Quantcast

El día que el arte abandonó la universidad

En el prefacio de Doris Lessing a su libro El cuaderno dorado la escritora hace un recorrido por su formación como artista y muestra su escepticismo con lo que sucede en los centros de enseñanza. Cuenta, entre cosas, que abandonó la escuela a los catorce años; al comienzo pensó que había perdido una oportunidad valiosa, luego, las experiencias de leer por interés, nunca por obligación, de escribir como exploración, nunca como asignatura, la adentraron en las profundidades de su actividad, le mostraron que para aprender a escribir tenía que dedicarse a leer el mundo como escritora y a escribir como una lectora insaciable.

Lessing comenta el caso de un estudiante que para pasar a “cursos superiores” hace un ensayo sobre Antonio y Cleopatra que rebosa de “originalidad y entusiasmo”, dice que este es el sentimiento que una “enseñanza real de la literatura debería causar”, pero comenta que el texto fue devuelto por el profesor con el siguiente comentario: “No puedo calificar su trabajo; usted no ha citado a los expertos”. Lessing comenta lacónicamente: “Pocos maestros considerarían esto triste y ridículo…”. Y escribe, “es posible que los estudiantes de literatura empleen más tiempo leyendo críticas y críticas de críticas del que invierten en la lectura de poesía, novela, biografías, narraciones… muchísima gente contempla este estado de cosas como normal y no como triste y ridículo…”

Tal vez el punto álgido de su prefacio es donde reclama “por lo menos describir correctamente las cosas,  llamarlas por su nombre” y sugiere un discurso que los profesores deberían decir y repetir a todo niño a “través de su vida estudiantil”. Dice así:

“Ustedes están siendo indoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de indoctrinación. Lo sentimos mucho, pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí les estamos enseñando es una amalgama de los prejuicios en cur­so y las selecciones de esta cultura en particular. La más ligera ojeada a la historia les hará ver lo transitorios que pueden ser. A ustedes los educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación. A aquellos de ustedes que sean más fuertes e individualistas que los otros, les animaremos para que se vayan y encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta”.

Este extracto del texto de Lessing debería estar grabado en piedra a la entrada de escuelas y colegios, pero sobre todo de las universidades, o al menos donde puede tener más eco: a la entrada de cualquier departamento o facultad que pretenda enseñar arte. Es claro que muchos de los parámetros de Lessing no aplican en un sector amplio del campus académico, y con razón, la retahíla de Leesing es una sinrazón, una quejumbre que no entra a ese lugar solemne y consagrado a responder al llamado de la razón, a esa pirámide centenaria construida a punta de tesis sobre tesis y de filtros de valoración que garantizan la calidad intelectual. Ahí, en la universidad, la razón da cuenta de sí misma, pero, ¿qué pasa con el arte?, ¿cómo se mide su valor académico?, ¿es la razón del arte capaz de dar cuenta de su propia sinrazón?

Estas preguntas son unos fantasmas que rondan incesantemente a todo departamento o facultad de arte (y espantan a sus profesores), y son apariciones cada vez más frecuentes ahora que el estado de excepción de las manualidades de las antiguas escuelas de Bellas Artes ha terminado y el arte, y sus integrantes, deben justificar su presencia en la universidad —de ello pende su “autoperpetuación”—. Y lo deben hacer de igual manera a como lo hacen el resto de los programas universitarios: con indicadores de investigación, comités de pares, publicaciones indexadas, acreditándose una y otra vez.

Parece que para lidiar con estos espectros académicos el proceso de inclusión del arte en la universidad solo puede tomar una vía: un camino purgativo y culposo que adopta sin recelo y con afán los métodos de investigación y medición de otras disciplinas. Hay que, por ejemplo, buscar en la filosofía un sustento teórico, buscar en la antropología una manera de actuar en lo social, buscar en la arquitectura un modelo para las clases de taller y, en resumen, hacer un salpicón interdisciplinario que sirva para traducir cualquier actividad de arte a la neolengua académica. La herencia más clara de esto es la manera en que los artistas de universidad ahora hablan de lo que hacen: lo llaman “investigación”, “mi investigación consiste en…”, dicen.

