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Donación y autodonación Botero

“El hecho de saber que estos cuadros están ahora aquí, en mi país, al alcance de todos, me proporciona un placer muy superior a esa nostalgia y la justifica con creces.”
—Fernando Botero

“Botero no se ha dado cuenta de que ya no es pobre”
La llama y el hielo, Plinio Apuleyo Mendoza

En el año 2000 Fernando Botero donó 123 obras de Fernando Botero a la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá y 137 obras de Fernando Botero al Museo de Antioquia. En total, 260 obras de Fernando Botero fueron donadas a esas dos instituciones y como lo avalan los contratos de donación y los discursos de las donaciones, ambas entregas fueron para siempre, es decir, las obras siempre deberán ser exhibidas en las salas que Fernando Botero aprobó para ese propósito y ambas donaciones no pueden ser modificadas o sus piezas prestadas sin la autorización de Fernando Botero.

Oferta y demanda: si salen 230 piezas de Fernando Botero de circulación ¿qué pasa con el precio de las obras de Fernando Botero que continúan circulando en el mercado del arte?

En su columna Pintores colombianos: valor y precio (El Espectador, febrero 29, 2004) el economista Armando Montenegro hace mención a un estudio hecho por el economista Sebastián Edwards. Se trata de análisis que surge luego de cotejar “una base de datos de más de 12600 transacciones de obras latinoamericanas realizadas en los últimos 25 años en las principales casas de subastas”. Con esos datos Edwards construyó “una lista de 117 artistas que han vendido, cada uno, por lo menos 35 cuadros en dichas subastas”. En ella solo figuran “cinco pintores colombianos: Botero, Grau, Ana Mercedes Hoyos y Darío Morales”.

Edwards se sirve de su estudio para señalar patrones entre valor y precio, y en casi todos los artistas detecta una constante: las obras de juventud y madurez de los artistas tienen más valor que sus obras tardías, y es lógico, las obras iniciales en que un artista logra encausar un proceso de experimentación es donde mejor se expresa su singularidad, esto las hace novedosas, únicas, más valiosas. Luego, con el tiempo, es natural que el estilo devenga en marca, el gesto en logo. Dicho lo que hay que decir, puede que la producción del artista no sufra un declive en cantidad o en su predecible calidad, pero sí genera obras repetidas y repetibles, porque son frutos del trabajo y no de la invención, son piezas de regular valor y precio módico, creaciones menores en cuanto a su “riqueza artística” en relación a las obras epigonales de los periodos “experimentales” como los define Edwars.

Pero solo el necio confunde valor y precio y Montenegro es suspicaz ante el análisis de Edwards: “En cuanto a la valoración de la obra de Botero los datos de Edwards muestran que el precio promedio de sus obras en las subastas ha sido de US$138.508 y que sus cuadros recientes son más costosos que los que realizó en su juventud […] al observar este fenómeno, Edwards concluye que Botero es un pintor experimental […] que esta en un proceso de continuo de mejoría, de aprendizaje y de búsqueda.” Y añade Montenegro: “De acuerdo con la metodología de Edwards, el mayor valor monetario de la obra más reciente de Botero sería, única e inevitablemente, consecuencia de una mayor riqueza artística en su producción actual que en la más temprana, una conclusión que podría ser, por supuesto, motivo de controversia (¿el mayor precio de esos cuadros no será, más bien, el resultado de otros aspectos de la oferta y la demanda del mercado del arte?). Al respecto, vale la pena recordar que varios críticos de la obra de Botero insisten en que sus primeras pinturas, aquellas de los años sesenta, burlonas, sarcásticas e irreverentes, tan emparentados con el nadaísmo, tienen mayor valor artístico que las más recientes. Aquí el mercado y la crítica irían en contravía.”

Vale la pena parafrasear la pregunta que el economista hace entre paréntesis: ¿el mayor precio de los cuadros recientes de Botero no será, más bien, el resultado de otros aspectos de la oferta y la demanda del mercado del arte? Oferta y demanda: año 2000, 260 obras de Fernando Botero son donadas, salen del mercado del arte, ¿qué pasa con el precio de las obras de Fernando Botero que continúan circulando?

Algunas respuestas se pueden encontrar en ArtPrice, una de las firmas líderes a nivel mundial en información sobre el mercado del arte con una base de datos que incluye más de 21 millones de entradas de precios de subastas e índices y precios detallados sobre la venta de obras en subastas de más de 309.000 artistas. Al ver la estadística sobre Fernando Botero entre el periodo 1998-2011 es claro que el “índice de precio” de sus obras repunta sustancialmente luego del año en que se concretan las donaciones.

En el año 2003 la línea del “índice de precio” decae pero según ArtPrice “el 2003 fue un mal año para el medio favorito del mercado del arte (la pintura)”. Sin embargo, para el año 2004 el “índice de precio”  de las obras de Fernando Botero repunta y logra un pico alto en el año 2008, fecha en que una burbuja especulativa elevó todos los precios del arte. Cuando el fenómeno bursátil hizo implosión, el “índice de precio” mostró una leve caída, pero aun así se mantuvo estable y a la alza.

