyn. El monumento no se realizó y solamente Bursztyn pudo “sacarse el clavo” en una escultura pública, pero de modestas dimensiones en su Homenaje a Gandhi (1971) que se sitúo en la calle 100 con Carrera 7ª.

En la década de los noventa, luego de una década de la muerte de la artista en su exilio parisino (pues no hay que olvidar que ella fue encerrada en las caballerizas en los años setenta, por ser considerada como complaciente de la subversión), el proyecto escultórico es retomado por la Rectoría de Marco Palacios pero de nuevo por diferentes razones no es viable. Finalmente el ex-vicerrector de sede Fernando Montenegro, retoma el proyecto y este año en el parque que rinde homenaje a los escultores de la década de los sesenta y setenta en la Ciudad Universitaria, se erige el monumento a Alfonso López Pumarejo, tal como lo pensó y concibió la artista, según la maqueta inicial. El monumento que parece ser la abstracción de un árbol, es un conjunto de tubos metálicos, de diferentes diámetros y tamaños.

En este momento resuenan algo lejanas por fortuna, las críticas mal enfocadas de los máximos opositores al proyecto: “Eso es horroroso, protesto. Me parece que para revelar y destacar la figura de un hombre tan importante, no se debe emplear tubos de acueducto” (Carlos Arbeláez, decano de la facultad de arquitectura de la Universidad Javeriana). “”Eso no es un monumento ni es nada. Me da la impresión de que es una locura, y las locuras no tienen explicación. Ese monumento no es antiguo, ni moderno, ni es nada. A ese respecto no se puede agregar nada, porque no hay nada más que decir” (Arturo Abella, historiador). Estas críticas, que sin duda lograron opacar el proyecto en su momento, hoy ya no tienen sentido, pues el monumento está en el lugar que le corresponde. La escultura rinde homenaje a un personaje que contribuyó a modernizar al país, y particularmente a la Universidad Nacional. Hoy esa escultura, que es en verdad la abstracción de un árbol, se funde con los otros árboles del Parque de los escultores.

Ricardo Arcos-Palma. Bogotá, 8 de diciembre del 2009*

notas:
(1) G. Deleuze y F. Guattari. l’ Anti Oedipe. Paris: Minuit, 1973
(2) Unimedios. Alfonso López Pumarejo. Abstracto. Feliza Bursztyn. Universidad Nacional de Colombia. 2009.
http://www.untelevision.unal.edu.co/multimedia/feliza/

*Originalmente en Vistazos Críticos