Sin remedio (III)

James Natchwey

James Natchwey. El Salvador, 1984 – Army evacuated wounded soldiers from village football field.

Tercer acto

El mundo, de acuerdo a las noticias, vive una crisis financiera mundial de enorme dimensión. El mercado de acciones se derrumbó con Wall street a la cabeza y se llevó por delante la economía norteamericana, la europea, la asiática, arrastrando de paso a las economías emergentes, en una suerte de dificultad sistémica. Sin embargo, la crisis misma esconde y pocos medios lo dicen, una fisura mayor y esta tiene que ver con la autopista misma sobre la que transita la economía, es decir, el sistema democrático. Aunque un gigante de la economía mundial como China opera sobre un sistema híbrido del cual es mejor no hablar por el momento.

Me refiero con esto a las democracias occidentales, con un parlamento y un presidente (en otros casos un primer ministro) elegidos mediante el voto que consignan los ciudadanos y un sistema de justicia que nace de los acuerdos políticos que establecen las dos primeras ramas del Estado ya citadas. Si algo no está funcionando dentro de la economía pareciera ser un problema exclusivo de los economistas y no un asunto relacionado con la manera en que el sistema democrático opera, porque este mismo sistema actúa bajo unas subrepticias maneras que privilegian viejas condiciones jerárquicas con que actuaban los estados monárquicos. Los privilegios que la sangre otorgaba fueron reemplazados por los privilegios que el poder del dinero otorga en la actualidad y los presidentes que se eligen mansamente por las mayorías votantes son simples administradores de un sistema que funciona para privilegiar las minorías que detentan el poder económico. La democracia es el sistema que necesita el capitalismo para actuar mediante una fachada de absoluta legitimidad, que de cuando en vez asegura a sus afiliados, mediante las políticas asistencialistas, el bienestar general que debe poseer para garantizar la continuidad del sistema.

Cuando se piensa en las virtudes del sistema democrático viene a la cabeza inmediatamente todas las bondades que este ha significado para los prósperos países de Europa como Inglaterra, Francia o Alemania y obviamente en el caso de América para EE.UU. Empero, los avances en materia social en estas democracias corresponden más a las victorias que en el plano económico han sabido trasladar a sus conciudadanos después de años y milenios de ventaja militar expoliando a los países que en algún momento fueron y han seguido siendo sus víctimas. Hoy ese poderío ya no es militar, es tecnológico. En un interesante artículo escrito por Noam Chomsky en el año de 1967 titulado “El papel de los intelectuales” escribe: “No somos la primera potencia en la historia que alía intereses materiales, grandes posibilidades tecnológicas, con un desdén extremo por los sufrimientos y la miseria de los débiles”.

Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila) y miembro del Transnational Institute de Amsterdam apunta en un reciente artículo lo siguiente: “La reciente crisis sugiere una revisión al sistema político sobre el cual opera el modelo económico. La izquierda debería ser capaz, de nuevo, de atreverse a aspirar a modelos de organización social que apuntaran sin reservas a la igualdad y al control democrático-participatorio tanto de la economía nacional como de la economía global, condiciones necesarias para la emancipación individual y colectiva”.

Dadas las circunstancias entonces, surge un debate que debe comprometerse a revisar el papel del Estado y su estructura democrática frente al rol que juega la economía en sus modelos clásicos: proteccionismo y librecambismo. La primera aboga por un Estado benefactor, asistencialista, que protege la economía interna mediante el recurso arancelario y una tasa real fuerte. La segunda corresponde al modelo neo liberal que precisamente ha hecho crisis, al dejar que la actividad económica flote libremente sin ninguna intervención del Estado. Es más, la supervisión mediante controles por parte del Estado fue vista como una intromisión retardataria que limitaba la libre circulación del sistema económico, reduciendo sus ventajas. En el lanzamiento de la plataforma de una economía global estuvieron los intereses neo liberales, quienes propugnaron por una circulación libre del capital sin ningún tipo de fronteras que impidiera tal propósito.

Los grandes capitales salieron de compras, fusionaron empresas ubicadas geográficamente en las antípodas del planeta, inflaron al mercado de acciones y crearon la falsa presunción de que el dinero circulante era de tales proporciones, que había dinero suficiente para todos.

Pareciera por momentos una configuración radical de los actores económicos sobre otros actores que generaron un desplazamiento de estos últimos sobre los primeros, convalidando la preeminencia política del corporativismo empresarial en las decisiones críticas del estado. Y continúan siendo estas preeminencias las que juegan un rol determinante en el curso de la guerra local y en algunas decisiones que encuentran un colchón de respaldo en el brazo militar legítimo del mismo estado.