Otras tablas de ArtPrice como la de “evolución de la facturación” y la del “número de transacciones” muestran resultados igual de positivos y en ambas el repunte es notorio luego del año 2000. A esto se suma la tabla “evolución de la tasa de no-vendidos”, que tiene altos picos luego del año 2000, una caída notoria en el año 2003 y un claro repunte en los últimos años. Esta tabla es importante para los coleccionistas y para cualquiera que quiera hacer transacciones económicas con obras de arte. El porcentaje de esta tabla indica el  porcentaje de éxito que puede tener una obra que sale a la venta en una subasta. La obra se vende y para hacerlo supera el precio base de la oferta. Es importante aclarar, como lo dice Tobias Meyer de la Casa Sotheby’s, el principal martillo de subastas de arte moderno y contemporáneo, que si un “si un objeto [de arte] “pasa” [no se vende] en una subasta, la casa queda como propietaria de un trabajo estigmatizado bajo la consigna de una no-venta.” Y este estigma, por supuesto, se extiende a la franquicia que lleva el nombre del artista.

El comportamiento de la obra de Fernando Botero en subastas es errático, pero lo mismo sucede con la obra de la mayoría de los artistas vivos y célebres, después de todo, saber de antemano lo que va a  pasar en una subasta es imposible, tal vez por eso muchos agiotistas —e incluso artistas— usan testaferros para que en caso de que una obra tenga problemas cuando está siendo subastada, reciba una “ayuda” misteriosa que puja para que su precio suba y se venda. Por ese mismo carácter aleatorio cualquier cifra que indique una tendencia positiva es altamente apetecida, es como si la ruleta de un casino tuviera un letrero donde a base de estadística se confirma que hay ciertos números donde la bolita cae con mayor frecuencia. Así las cosas, resulta sustancial lo que pasó en el año 2006 en que Fernando Boteró marcó un “+189%” en la “tasa de no-vendidos”, y en 2008 llegó a “+92”. En el año 2007 el indice bajó a “+7” y en el año 2009 cayó a un “-40”, pero el repunte que puede alcanzar en ciertas temporadas hace de su obra un bien apetecido al momento de especular con los precios de sus obras y la liquidez de los productos de su franquicia. No sobra consultar la definición comercial de “liquidez”: “cualidad del activo de un banco que puede transformarse fácilmente en dinero efectivo”.

“Uno no se beneficia en una subasta,  ni quiere estar en una. Es una ruleta rusa, en vez de cotizar su trabajo puede suceder todo lo contrario”, declaró Fernando Botero, en 2005, a raíz del éxito de ventas por cinco millones de dólares que tuvo en dos sesiones, en menos de 48 horas, en las casas de subastas Christie’s y Sotheby’s, de Nueva York. Fernando Botero añadió: “Todas las obras se vendieron por encima de lo estimado. Pienso que todo esto tiene el impulso de la muestra que acabo de abrir en Alemania, una retrospectiva de 150 obras. Eso le gusta a los coleccionistas”.

A la luz de las cifras de ArtPrice uno podría añadir que a los coleccionistas no solo les gustó la exposición de 150 obras en Alemania, sino también la salida de 260 obras del mercado, es decir, puede que un artista no se beneficie directamente de las subastas, pero las subastas sí se benefician de las donaciones de los artistas; sobre todo si se trata de artistas prolíficos, como lo  es Botero, que no para de trabajar, trabajar y  trabajar, algo encomiable en términos vitales, pero poco práctico en términos mercantiles, el mercado se satura, de ahí la importancia de disminuir la oferta y la vía expedita para ello son las donaciones. En este caso, el artista que se metía en una “ruleta rusa” terminó  matando dos pájaros de un tiro: la donación es también una autodonación, la cotización de sus obras tras el acto benéfico así lo confirma. Pero a otros les salió el tiro por la culata: a la Biblioteca Luis Ángel Arango y a su programa de exposiciones de arte, porque a la luz de los hechos resulta difícil interpretar la donación de Botero, o su autodonación, como algo enteramente positivo para el desarrollo de esa institución y de la escena artística local.

En el 2000, en su discurso de donación, Botero afirmó: “yo quisiera que ésta donación se interpretara como una demostración personal de mi fe en nuestro país, en su futuro y en un mañana en que todos los colombianos podamos transitar sin temor, gozando de la convivencia que nos ha resultado tan difícil y costosa.” En este punto resulta importante distinguir las dos partes en esa donación y señalar que Fernando Botero, además de donar 123 obras de su autoría, también donó 85 obras de otras artistas que él había coleccionado. Para un análisis de esa parte de la donación a la Luis Ángel Arango es altamente recomendable leer el texto Colección Botero: en primera persona del singular, de Antonio Caballero, una crítica que no está dentro de los enlaces que provee la página de internet del Museo Botero, y para leerla en red hay que buscarla en otra parte del sitio de la biblioteca; tal vez la lejanía se debe a que Caballero ha tomado su distancia y en algunos puntos el análisis de algunas de las obras no es el más favorable: “Veo que le estoy haciendo muchos reproches a Botero; y le haré más. Pero no pido disculpas. Quién le manda ponerse a regalar cosas. Al contrario de lo que dice el refrán popular, al caballo regalado hay que mirarle siempre con ojo crítico el diente.”

Pero más allá del balance de esas obras, el valor en términos generales de esta parte de la donación es meritorio y un acto legítimo de filantropía, hay pequeñas piezas emblemáticas que merecen el lugar que ocupan y que justifican la visita: una pintura de Giacometti, un grabado de Freud, un dibujo de Balthus, entre otros. Lo que definitivamente resulta extraño son los problemas de convivencia que genera el mantener expuestas las 123 obras de Botero en el Museo Botero de la Biblioteca Luis Ángel Arango, a todas luces una decisión difícil de sustentar en términos de calidad. La curaduría de la obra de Botero que está en el Museo Botero, hecha por el mismo Fernando Botero,  es autoindulgente en lo formal e inconsistente en lo histórico: todas sus obras son posteriores a los años setenta, son de una Botero que Botero mismo podría repetir y seguir produciendo (“También yo pinto falsos Picassos”, dijo Picasso alguna vez). El recorrido por las salas es un deambular monótono sin ejes temáticos o cronológicos marcados, un inventario notarial y mercantil de obras que es más pintoresco que pictórico, más patriotero que artístico.