Esta vía obliga al arte a jugar sin recato y de forma mendicante el juego de las otras disciplinas, asume, con razón, que puede haber áreas dentro del arte que responden a indicadores de valor académico, por ejemplo, ciertas investigaciones dentro de la Historia del Arte, o ciertas pautas editoriales que —como lo hace cualquier editorial— con algo de crítica y contracrítica mejoran sustancialmente el carácter de una publicación. Pero los programas de arte carecen de un criterio de autonomía, o al menos de honestidad, o incluso de escepticismo ante lo académico, y no se atreven a señalar zonas donde la medición es un ejercicio superfluo, un juego efectista de indicadores donde los nominadores solo se nominan a sí mismos. Una nota, o un proceso de pares, garantizan que hubo evaluación, pero estos indicadores son incapaces de sopesar el proceso incierto de todo arte y, muchas veces, convertirse en crítico implacable, no garantiza un logro creativo, si así fuera los críticos serían mejores artistas que los artistas mismos.

Este malentendido genera una perversión: el efecto reemplaza a la causa, la retórica a la acción y, como lo señala Lessing con los estudiantes de literatura, los de arte pasan más tiempo en clase leyendo sobre arte que viendo o haciendo arte. Muchos estudiantes adquieren la crítica sin el peso que da la experiencia, emulan con simpleza y candidez lo dicho por sus profesores: el reino de la clase es el de la palabra, el de la explicación. Pero si todo tiene que ser explicado, si de todo hecho hay que rendir razón, entonces todo aquello que se dificulte para ser explicado y ser puesto en palabras queda por fuera de la creación, de ahí que el arte que se hace hoy en día sea cada vez más ilustrativo, más social, más literal; de ahí que el reino del profesor tenga su émulo verbal en la esfera exterior: el curador.

En la vida cotidiana es bastante improbable que un artista muestre bocetos de una obra en proceso a una cantidad ingente de personas y que todos den su opinión para, una vez aprobado el anteproyecto, proceder a la acción; a lo sumo, un artista muestra su trabajo antes de ser expuesto a una o dos personas, y muchas veces hace una exposición para forzar una fecha límite que le de término a un proceso que de otra manera nunca estaría completo. Así las cosas, resulta un caso digno para el estudio de la esquizofrenia ver cómo hay artistas que son profesores y en su trabajo docente no implantan lo que hacen en su trabajo como artistas: la misma contingencia que se permiten para la creación, se la niegan a los estudiantes en sus clases, y cuando son interpelados por esta peculiar dualidad, la respuesta es ventajosa, resalta su jerarquía como profesores: “es que ellos todavía son estudiantes”.

A esta vía se suma el teatro de las clases, donde la mediación de la nota hace de este un terreno minado para la improvisación entre actores. Hay momentos de diletancia, expresión y autoconfrontación, pero es la nota final lo que cifra la experiencia, y ante cualquier divergencia, las jerarquías —que parecen diluirse gracias a la fluidez de la conversación y al placer de querer saber más— retornan en lo disciplinario con acelerada precisión: el estudiante se lee de cabo a rabo el programa y el reglamento estudiantil —incluso mejor que cuando lee cualquier otro texto— y querella como un cliente disgustado a causa de un producto defectuoso; el profesor, molesto por ser cuestionado, revisa notas, reglamentos e intenta mantener todo el tiempo una supuesta distancia cognitiva que lo destaca como docente. Al final, se confirme o no la nota, la relación es signada por un indicador, y bastan unos cuantos casos de reclamo para que la comunidad universitaria se torne rencillosa ante la espada de Damocles que pende sobre todos.

