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Bucaramanga: desde su 27
Por. Victor Hugo
Los colores eran para nosotros cartuchos de dinamita.
André Derain

Sobresaturada e inerte, pero meditabunda y transeúnte sobre la orquestación de sus colores, en medio de una obsesión que fluctúan entre el martirio y su pretendida alegría de vividero, que se excusa frente a sus propios lamentos, esos que se ocultan como la pobreza de sus angustias; mientras, que en sus rincones se transpira la perturbación del insomnio que nunca se detiene, así es Bucaramanga.

Arribista por naturaleza, la tendencia, la que siempre se esconde tras la simulación y el desencanto, que produce su afán consumado por mantener la fachada de tranquilo parque solariego, donde puede transcurrir la vida y en la que se han jubilado el 80% de los trabajadores petroleros que vinieron de Barrancabermeja y otros del frente, los que se dejaron seducir por el encanto apacible de una economía que levita entre lo legal y lo ilegal, que hoy se sostiene subterráneamente a punta de ser la mejor lavandería abierta y prospera que desinfecta hasta el alma y en la que se puede ser el perfecto anónimo sin que nadie lo advierta. Ahí está la meseta y sus perpendiculares que delimitan con el cañón, el del Chicamocha, con portería y rejas, lejos del plebeyo mundo que hierve en sus estrechas calles: el suicidio del crecimiento.

Bucaramanga, su lugar de “Payacuá”, la de “La culebra pico de oro” y donde se escenificó la matanza de jóvenes liberales a manos de los conservadores durante la Guerra de los Mil Días, la que era de los andinos e inmigrantes extranjeros a comienzos del Siglo XX, donde se producía la música de la fría montaña, esa que recorría el torrente sanguíneo y deliraba a José Morales y Luis A. Calvo, pasó a ser la metrópolis del vallenato y la tecnocumbia por cuenta de los medios de información, los de la imposición de la estética mercantil; la ciudad del olor a tabaco que inundaba la Carrara 27, es hoy el escenario escandaloso donde las iglesias cristianas se disputan a sus seguidores, como los almacenes del centro, donde atalayan a los consumidores en la rapaz tarea de atrapar la conciencia y el diezmo de los demás, que sirve para construir la obra de dios y la de sus elegidos.

Esta ciudad que vive bajo el caos de su parque automotor y en espera de un fantasma que rediseño la ciudad, a partir de los intereses del capital privado, con el prurito de que llegó la hora del progreso en el Siglo XXI, con el sistema de trasporte masivo, pero que se convirtió en la frustración por dónde camina y se oxigenan sus sicopatologías sociales, las del acecho y donde se subasta la vida por un peso de más.

Bucaramanga, la invasión en rojo, esta ciudad que sólo cuenta con cuatro carreras para des-embotellar su trafico, la 15, 21, 27 y la 33, en las que se debate la enfermedad del tiempo y la espera, donde se consume lo poco que queda de vida y el espejismo de su propia entelequia. La misma que se enamoró y se convenció que era La Ciudad Bonita, como la bautizara a finales de los años 80´s, el entonces director de la noticias de Caracol Radio, Don Yamit Amat; mientras, hoy su gente está empeñada por los que imponen el orden en los barrios, los que visten de negro, la paraestatal de la seguridad, esa misma que ha cobrado la vida a algunos de sus ciudadanos andariegos y habitantes de la calle, bajo la mano negra de la “limpieza social”.

Esta es la ciudad de rojo, la de la carrera 27, no la del intenso color que definía al radicalismo liberal, de ese que ya ni la historia misma de la joven urbe se atreve a narrarlo ni reconocerlo en estos tiempos de la dictadura antioqueña.

Esta es mí Bucaramanga, a la que le apostamos a develar y desmantelar en imágenes, la misma que ya es otra, no la que conocí en la estación del tren en Café Madrid, la del parque Centenario repleta de vendedores y merqueros, la de nuestros económicos almuerzos con sabor de tierra en la antigua Plaza de Mercado Central que descubrimos con Mauricio García; la del Cine Club El Hormiguero los martes en la noche en el teatro Santander, la de las tardes de ensayo en el Teatro la Culona de Juancho Torres, y la de las primeras andanzas, queriendo ser artistas con Oscar, por allá en 1985, cuando la Ratona era ella y, ahora, la misma ciudad de Camila, Gabriela, Paula y Ana María, las que hoy no me esperan en casa, aunque yo no las olvido.

Fotos: Hugsh, 2009©

Publicado por Zona Oriente

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