Las exhibición permanente de obras Botero en el museo que lleva su nombre es una muestra acomodada en el orden de lo simbólico, un mausoleo para el peregrinaje turístico levantado al artista colombiano más famoso. Es un tributo desmedido al arribismo, un monumento parroquial al narcisismo y, dada la alta posición que ocupa el “maestro” y el descuido y frivolidad con que el periodismo asume la actualidad cultural, este hecho ha contribuido a crear la falsa percepción de que los actos de Botero, por benéficos, están más allá de toda crítica. Al menos así lo expresa sin el menor desparpajo la Revista Semana, el medio periodístico en una edición reciente afirma que “todas” las opiniones adversas “quedan neutralizadas ante la realidad no discutible de que cada día aumenta la demanda por las obras de Botero, así como las invitaciones por parte de museos y ciudades que quieren exhibirlas.” Si el periodismo investigara la política con el mismo lente cándido con que observa la cultura, la prensa nunca reportaría escándalos o casos de corrupción.

Haría bien el periodismo investigativo en revisar los “carteles de contratación” que se forman cada vez que algún alcalde de alguna gran ciudad decide exponer las esculturas del colombiano, o al menos, contrapuntear su estrellato con los factores de oferta y demanda. Por ejemplo, basta recordar la frase que le habría dicho el jefe del Cartel de Cali a Fernando Botero Zea —jefe de una campaña presidencial e hijo de Fernando Botero— cuando le dio un cheque para apoyar a esa gesta política: “Es el Botero más chiquito y más caro que he pagado”. La frase cierta o no, resulta sintomática y muestra con claridad la incidencia del narcotráfico en el mercado del arte en los años ochentas y noventas, una burbuja donde la obra de Fernando Botero se convirtió en una acción bursátil protagónica, y este embale local, sumado a otras jugadas de oferta y demanda internacionales, son las operaciones que han convertido a los precios de la marca Botero en un indicador de referencia para la franquicia del “arte latinoamericano” (como lo es Warhol en el mercado agiotista del “arte contemporáneo”).

Las cifras lo dicen: esta donación y autodonación ha tenido un fuerte impacto en lo económico, ha subido los precios de la obra de Fernando Botero en el mercado, y bien por Botero y sus coleccionistas, pero ¿a qué precio lo han pagado otros?

A una escala local, la exhibición permanente de las 123 obras de Fernando Botero ha sido un pesado lastre para la Biblioteca Luis Ángel Arango, ha generado grandes enormes limitaciones —tanto económicas como espaciales— para su programa de exposiciones de arte. Estas son algunas de las inquietudes que se pueden formular a partir de los efectos de esa donación:

¿Cuánto cuesta mantener un Museo Botero donde no hay uno solo de los cuadros que Botero pinto en la década de los cincuenta o sesenta o setenta, y que son los altamente valorados por críticos como Walter Engel, Marta Traba, o Álvaro Medina? Para ver dos Boteros de esa época, hay que salir del Museo Botero y verlos colgados en las inmutables salas de la colección permanente del banco.

¿Cuánto gasta el Banco de la República anualmente en los turnos de vigilancia de todas las salas donde están las obras de Botero? (¿O será que Botero continúa pagando por los servicios de “bodegaje”, seguros y vigilancia que antes le tocaba costear para mantener en buen estado sus obras?)

¿Por qué un programa puntual y efectivo de promoción de exposiciones de artistas jóvenes como lo era Nuevos Nombres ha pasado de semestral a intemporal y ha cambiado su naturaleza desde que está la Donación Botero? Para poder sobrevivir, esta muestra su unió recientemente al salón de arte que patrocina un banco español, y lo que antes eran varias exposiciones bien curadas de cuatro o cinco artistas, ha pasado a ser un salón multitudinario que ha ganado en itinerancia lo que ha perdido en relevancia, en otras palabras, los Nuevos Nombres ya no son curatorialmente novedosos. Botero de alguna manera intentó ayudar a los artistas jóvenes colombianos con la creación de un premio anual de cien millones de pesos que llevó su nombre pero, ante el parrandeo que su directora le dio a ese programa y el disgusto del mecenas ante lo premiado, el evento pasó a mejor vida.

¿Por qué algunas exposiciones hechas en el Banco de la República sufren graves percances durante su exhibición? En una exposición se desplomó el techo de la esquina de una sala y por varias semanas la muestra estuvo incompleta sin que se le pudiera dar una pronta solución a este grave hecho. En una muestra temporal la sala fue cerrada por dos semanas porque el único encargado de vigilancia se tuvo que ir de vacaciones, además, algunas obras de otros artistas que reposaban en la bodega del banco y que eran relevantes para la curaduría no pudieron ser incluidas porque no había permisos para subirlas ni dinero para cubrir sus seguros, es decir, lo que se compra bajo el modelo de adquisiciones corre el riesgo de nunca ser visto. Y a falta de curaduría en el museo priman las relaciones sociales, y por ejemplo, en una curaduría un miembro prestante de la sociedad de amigos del museo exigió que un retrato de uno de sus familiares fuera incluido a la brava dentro del guión de una muestra de nuevas adquisiciones, como en efecto pasó. Estos percances no solo se ven en las exposiciones, sino en las salas mismas que ya muestran señales de deterioro y falta de mantenimiento.  Y mientras las 123 obra de Botero se exhiben y otras piezas sin valor sí se muestran, ¿cuántas obras de cientos de otros artistas permanecen en bodega, sin exhibir? Por ejemplo, la amplia colección de arte hecho en latinoamérica.