La que signa Lessing es una vía diferente, más propicia para el arte, cuando pide a todos aquellos que sean “más fuertes e individualistas que los otros” que encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio”. Esto, aunque totalmente posible, y en muchos casos deseable, implica que el arte abandone la universidad, ese lugar pródigo para pensar cosas que nadie más tiene el tiempo de pensar, donde hay más recursos que en otros espacios, donde hay un ocio creativo que la vida laboral niega de tajo, donde algunas conversaciones, muchas de ellas “extra-académicas”, son determinantes para el proceso de creación. Es por eso que, antes de tomar la opción del desvío, antes de que el arte abandone la universidad, conviene que los que valoran su inclusión hagan una cosa natural al arte: digan mentiras. Sí, hagan ejercicios de “contabilidad creativa”, aprovechen el capital académico que generan unos cuantos indicadores para proteger bajo su sombrilla nominal lo que no tiene valor. El Phd no es incompatible con los maestros sin maestría, las revistas indexadas no excluyen a las publicaciones sin indexación, la acreditación de un programa debe incluir crédito de tiempo libre para que sus profesores y estudiantes puedan hacer todo ese arte que no pueden evitar hacer.

El arte no da para profesión, los daños que genera una mala formación en medicina, ingeniería, derecho o economía no se comparan con el dolo mínimo que genera un mal obrar artístico. Una mala obra de arte a lo sumo incide solo sobre el artista mismo, incluso es beneficiosa para su espectador, que usará la pieza malograda como referente en su escala de valores. Además, en muchos de los programas de arte con una formación incipiente, donde el pensum es desordenado o los profesores enseñan pero no dejan aprender,  se “gradúan” mejores artistas, ¿por qué?, porque en estos centros donde el arte parece académicamente inviable algunos estudiantes maduran más pronto una verdad: nadie les va a enseñar lo que tienen que aprender, el espacio para crear siempre está ahí, solo hay que habitarlo por cuenta propia; y esa debería ser la consigna de cualquier programa de creación artística y el contrato bajo el que el arte habita una universidad.

(Publicado en Revista Errata #4 “Pedagogía y Educación Artística)

 

comentarios

21 Opiniones sobre El día que el arte abandonó la universidad

  1. Valeria Montana 2012/05/25 at 6:50 pm

    Soy estudiante de artes y me siento plenamente identificada con este artículo. Hay que vivirlo para contarlo, sí, pero también para pensarlo, evaluarlo y crear una visión critica del asunto propia. Este semestre estuve a punto de cancelarlo: Sentía una gran desazón de la vida en general y entre ella, de la academia, más aun después de haber vivido el movimiento estudiantil del semestre pasado, de haber estado indagando sobre la escuela, el como nos enseñan, lo que nos enseñan, lo que he aprendido, lo que quisiera aprender, el cómo fue, cómo es, y porque no, cómo me hubiera gustado que fuese. Lo que ahora parece mas bien un sueño, fue lo que me hizo despertar. La manera en la que se enseña arte ha de ser reinventada por la institución, pero, como dijo Nicolás París precisamente en la escuela la semana pasada, las instituciones se demoran más en aprender que las personas. En todo caso, son personas las que conforman las instituciones. Nos queda entonces tomarlo como un juego, y si nos sentimos injusticiados con las reglas, pues hacer trampa. Sí, hacer trampa de la forma más inteligente y estratégica: primero, no dejarse de la regla principal, esa de ser más fuerte e individualista que los demás participantes. Cuando nadie esté mirando, insertar pequeñas modificaciones entrelineas. Dejar la lupa al alcance de la mano, pero que no parezca intencional. Me dí cuenta que si no juego, no podré ni divertirme haciendo trampa, ni arriesgarme a ser descalificada, ni mucho menos ganar lo que sea que se gane, claro. Y que yo sepa, no hay juego alguno en el que no se aprenda algo, así sea, en este caso, aprender a hacer trampa éticamente.     

