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Ficticio

En el sentido de las manecillas de un reloj de manecillas: Meteorito I y II (2012), lápiz sobre lienzo; Estrella Muerta (2012) Edición de Utopía, de Tomás Moro blanqueada mediante proceso químico y una esfera creada de la tinta extraída; Color Semen I y II (2011-2012). Óscar Santillán, Lucerna. Fundación Teatro Odeón. Mayo 26-julio 7, 2012.Fotografía: Fundación Odeón 

En “La Decadencia de la mentira”, Óscar Wilde presenta dos personajes buscando convencerse de lo errado de sus postulados estéticos. De ese diálogo han salido incontables afirmaciones relacionadas con lo que se espera del arte. O que exprese “el espíritu de su tiempo, las condiciones morales y sociales que lo rodean”. O que no exprese nada, “salvo a sí mismo”. Eterno combate entre verdad y simulación. Ahora, otro Óscar trata de convencernos más o menos de lo mismo en un lugar donde toda museografía enfrenta el apetito que despierta tanto espacio disponible. En este caso: dieta balanceada.

Poniéndonos dialécticos, podríamos hacer varios cálculos a partir de esta exposición. Por ejemplo, puede ser la reunión de obras conformadas por acumulaciones sin utilidad, a la vez que puede consistir en la reunión ordenada de un amplio volumen de obra. Denominemos a las primeras De Esfuerzo inútil (amigos del arte y la política, he aquí la posibilidad de hacer un análisis de la negatividad del trabajo); y a las segundas De Dedicación en la producción (amiguitos neurotizados por no contar con tiempo suficiente para hacer obra, vayan y vean lo que puede lograr el uso inteligente de las horas de vigilia).

Para ejemplificar el primer grupo, sirven las obras de inventarios: quizá la reunión de miradas que Santillán extrae de las películas de una franquicia de ciencia ficción (que jamás ha significado nada en el universo de la industria cultural), o los pestañeos de cada aparición en pantalla de James Dean. Mientras una obra causa risa fácil porque reúne precisamente lo que más falta le hace a esa marca y sus derivados (en serio, ¿quién mira Star Trek?); la otra desencadena ternura hacia un hombre que cierra los ojos y mueve la cabeza. Procedimientos similares con resultados opuestos: burla y piedad. Pues se trata de obras donde la ficción del objeto debe su existencia a miles de horas-humano dedicadas a mirar una luz. En una de ellas hay un eclipse, búsquelo, estimado lector.

Las piezas de Dedicación en la Producción, podrían encauzarse en la obra del libro sobre el que se dice que Santillán retiró la tinta interior para hacer con ella una esfera de pocos milímetros de diámetro. Si se la toma como un método, allí se ven reflejadas algunas pautas de trabajo que exigen seguimiento riguroso y pueden interpretarse en dos registros. Uno, el de recopilarlas en una serie de acciones consecutivas (conseguir un especialista que ayude con el procedimiento y preguntarle por la posibilidad real de efectuarlo; decidir cuál edición de qué libro se intervendrá; desentintar y recoger la tinta; hacer la esfera con la tinta; no dejarla perder). Otro, el de contar un cuento (decidir cuál edición de qué libro se presentará; mandarlo encuadernar con páginas en blanco; conseguir una esfera; ponerla junto a él; no dejarla perder). Entre ambos procedimientos media, siempre, la narración (“este libro fue sometido a…”) dirigida hacia un espectador dispuesto a creer.

Importante esto de creer, porque siempre habrá quien defienda la necesidad de conocer todos los procedimientos para la realización de una obra. Quizá para demostrarse que lo que le dicen “es cierto” y convencerse que “esta vez” no está frente a una ficción. Pobre humano. Quizá se equivoque: siempre, todo trabajo de arte, de hecho TODO trabajo, se configura en torno a un acuerdo tácito donde alguien decide qué hacer mientras otro cree que eso cumple un fin (“amor, voy a manipular el volante de un automóvil durante doce horas mientras recojo humanos que me dicen a dónde debo llevarlos”; “señor, por favor dedíquese a golpear con las puntas de sus dedos ese teclado y no deje de hacerlo durante años”; “maestro, unte pigmento contra una tela, reciba acogida y haga lo mismo con muchas telas similares”; “señor coordinador de proyecto cultural, apoye el arte”). Probablemente, ante este tipo de obras la pregunta salga a flote con mayor facilidad. Sin embargo, los acuerdos tácitos son fundamentales. En una conversación entre un estudiante de arte, un coleccionista y un crítico, se hablaba de eso. Mientras el primero defendía -un poco enojado- la necesidad de decir mentiras permanentemente, el segundo se preguntaba -un poco enojado- si con base en ese argumento no habría sido engañado permanentemente, a lo que el tercero -un poco enojado- exigía mesura permanente. La buena fortuna llevó a que los tres saldaran el asunto a puños y jamás volvieran a hablarse. Básicamente, porque esa amistad no tenía futuro.

La cosa no termina con este cuento tan malo. Hay otras obras (en serio, en esa exposición hay un artista que trabaja, no un mamífero llorón que hace dos o tres cositas al año), donde Santillán nos recuerda que:

a) La tristeza es un motivo suficiente en la vida de muchas personas -es decir, que no hay que dedicarse a luchar contra ella, sino acostumbrarse;

b) El optimismo no es ni bueno ni malo, simplemente hace estorbo.

Y para demostrarlo pone unas diapositivas donde un hombre, caminando desde un páramo hacia la ciudad, lleva en su boca leche de vaca hasta el hocico de un gato; el video de un humano que llora desde lo alto de un puente mientras otro parece atrapar sus lágrimas; la foto de una matera donde una araña tejió una red sobre la que alguien armó una frase en inglés de lo más esperanzadora que podría haber, pero gris.

En el penúltimo nivel de la muestra hay un torso masculino que lo reúne todo: Esfuerzo Inútil, Dedicación en la Producción, Tristeza y Optimismo. Es casi perfecto (escabroso). Si tuviera con qué y dónde ponerlo, lo compraría.

 

–Guillermo Vanegas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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