¿Por qué una exposición retrospectiva de un artista tan relevante y actual como Miguel Ángel Rojas tuvo que verse perjudicada al quedar embutida en una sola sala del Museo de Arte de la Biblioteca Luis Ángel Arango?

¿Por qué Carmen María Jaramillo, la curadora que reemplazó a Jose Ignacio Roca en el área de exposiciones, renunció a los pocos meses de estar en el cargo, y en su reemplazo se nombró a un museógrafo capaz pero con un bajo perfil curatorial, debilitando lo construido por Roca y Carolina Ponce de León en el pasado? A la luz de estos hechos, resulta claro que el puesto de curador sobra, no hay recursos ni posibilidad real de usar la colección para generar nuevas exposiciones. En ciertos aspectos, la Biblioteca Luis Angel Arango y su área cultural parece ser secundarias ante las demandas y trámites administrativos y de seguridad, una burocracia cultural que al igual que la donación de las 123 piezas de Botero se autoperpetúa bajo sus gabelas y beneficios contractuales.

¿Son Botero y su autodonación intocables?

Estas y otras muchas preguntas pueden ser formuladas a la luz de los hechos que ha generado esta donación, esta “convivencia” con estas obras “que nos ha resultado tan difícil y costosa”, este acto que le proporciona a Fernando Botero “un placer muy superior” a la nostalgia y se “justifica con creces”. Y es cierto, el éxito de la donación y autodonación Botero son evidentes para algunos. ¡Bravo, Maestro!

 

- Lucas Ospina

publicado por la Silla Vacía

29 Opiniones sobre Donación y autodonación Botero

  1. Antonio José Díez 2012/04/01 at 6:55 pm

    La generosidad de Botero es totalmente falsa.

    En una entrevista que hace poco le hiciera Darío Arizmendi con objeto de las celebraciones de su 80 aniversario, no le concede a ningún otro artista actual, ni del pasado mérito alguno. Salvo él se considera genial, porque sus obras se cotizan bien.

    Es un buen negociante, nadie lo quita, pero si no sabe explicar el valor de otros artistas que venden más caro que él, lo único que sabe es callarse.

    Si no existe ni ha existido [según él] otro artista de valor en prácticamente el mundo ni mucho menos en Colombia, ¿quién puede creer que es generoso con el dinero, si no lo puede ser ni con el reconocimiento de otro..? 

    Como bien anota Lucas, las cifras muestran la realidad de ese monumento a su propio ego [más de la mitad de las obras son de él], con pinturas de calidad regular, colección constituida por buenos artistas pero con obras que no lo son. Salvo alguna que otra excepción, puede hablarse en términos artísticos de un valor bajo.

    ¿Que en Latinoamércia no tiene mayor competencia una donación así? Es bien cuestionable, y aunque así lo fuese, no hay punto de comparación con las colecciones privadas que en norteamérica han donado gentes menos poderosas económicamente, pero auténticamente generosas.

    En tierra de ciegos en tuerto es rey, dice el refrán; y aunque Arizmendi anteponga el orgullo de ser paisa como Botero, no puede tapar con un dedo gordo el sol que muestra que todo es pura mentira. 

  2. Guillermo Vanegas 2012/04/01 at 8:44 pm

    Bien lo decía el famoso epígrafe, usado por Ospina con un buen sentido de la oportunidad: “…el disparar sobre Botero se ha convertido en una moda que va cundiendo más y más en la medida que su éxito comercial y su fama van creciendo en el resto del mundo. Esa necesidad de bajarlo del pedestal, sin embargo, tiene algo de deshonesto”

    Entonces, siguiendo con el oportunismo (que adoro practicar), ¿será que tan bien documentado artículo anuncia la  llegada de otra curaduría de Lucas Ospina en torno al aquí denostado y antes curado Botero?

     ¡Qué emoción, más Boteros, como en 2010 en el museo de artes de la Tadeo!

  3. Antonio José Díez 2012/04/01 at 11:06 pm

    Da tristeza, verdadera tristeza tener que apelar a comparativos, que terminan siendo necesarios para sacarnos de la burbuja provinciana.

    En esta misma esferapública, han colocado recientemente dos excelentes documentales relacionados con las donaciones; los dos casos se suceden en Estados Unidos, uno es el de un robo de una colección privada a través de triquiñuelas políticas, el otro de una entrega de toda una vida de una pareja apasionada y con la fe puesta en los artistas antes de que se hiciesen famosos.

    Los documentales son un tanto extensos, pero verlos ayuda a esclarecer de manera indirecta nuestra condición actual de medio. Como sociedad, estamos deslumbrados por el resplandor de un éxito conseguido con truculencia, que no sólo es comercial y poco meritorio artísticamente, sino que se apoya en una gran carga de ignorancia colectiva.

    Desmitificar a Botero -estéticamente-, es una necesidad prioritaria.

  4. Halim Badawi 2012/04/02 at 1:18 pm

     
    Botero curador.
     
    Hola Lucas:
     
    Buen artículo, comparto varios puntos. En sintonía con tu análisis, me gustaría hacer referencia a otros aspectos del Museo Botero que siempre me han generado inquietud. Por ejemplo, las tácticas suaves empleadas por Fernando Botero en la autocuraduría de su museo, para autoinscribirse en la historia universal del arte (¿No estaremos abusando del prefijo “auto”?).
     