  2. Gustavo Rico Navarro 2012/05/26 at 7:09 pm

    El escrito del profesor Lucas Ospina inicia con una obviedad: “las escuelas adoctrinan” (¿o escribió indoctrinan?) y sugiere que semejante genialidad se grabe en piedra  en las entradas de las academias y facultades.
    Luego hace un recuento del teatro de operaciones en que se desarrolla el ejercicio académico de las universidades y, con justicia, se burla de este tipo de dinámicas en las que el estudiante hace el tonto por la falta de carácter del docente.
    Se queja también del salpicón de disciplinas en que se ha convertido la carrera de artes visuales en las universidades y tiene el atrevimiento de alzar su voz contra los sistemas de investigación de otras disciplinas cuando dichos sistemas se aplican a las artes.
    En su desvarío el profesor Ospina siembra las siguientes dudas:
    1. Si le molesta a tal punto el curso de las universidades ¿porqué no toma la decisión ética de renunciar?
    2. Si no desea renunciar por considerar que puede ejercer más presión desde adentro que desde afuera ¿porqué no se amotina y toma la dirección desu facultad como hizo Obregón contra Miguel Diaz Vargas?
    3. Si no siente que el método científico, que sirve para todos los terrenos del conocimiento humano, sea útil para el estudio de las artes ¿no ha considerado la opción de que sean los mismos maestros de facultades, como aquella en la que milita, quienes definitivamente ignoran el objeto de estudio de las artes, sus procesos, y sus métodos de investigación?
    ¿podría suceder que justamente por esa ignorancia florecen bajo el ala protectora de la facultad de artes  los mil y un revoltijos disciplinarios que causan la delicia de los académicos de otras disciplinas?
    4. ¿porqué se queja del natural adoctrinamiento del arte moderno, y a la vez habla de la totalidad de la historia del arte (exceptuando la veredita del siglo XX y XXI) como las “manualidades de las antiguas escuelas de bellas artes“?  
    Es asunto bastante frecuente que cierto tipo de discursos totalitarios hagan la pregunta inadecuada cuando no desean la respuesta correcta.
    La pregunta adecuada es: ¿las facultades están atendiendo con visión universal el producto de la cultura humana que llamamos “arte”? La respuesta es negativa porque dichas instituciones se han ahogado en el charco de la simple, monótona y tediosa provincia del arte moderno; sus procedimientos, formas y discursos se hallan anclados en ese minúsculo territorio al que de manera doctrinaria llaman”contemporaneidad” como si otras expresiones actuales que están fuera de sus presupuestos fofos se hallaran fuera del tiempo.
    Las facultades de arte son bastante inútiles a la hora de explicar y enseñar las artes de diferentes momentos y latitudes de la historia del arte y  no salen de sus frágiles límites.
    ¿sucede acaso que en vez de asumir como productos de las manipulaciones de la posguerra y hoy, de las manipulaciones del mercado, se revisa el arte contemporáneo como una cándida e inexorable verdad que todos deben acatar?
    ¿ no consiste entonces toda esa sobrediscursividad de los estudiantes en torno a su obra un método de entrenarlos en la falta de carácter y en el caradurismo del corte de Nadín?
    Profesor  Lucas Ospina, renuncie con todos sus compañeros y dejen a cargo a aquellos pocos que en realidad tienen un tesoro para ofrecer,   dibuje con humildad y siga las enseñanzas de cualquier maestro humilde que le enseñe a usar correctamente un lápiz.
    y sobre todo, no finja ser crítico o antiinstitucional, porque en la selección de personal de las pésimas escuelas de arte colombianas buscan almas como la suya.
    Sin embargo, y volviendo a su alma, es muy notorio que allí en el fondo existe la certeza de que lo está haciendo muy mal como docente, siga esa pequeña vocecilla que le pide renunciar  e invite a sus compañeros de trabajo a hacer lo mismo, y permita que esos jóvenes se eduquen con quienes si entienden eso que ustedes apenas presienten.
     
     

    • margarita becerra cano 2012/05/28 at 12:52 pm

      :) ….es decir: de acuerdo Gustavo!

    • antonio josé díez 2012/05/28 at 12:59 pm

      ¿Tiene “esa pequeña vocecilla que le pide renunciar”, algún interés en postularse a las vacantes?

      El método científico no es aplicable al 100%  en la valoración de la creación plástica, de la creatividad, ni visceversa; porque a pesar de que la plástica tenga valores concretos, no está constituida solo por estos, sino además por intangibles; o ¿piensa que es tan fácil convencer al consenso local de que, el color negro [por ejemplo], no es lúgubre, triste, ni elegante per se, a pesar de que así lo considera la cultura específica..? Menos simple es convencer a la institución académica, de revisar sus métodos cuantitativos para medir la calidad del pensamiento artístico.