Detrás de la oscura guerra local se parapetan sutilmente intereses mismos que desafían las convenciones del acuerdo y el diálogo sobre modelos de organización social, los cuales en determinado momento pueden servir de excusa para ocultar razones más fuertes y estas tienen que ver con elementos de tipo cultural. Más que un modelo de inspiración nacionalista amparado en los subsidios ideológicos que ofrece el socialismo tardío, la discusión tiene que ver si detrás de este modelo se ocultan intereses de concepción cultural frente al modelo de estado y conducción de la sociedad.

La izquierda armada ve por doquier la amenaza imperial y esta respuesta instintiva obedece más a una réplica antropológica antes que a un discurso de choque y alternatividad ideológica. El llamado permanente a la lucha de clases ubica a sus defensores en un tránsito por fuera del tiempo de la modernidad dominante, pero reivindica una condición social y cultural de los mismos mediante una práctica que revela un proceso ahistórico pero legítimo en muchas consideraciones.

La historia de los países emergentes, como Colombia, dibuja un paso adelante y un paso atrás respecto de la historia oficial de occidente y los países dominantes del hemisferio; por ello, la lucha de clases desconoce la evolución urbana de la sociedad y la configuración de nuevos actores sociales, incluidos los desposeídos a partir de nuevas articulaciones culturales, una de ellas la cultura del narcotráfico, el sicariato y el éxito económico mediante oscuros procedimientos como es el caso de DMG y su joven líder.

En estas difíciles coyunturas el papel del arte y la estética puede parecer invasivo y desacertado, porque su imagen está asociada a la producción de mercancías simbólicas dirigidas a satisfacer el estrecho círculo de las esferas dominantes. La mercantilización de estas producciones simbólicas deja un espacio bastante crítico para el artista en la medida que su interés ha estado cobijado por el éxito personal, desconociendo las posibilidades que su actividad le ofrece al buscar insertar su trabajo en otros medios y mediante otras maneras de generación de sentido en el amplio y segmentado espectro social. Una de ellas es el espacio de la reflexión crítica que las diferentes evoluciones del arte aportan por fuera de las tradicionales metodologías y modos de concebir la actividad estética.

La solución militar planteada en algún momento por el establecimiento correspondió a una expresión urgente y mediata por parte del electorado ante la frustración que significaron los malogrados diálogos del Caguán y lo que en un momento se pensó como una salida viable, con el paso de los años se convierte en una simple fórmula de contención que impide la emergencia de un diálogo abierto y sincero, pero lo que no se puede aceptar es que este se convierta en un simple intercambio de demandas políticas y sociales entre dos actores, con desconocimiento y sin la participación directa de los diferentes actores que componen la sociedad civil.

La salida dialogada al conflicto debe contar con unos aportes claros desde el campo estético. Las posibilidades de legitimación de un proceso de este tipo parten del compromiso de la esfera estética por desentrañar algunos misterios que rodean el proceso de ascenso y dominio de una clase dirigente que se convierte en interlocutor imprescindible de este planteamiento.

Las prácticas artísticas actuales, constituidas desde un entrecruzamiento de disciplinas se convierten en una valiosa herramienta que puede constituirse en actor motivante que desencadene un proceso de este tipo: la sociología, la antropología, las ciencias económicas, la filosofía y el quehacer estético multidmensional son interesantes aristas de un proceso que puede coadyuvar e integrarse de una manera sofisticada y nunca antes vista en un proceso político, sin que implique su integración formal en el espacio cotidiano de la vida política y social de la nación que ha de fundarse.

Espacios como la galería Alcuadrado constituyen embriones de un proceso que se experimenta en la escena local sin que haya logrado articularse definitivamente en el espíritu social, porque necesariamente se convierte en un proceso consensuado que debe partir desde una posición crítica, abierta e incluyente, donde cada actor singular pueda expresar las oportunidades y sugerencias que un proceso de este tipo le demanda.

La crítica institucional local es un viento tenue que con dificultad arrastra las voces de la discordancia y la inconformidad con el panorama actual de la vida cultural en Colombia y ello de alguna manera puede responder a que al interior de la sociedad las instituciones son aún bastante débiles, en la misma medida que el estado nación es un organismo en transición, permanentemente asediado desde diferentes flancos internos y externos. Es indudable que la guerra contra las drogas y la misma consideración penal de este asunto han convertido a Colombia en un rehén de las políticas del departamento de estado Norteamericano y de los vaivenes internos entre republicanos y demócratas. La última contienda electoral así lo demostró cuando Colombia apareció innumerables ocasiones citada en el juego del poder entre republicanos y demócratas no solo en el marco de la guerra contra las drogas sino en el debate hipócrita de los norteamericanos sobre el sensible tema de los derechos humanos.