    Este tipo de tácticas, sobre las que a continuación me extenderé, me hacen pensar que la donación de 87 obras de arte latinoamericano, norteamericano y europeo que el artista hizo al Banco de la República en 2000 (adicionales a las obras donadas de su autoría), no tiene motivaciones estrictamente filantrópicas o desinteresadas, como Botero afirmó una y otra vez ante los medios. Si bien, los réditos directos de la donación internacional no son tan contundentes en términos financieros como los obtenidos por la donación de obras de su propio pincel (que, como sabemos, ayudó a disminuir el stock de obras disponibles en el mercado internacional, que, según entiendo, ronda las 6000), existe un efecto mucho más sutil y en últimas poderoso: consagrar definitivamente a Botero en la tradición de la historia del arte occidental. Todo un problema de imagen.
     
    Con esto, me refiero al hecho concreto de crear un museo en Bogotá, con su nombre, en el que obras de su autoría fueron dispuestas, de forma poco inocente, con obras de artistas ya inscritos contundentemente en la historia universal del arte. Voy a poner varios ejemplos. Entre la primera y la segunda sala del Museo, el Busto retrospectivo de mujer de Salvador Dalí, ubicado en el extremo oriental de un pasillo, fue dispuesto (espacialmente) en oposición a un relieve en bronce ejecutado por Botero, que representa a una pareja de espaldas. Este bronce aparece en el extremo occidental del pasillo en una línea visual perfectamente despejada y definida, y hace pensar que Botero buscó ponerse en diálogo (o en oposición) con Dalí, no por iniciativa de un curador autónomo, sino del curador-artista-donante. Una conversación de tú a tú.
     
    En la segunda sala, la figura estilizada de Carolina sobre fondo blanco, una hermosa pintura de Alberto Giacometti, fue dispuesta oponiéndose (usando la misma estrategia) a una voluptuosa mujer acostada, una pintura reciente de Fernando Botero ubicada frontalmente, en línea recta (atravesando el patio), en la quinta sala. Pareciera que Botero quisiera decirnos que su pintura tiene personalidad, que así como Giacometti hacía figuras alargadas, él, en oposición, prefiere inflar los volúmenes. Todo un pugilato estilístico modernista.
    Esta misma operación es repetida en el segundo nivel del Museo, esta vez entre La bañista de Emilio Greco y la bañista de Botero; y entre la casi neoclásica escultura de una mujer sin brazos de Aristide Maillol y una voluptuosa “gorda” (también sin brazos) de Fernando Botero. La misma división física del Museo (mitad oriental para el “arte universal” y mitad occidental para la obra de Botero), facilitó establecer estos “diálogos”.
     
    En la tercera sala, dedicada al dibujo, Botero decidió incluir dos carboncillos de su autoría al lado de dos obras contundentes: un estudio de Balthus para su obra maestra La lección de guitarra, y una contorsionada mujer desnuda de Pablo Picasso. Esta sala incluye obras de Edgar Degas, Henri Matisse, Gustave Klimt y Georg Grosz. Como si le faltara crema al ponqué, en la sala dedicada a la escultura, ubicada en el segundo nivel del Museo, Botero decidió incluir (muy cerca de la hermosa Mujer acostada de Henry Moore) una escultura abstracta, bastante típica, ejecutada por su esposa Sophia Vari. Esta operación conyugal, ya tradicional en el ejercicio curatorial de Botero, sería repetida en la Sala Internacional del Museo de Antioquia y en el espacio público de Cartagena.
    Más allá de las convenientes disposiciones espaciales de las obras en el Museo, que parecen gritar de forma narcisista que Botero es un artista universal que pertenece a la historia del arte “serio” de Occidente, no es visible un criterio curatorial riguroso que permita conexiones inesperadas (o esperadas) o facilite la formación de públicos. Las obras se agrupan en las salas con caracterizaciones generales que oscilan, de forma conservadora y sin mucho rigor, entre aspectos técnicos, estilísticos o cronológicos.
    En este sentido, en la primera sala, aparentemente dedicada a los impresionistas, aparecen confusamente desconectados Pierre Bonnard o Édouard Vuillard (representados con obras de las décadas de 1920 y 1930). La segunda sala es una mezcla de obras tardías de los artistas de las primeras vanguardias del siglo XX, con algunas joyas como la Maternidad de Max Beckmann y con algunas pinturas que podrían ir (usando el probable criterio empleado por Botero) en la primera sala, como Georges Rouault o Chaim Soutine, quienes podrían acompañar sin problema a Bonnard y Vuillard. La tercera sala, dedicada al dibujo, es una amalgama desconectada de los siglos XIX y XX. Tal vez, las dos salas de pintura internacional de la segunda mitad del siglo XX, ubicadas en el segundo nivel, son las mejor logradas.
     