      Por estas y muchas otros cosas, hay razón de ser en el texto.

      • Gustavo Rico Navarro 2012/05/28 at 11:00 pm

        El método científico si se puede aplicar a todo ello, justamente por eso existen estudios como los de la gestalt y la psicología del color. Por eso resulta insólito que usted pretenda refutar el método científico  argumentando conclusiones a la cuales  un buen científico no llegaría.
        ah y la pequeña vocecilla que pide renunciar carece de problemas económicos.
        En lo personal pido un técnico extranjero
         

  3. antonio josé díez 2012/05/26 at 7:45 pm

    “Se nace artista, mas la Academia, ayuda a serlo”.

    Fernando Pessoa 

    Tal vez la academia, es ese lugar donde te das cuenta que te hallas en un terreno ajeno, pero, curiosamente; una vez que lo pisas y sientes esa extrañeza del forastero, comienzas a buscar tu lugar en el mundo; y así sigues por años aunque no lo encuentres jamás.
    Entonces te asumes como el artista que eres, de serlo; o te encajas en la vida que hay sin chistar. 

    • Gustavo Rico Navarro 2012/05/26 at 8:25 pm

      si no lo encuentra jamás es que la academia no sirvió. O que la clientela se dejó estafar sin chistar

      • antonio josé díez 2012/05/28 at 12:41 pm

        O que el personaje en cuestión, es extremadamente tosudo y no se da cuenta que nadie le puede inocular -como si fuese un virus-, el arte; o, cuando menos, miope, para no darse cuenta a tiempo que la academia no le ofrece lo que busca.

        Ante un caso así, sería mejor preguntarse, qué le motiva a “titularse” artista y le impide asumirse si está convencido de su condición. 

        Artista, es una cuestión de ser, pero como Pessoa, pienso que pasar por la academia es útil para encaminarse.
        Si la academia nació para ordenar, transmitir y seguir desarrollando el conocimiento; pues está necesariamente obligada a adaptarse a los cambios; escritos como este, son una reflexión acerca de ello, un llamado a considerar las características propias del pensar artísticamente, que difieren de las de los otros campos del conocimiento, sino en su totalidad, cuando menos sí en características irrenunciables.

        No afirmo, mas considero un error pedir a un artista evadir su pensamiento subjetivo, como a un científico su objetividad; lo difícil para la academia es valorar la calidad de tal subjetividad.
        Aunque la academia no se dedique a formar individuos diestros en el dominio de oficios, sí le cabe entender que no es reductible todo a información verbal, a producción de textos, en el campo plástico; pero es importante no confundir el ser artista con mostrar dominio de un oficio.

        Esto se comprende en sí, estando ante las cosas; y si se busca aprender un oficio, hay otros lugares para hacerlo, lo cual no impide regresar con los resultados de dicho aprendizaje al interior de la academia y de la escena artística. 

        • Gustavo Rico Navarro 2012/05/28 at 11:07 pm

          El artista se forma. Es un profesional que se dedica a ordenar formas objetivamente  buscando efectos específicos en la psiquis del espectador.
          y es importante no confundir a un artista con la torpeza e ignorancia en los oficios, ello aunque el farsante se respalde con flexiones de lengua, laureles institucionales  y  destreza mercantil

          • antonio josé díez 2012/05/29 at 12:03 pm

            Si se nace siendo artista, la convicción en un oficio no va a poder ser sepultada por la academia; si esto es un interés genuino e imperativo para quien se considera artista; si ocurre, es que no se tuvo el temple suficiente y se apaga la intención.
             
            Así de crudo es.
             
            El arte lo mide a Ud. todo el tiempo y se compite no solo con los vivos, sino con los muertos, que son más…

  4. antonio josé díez 2012/05/26 at 7:46 pm

    “Se nace artista, mas la Academia, ayuda a serlo”.

    Fernando Pessoa 

    Tal vez la academia, es ese lugar donde te das cuenta que te hallas en un terreno ajeno, pero, curiosamente; una vez que lo pisas y sientes esa extrañeza del forastero, comienzas a buscar tu lugar en el mundo; y así sigues por años aunque no lo encuentres jamás.
    Entonces te asumes como el artista que eres, de serlo; o te encajas en la vida que hay, sin chistar. 