Pero igualmente la legitimidad al interior de la sociedad-nación colombiana sigue en entredicho, cuando amplios grupos armados ilegales se disputan el poder territorial y estratégico de vastas zonas geográficas, a pesar de los avances en materia de política de seguridad democrática de la actual administración. De nuevo las consecuencias de la guerra contra las drogas se erigen en la principal amenaza a nuestra propia supervivencia como sociedad en tránsito hacia un estado mayor de civilización.

La crítica institucional aparece por momentos como inocua en la medida que aún la verdadera institucionalidad no existe como tal y mientras no haya queso los ratones no tendrán qué merodear.

Las fases de la modernidad, de los estados confesionales y religiosos a los estados laicos, de las sociedades industriales a las sociedades de la información, pasando por las crisis del modernismo y el posmodernismo son etapas que eventualmente cualquier artista local logra recitar con perfecta modulación, pero lo extraño es que algunos procesos que se ven en la vanguardia artística local no encuentran correspondencia con la sociedad misma como tal, es decir, son fenómenos amorfos y descontextualizados, producto de una élite cultural que se alimenta de las corrientes más avanzadas del arte occidental sin tomarse la molestia de reconfigurar e historiar tales procesos con el conjunto social mismo.

Recomponer tales procesos, ubicarlos históricamente a la luz de los desarrollos de la modernidad dominante de donde provienen y contrastarlos con los procesos locales es una tarea tan interesante como reinventarnos a la luz de la verdad de los hechos más oscuros que forman parte de la historia local en su conjunto político, económico y social.

Quiero terminar reconsiderando dos temas: El papel de los intelectuales (entre ellos los artistas) y el sentido de democracia sobre el cual transcurre la azaroza vida de la sociedad colombiana.

Existen demasidados elementos que ponen en peligro ese aparente sentido “democrático” que organiza la vida en sociedad de los colombianos y son precisamente estos resquicios de ilegitimidad los que obligan una necesaria participación activa desde el espacio de los intelectuales y artistas. Nunca he visto en Esfera Pública un solo debate que tome en consideración las propuestas del grupo de ciudadanos por la paz –por ejemplo- y muchas otras organizaciones que tratan de mediar entre las órbitas enfrentadas militarmente. El campo estético parece un refugio cómodo para huir del asedio y del poder dominante mediante los oscuros artificios de la representación simbólica, en una especie de transaccion deliberativa privada, sin ningún efecto sobre la esfera de lo público. La consigna parece ser la de mirar con recelo todo aquello que pueda ofrecer la oportunidad de unir al pensamiento estética con la acción política y la vida social, en una suerte de simbiosis propiciadora de una alta cirugía de corte creativo.  Los amos de la sociedad civil no pueden seguir siendo los detentadores del capital económico, quienes en buena medida resultan los auspiciadores de la información y el tipo de debate que viaja por los instrumentos de la sociedad de masas, especialmente la televisión.

La actual coyuntura, donde pareciera estarse consolidando un proyecto autoritario mediante el copamiento de las instancias de poder y control administrativo del estado por parte del ejecutivo, desacreditan considerablemente la presunción de democracia, pero no olvidemos igualmente que esta pareciera ser una respuesta natural a la intransigencia desnaturalizada de la insurgencia armada y su incapacidad de construir una alternativa viable de interlocución que supere los fanatismos de la lucha de clases y el trasnochado discurso de reemplazar elites ilustradas y burguesas por elites populares.

Es en la mitad de estas zonas críticas donde el juego de la esfera pública estética se hace necesario y hasta el momento su capacidad de articular locución se evidencia en el panorama mediante un lamentable silencio.

Gina Panzarowsky

comentarios

Una opinión sobre Sin remedio (III)

  1. Leandro 2009/06/21 at 6:04 pm

    Estimada Gina,
    Gracias por la definicion ‘el quehacer estético multidmensional’ que me parece ultrapasar la demanda cada vez mas profesionalizante y especialista del ‘artista visual’ (que se siente en la piel en Londres, donde vivo); y a la vez evita la retorica perezosa de la llamada ‘interdisciplina’ que la verdad es una licencia para la indisciplina critica.