    Curiosamente, el Museo Botero, que se pretende bastante descriptivo del modernismo artístico universal, adolece de obras de artistas colombianos, ninguno de los cuales, según la opinión radical del mismo pintor, merece la menor consideración: Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos habría sido un torpe pintor colonial provinciano (cuya pobreza radicaría en su mínimo valor comercial en el mercado internacional), Andrés de Santa María un copista tardío de los impresionistas, y del arte contemporáneo ni hablar (recordemos sus declaraciones cuando decidió eliminar el Premio Fernando Botero). Por lo anterior, Botero es el único artista colombiano incluido en esta privilegiada historia universal del arte (además, incluido por él mismo a fuerza de donación), la única historia del arte que tienen los colombianos a disposición permanente en un museo público, la única historia del arte que visitan los turistas nacionales y extranjeros (el Museo Botero es el museo de arte más visitado del país) y, desde luego, un dispositivo de exposición privilegiado y legitimador, que además, activa y potencia los radares del mercado.
    Lo mejor es que, como bien afirmas Lucas, este dispositivo es a perpetuidad y no implica costo alguno para el artista, ya que, según las cláusulas de donación, la curaduría no puede modificarse o las obras prestarse, esto con el fin de evitar (según dice Botero) que los políticos roben o despedacen el Museo, como ocurrió en la década de 1980 cuando el presidente Belisario Betancourt se llevó al Palacio de Nariño algunas obras de la colección del Museo Nacional (por ejemplo, En la Playa de Macuto de Andrés de Santa María). Esto implica que, si el Estado quiere conservar la tenencia de la donación, la casa de la antigua Hemeroteca Luis López de Mesa debe quedar empeñada a perpetuidad y las obras deberán permanecer inamovibles.
     
    Con todo lo anterior, no digo que los artistas o coleccionistas no deban donar el Estado sus colecciones, ya que éste, sin duda, es el fin óptimo de toda colección privada. Pero también, el Estado debe desarrollar una política pública de mecenazgo en donde queden estipuladas las reglas de juego (de unos y otros) y los alcances de las donaciones culturales. No estoy de acuerdo con que el Estado deba ser usado de buena fe, en aras de la construcción del patrimonio cultural público (por más loable que parezca el propósito), para generar plusvalía en el patrimonio de particulares (en este caso de un artista), para beneficiarlos económicamente, así el proceso ocurra de forma colateral.
    Así mismo, con todo lo anterior no estoy diciendo que la donación de Botero deba despreciarse. Aunque es cierto que el Museo Botero tiene una colección con altibajos, es necesario anotar que en el contexto colombiano es realmente  excepcional. Por más que estemos en desacuerdo en la forma como Botero ha utilizado la donación para beneficio propio, creo que la colección se ha convertido en patrimonio de los colombianos, y por ello, debe buscarse una estrategia que garantice su conservación sin empeñar los espacios culturales del Estado o sin generar beneficios económicos a una persona. La colección tiene algunas obras excelentes de buenos artistas (por ejemplo, Pierre Bonnard o Max Beckmann) y otras bastante regulares (como el Picasso tardío de la segunda sala). Sería muy pertinente para el Banco de la República estudiar la posibilidad de reestructurar el Museo Botero y facilitar que sus obras dialoguen de forma más contundente con las obras colombianas, americanas y europeas de la Colección de Arte, algunas de ellas bastante interesantes.
     
    **
     
    Adenda: El asunto planteado por Lucas Ospina relativo al agotamiento del stock de obras de Fernando Botero mediante las donaciones a Colombia, es un tema que podría analizarse como un proceso de más largo aliento. En los últimos cuarenta años, Fernando Botero ha donado más de medio millar de obras de su autoría a instituciones públicas colombianas y extranjeras. La sobreproducción artística de Botero (consecuencia del “trabajar, trabajar y trabajar” mencionado por Ospina) excede la capacidad de demanda del mercado, y este desequilibrio de la oferta es solventado por el artista mediante donaciones a instituciones (asegurando, de paso, su legitimación a través de museos que, de otra forma, no podrían –o querrían- comprar obras de su autoría).
    En la década de 1960, Botero donó sus primeras obras al Museo Nacional de Colombia. En 1975, Botero donó Exvoto al Museo de Antioquia y, en 1977, donó la serie sobre Pedrito Botero, con la que la institución creó una sala homónima en homenaje al hijo fallecido del artista. Más o menos por la misma época, Botero hizo una gran donación al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber, que se repitiría posteriormente. Más recientemente, hizo una donación al Museo de Bellas Artes de Santiago de Chile. En 2000, hizo las donaciones al Banco de la República y al Museo de Antioquia. En 2004 repitió donaciones al Museo Nacional (la serie sobre la violencia en Colombia) y al Museo de Antioquia (algunas obras internacionales). Luego, donó la serie completa de Abu Ghraib (constituida por 47 obras) a la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos (según cuenta el correo de las brujas, la serie fue rechazada por varios museos del norte). Así mismo, ha donado numerosas esculturas al espacio público de Medellín (Plaza Botero, Plaza San Antonio, Plazuela de Coltejer), Cartagena (Santo Domingo), Buenos Aires y Madrid.

    • Antonio José Díez 2012/04/02 at 4:13 pm

      El Estado puede para bien general, modificar en algún momento las cláusulas  de la donación que impiden que una democracia artística se de con ella, por cambios en la legislación.

      La megalomanía del maestro, no cederá; pero él no es el dueño de la sociedad por más que se revuelque; ni por más que se revuelque va a pasar a la historia del arte por su arte [si acaso, por sus triquiñuelas], porque la Historia del arte lo ha demostrado hasta la saciedad, que en ella se pasa por méritos expresados estéticamente y por nada más.

      Una de las poquísimas pinturas verdaderamente buenas de la donación, el Bonnard, no tiene -como Ud. agradablemente ha descrito-, con quien dialogar; porque justo frente a ella, está toda una sala de Botero que con una manota pretendió tapar una verdad de a puño: Bonnard sólo contra una sala llena de colores, marcos y luces, no tiene una obra de arte con la cual enfrentarse.