  5. mauricio cruz 2012/05/27 at 3:38 pm

    es una lástima que la discusión sobre asuntos tan delicados se lleve a cabo a partir de comentarios tan sectarios y ligeros; más interesante sería organizar una serie de charlas donde los participantes expongan in extenso sus diagnósticos y opciones sobre este problema

  6. Gustavo Rico Navarro 2012/05/27 at 11:17 pm

    Si organizan algo semejante seguramente se invitarán entre ellos, hablarán de lo mismo y serán muy cuidadosos en la exclusión de los “NO contemporáneos” y quienes ejerzan con gusto las “manualidades de las antiguas escuelas de bellas artes”. Que ingenua propuesta!!
     

  7. Alvaro Moreno Hoffman 2012/05/28 at 11:53 am

    Gustavo Rico exhibe una aversión militante hacia el arte moderno y una cómoda ignorancia hacia el pensamiento crítico contemporáneo. Su aferramiento desesperado hacia las doctrinas del gran arte burgués anterior al romanticismo y su inocente concepto de la ciencia moderna se acomodan a la visión del filisteo actual que añora un retorno a la pre-modernidad más oscura y autoritaria.

    • margarita becerra cano 2012/05/28 at 1:23 pm

      Mejor dicho: Ospina parodia lo dicho por Luis Camnitzer (La enseñanza del arte como fraude) citando el ejemplo de la Lessing, una rebelde (con causa) que abandona sus estudios como respuesta al autoritarismo materno de la cual fue victima! 

    • Gustavo Rico Navarro 2012/05/28 at 11:18 pm

      llamar reaccionario al reaccionario no refuta sus argumentos

  8. mauricio cruz 2012/05/28 at 3:20 pm

    … será que se pueden disipar los prejuicios y generalizaciones absurdas que exhiben ambas facciones? Bueno, obviamente es el reto, conversar con el ‘enemigo’, pero para eso los colombianos han demostrado ser pésimos, la tripa emotiva le puede al cerebro

  9. isabel kristina Diaz 2012/05/29 at 9:37 pm

    ¿Porque será que estos comentarios terminan siendo sobre todo menos sobre el texto que los propicia? Yo tengo una simple teoría: en realidad los textos no generan las discusiones, más bien los autores. Es contra el personaje y sus características propias, lo que representa, y no sobre las ideas que expone, así esas ideas, como en este caso, sean pertinentes. La teoría que tengo, incluye también a quienes contestan, o contestamos: el guion necesita de este corifeo, para que de esa manera los argumentos queden intactos, y se reemplacen por palabras como “enemigo”, “reaccionario”, “desvarío”, “renuncia”, “academia”, “charla, conferencia o encuentro”.

  10. antonio josé díez 2012/05/29 at 10:48 pm

    A la postre, ninguno de nosotros se halla por fuera del escenario de esa gran carpa teatral de la vida ordinaria -aunque pueda haber quien sí-; no creo que haya aquí entre nos [los que exponemos nuestra opinión], un excéntrico así.

    Bajo esta consideración, lo que expone Lucas Ospina, aunque sea desde adentro de la academia, da igual a que si lo hiciera desde fuera de ella; que también es un lugar bajo la carpa del circo social. Eso es , a mi parecer, lo relevante.

  11. Carolina Pizano - Nina Pi 2012/05/30 at 7:54 pm

    Jamás volvería a estudiar “ARTE”.

    Lucas: ¿Por qué pasaba lista en la clase de Artista, Cine y Sociedad? Qué gastadera de papel.

  12. Leonato Povis 2012/05/31 at 4:59 pm

    Mientras las universidades en Colombia potencien la experiencia de los estudiantes y no la asuman en tanto información o producto, como en otras instituciones y lugares de la vida cotidiana más controlados, la universidad es un lugar, paradójico claro, de los actos de resistencia y de los actos creativos.
    http://www.youtube.com/watch?v=FSiacivfJEE