      • Antonio José Díez 2012/04/02 at 4:18 pm

        Otra cosa que causa una gran curiosidad, es saber como logra Botero [según él, solito], pintar toda esa cantidad de cuadros. Por más que no haga sino pintar, pintar y pintar; hay unos 10 cuadros grandes por lo menos que fueron pintados todos en un lapso de menos de 2 años.
        Yo creo que tiene todo un taller  de anónimos ayudantes que hacen la labor, pero invisibilizados obligatoriamente por efectos de mercado.

        Parafraseando a Göethe, Botero debería trabajar más y pintar menos. 

        • Christian Padilla 2012/04/02 at 10:05 pm

           
          Que el señor Antonio José Diez juzgue de manera tan arbitraria la producción de Botero por la repetición de un estilo  (como puede suceder con cualquier otro artista octagenario inscrito en las historias del arte más tradicionales o irreverentes) solo demuestra su desconocimiento sobre el mismo. Eso revela que el cliché de “Odio a Botero” es la posición mas facilista que se puede tomar frente en vez de perseguir su producción y mirar con ojo atento su proceso. Para recordar brevemente los méritos que llevan a un artista a conseguir su inserción nada gratuita en la historia del arte local miremos en rápida retospectiva sus inicios: Fernando Botero a sus 19 años había obtenido el 2do. Premio  del salón nacional de Artistas Colombianos en 1952. A sus 26 años ganó el 1er premio y el siguiente año fue declarado fuera de concurso porque no pareció conveniente al jurado darle el premio dos años consecutivos al mismo pintor. A sus 29 años el Museo de Arte Moderno de Nueva York, la colección mas importante de arte moderno en su momento, adquirió una obra suya en momentos en que solo adquiría obra de expresionistas abstractos.  Botero rompió con la tradición de la mirada a México como fuente de la influencia para hacer un arte nacionalista y de París como la capital de arte de vanguardia donde todos buscaban un trasnochado estilo picassiano. Fue el primero en mirar la vanguardia norteamericana, aplicarla a la figuración de una manera  descarnada y estriada en su pincelada que le valió el apelativo de pintura “feísta” en su momento. Esa nueva figuración propuesta fue la influencia mas fuerte que sintieron los artistas de inicios de los sesenta como se puede constatar si se mira en forma panorámica la producción de los dibujantes y pintores de este periodo. El influjo que Obregón ejerció a finales de los 50`s con su pintura postcubista fue suplantada por el expresivo color y pincelada boteriano. Al contacto con el Arte Pop su pintura retomó temáticas de lo popular extraídas de los periódicos (algo que agradecerían  artistas colombianos de los sesenta entre ellos Beatriz González) y que replanteaban una mirada a la búsqueda de la identidad propia que los nacionalistas habían perseguido en el muralismo mexicano. Legado de esta influencia es el hallazgo del collage y las obras del 63 en las cuales encontramos en Botero a uno de los pioneros de este medio, el cual fue simplemente utilizado como solución formal para una serie de bodegones. 
           
          Creo que con Lucas y Halim convenimos en este periodo de formación como el mas interesante de su obra. Sin embargo, después de estudiarlo con detenimiento me ha servido para comprender su obra mas contemporánea, y viendo la retrospectiva actual en el Palacio de Bellas Artes en México estoy obligado a destacar el color de Botero como otra de sus búsquedas constantes y coherentes en su producción. Que se ponga en discusión el mercantilismo de la producción de Botero es una interesante discusión, pero a estas alturas de la vida poner en discusión si Botero debe pasar a la historia recordado o no me parece tan bobo que hasta rabia da tener que recordar todos estos argumentos a otro artista, especialmente por sus especulaciones tan bien sustentadas:  “Por más que no haga sino pintar, pintar y pintar; hay unos 10 cuadros grandes por lo menos que fueron pintados todos en un lapso de menos de 2 años. Yo creo que tiene todo un taller  de anónimos ayudantes que hacen la labor, pero invisibilizados obligatoriamente por efectos de mercado.” ¿Como cree que son muchas no las hizo el?  Muy serio el comentario.  
           

          • Antonio José Díez 2012/04/03 at 9:45 pm

            Señor Padilla, ¿quién creería que pintar, pintar y pintar, es por sí meritorio..?

            Vuelvo a citar esta paráfrasis de Göethe [quien criticara a Victor Hugo por su voluminosa producción, diciendo: "debería trabajar más y escribir menos"], que en otro momento o lugar hiciera: Botero debería trabajar más y pintar menos; digo yo, que, Arte, es también un trabajo mental y no solo un oficio automático. Quizás, válido para un pintor zen, que no es el caso.

            En ningún momento he señalado que la producción de Botero -30 años atrás y antes de este tiempo-, era mala. 
            Ud. infiere que no he visto mucha de su obra anterior, y aquí se equivoca: sí la he mirado; por eso la de ahora no vale acaso más que los materiales con que están hechos esos cuadros, dibujos y esculturas; aunque cuesten mucho.

            Es suficientemente claro que entonces hacía de la pintura arte, 
            [hubo un cuadro muy bueno suyo, el mejor que le he visto, expuesto en la colección Ganitzky-Gubereck [?]], como un botón de muestra a lo que sostengo.

            No es tonto pensar lo del taller de ayudantes que le produzcan obra, cosa que todo artista consagrado y lleno de pedidos ha solido hacer a lo largo de la historia, y que no se le puede crucificar por aprovechar el momento y caer en ello; lo que sí me parece tonto, es suponer que no los tenga, por la simple razón [presumo], de que Botero juega con la candidez de sus compradores que jurarán que efectivamente nadie más que el maestro ha tomado parte en estos cuadros; sólo por tenerle fe a sus palabras que dicen, “solo pintar, pintar y pintar; es lo único que hago”.

            Puedo dudar de sus palabras y me parece que es razonable, porque Botero como artista [como innovador] murió hace 30 años aproximadamente e hizo de esos ya más de 30 años “el momento” de éxito comercial y allí se quedó patinando entre billetes; y porque esa cantidad de trabajo implicada para pintar esos cuadros que mencioné, los que no están en esta donación, las esculturas [modelos], dibujos, acuarelas, serigrafías, etc, etc, etc., requieren muchos hombres, según me parece.

            Yo no odio a Botero:
            Estudio a un pintor que es algo diferente; y parte de ello, es no creer en pamplinas: Veo y por tanto, Creo, en los hechos que son, en Arte Plástico, las obras. 

            Que otros analicen, pero con seriedad, la parte  económica del asunto, que seguro va mucho más allá del dinero visible; como digo: la matemática implicada, porque ésta ciencia es la única que no miente. 

  5. El Tiempo 2012/04/02 at 9:22 pm

    En el marco de las celebraciones que se preparan por sus 80 años, que cumplirá el 19 de abril.

    “Disfrútenla. Esta obra es para que disfruten el arte”, dijo Botero al desvelar la escultura a la entrada de la biblioteca pública que lleva su nombre, en San Cristóbal, a las afueras de Medellín. (Ver los 80 años de Botero).

    El maestro, acompañado por su esposa Sofía Vari, fue homenajeado por cientos de estudiantes, que le recibieron ataviados con trajes típicos. ‘El gato’ es una escultura en bronce de 1.050 kilos, vaciada en su taller de Pietra Santa, en Italia.

    Esta obra se suma a otras esculturas monumentales de Botero, instaladas en espacios abiertos de Medellín, entre las que destacan ‘La gorda’, en el Parque Berrío, y ‘El pájaro’, en el parque San Antonio.

    Además, esta ciudad, cuenta desde hace 10 años con la Plaza Botero, un espacio de 7.000 metros cuadrados donde se exhiben otras esculturas monumentales del maestro, entre ellas ‘Maternidad’, ‘Esfinge’, ‘Rapto de Europa’, ‘Mujer reclinada’ y ‘Pensamiento’. La inauguración de ‘El gato’ forma parte de una serie de homenajes y regalos mutuos preparados en Colombia con ocasión del próximo 80 cumpleaños de Botero.

    Se inaugura ‘El Viacrucis’

    Este martes, se inaugurará en Medellín su nueva colección de pinturas ‘El Viacrucis’, un conjunto de 27 óleos y 26 dibujos realizados en 2010. El mismo día de su cumpleaños, el maestro será homenajeado en el Museo Botero de Bogotá, en un acto con autoridades y niños de las escuelas públicas.

    “Para mí es un placer volver aquí a mi tierra con estos cuadros. Esta exposición coincide con este cumpleaños mío, que es obviamente importante y dramático”, dijo mientras supervisaba el domingo el montaje de ‘Viacrucis’.

    Según Botero, este ‘Viacrucis’ ha sido reflejado “a los ojos de un artista moderno, que se permite ciertas libertades como incluirse a sí mismo o a su madre en las obras”.

    EFE

  6. José Mauricio Peña. 2012/04/04 at 1:08 pm

    “Uno siente que el corazón de se les estalla de emoción…”
    Fernando Botero.

    Botero pasó ya a la historia eso nadie lo discute: hay noveles historiadores a sueldo que pagados por grandes coleccionistas se encargarán de mostrarnos que sus obras son dignas de la historia escribiendo sendos libros. Hay artistas curadores, que haran curadorías y sendos textos “críticos”, para seguir aumentando el raiting Botero. Botero es un gran negociante que ha nadie de le quepa la menor duda. La toma de los espacios culturales como bien lo muestra este texto de Lucas Ospina ( La Luis Angel Arango y el Museo de Antioquia), viene articulada por la toma de los espacios públicos: la Plaza Botero (atestada de esculturas de este artista) y otros espacios públicos que se han tomado por asalto a Medellin con obras del artista paisa.
    Botero como pintor cortesano sabe perfectamente que el arte y el poder siempre van de la mano: el desde siempre cortejo el poder político y eso le ha garantizado estar hoy en la gloria. Qué le vamos ha hacer, Botero es Botero, lo demás es arte contemporáneo:

    http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/D/desde_hoy_a_ver_el_viacrucis_voluminoso/desde_hoy_a_ver_el_viacrucis_voluminoso.asp
     

  7. Juan Gil 2012/04/05 at 1:11 pm

    Envidia y Miopía Lucas

    Según la real academia española de la lengua, envidia se define como: Tristeza o pesar del bien ajeno. Y miopía como: cortedad de alcances o de miras.

    Fernando Botero es el más cotizado pintor y escultor latinoamericano y uno de los artistas vivos más valorados internacionalmente. Este es un hecho que no tiene discusión, más allá, de que nuestra sensibilidad artística individual pueda o no apreciar su obra. El articulo “Donación y Autodonación Botero” trata de un hecho, la donación de 123 obras de Botero y 85 obras de otros artistas internacionales por parte de Fernando Botero a la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, en el año 2000.

    El autor comienza citando a Montenegro, Edwards y a ArtPrice con estudios que analizan el mercado de las obras de arte a nivel global, los cuales, definen como el arte también depende de la ley de la oferta y la demanda, además, muestran el comportamiento de las obras de Botero en el mercado global de obras de arte. Según el autor, estos estudios y cifras le muestran que las obras de Botero tuvieron un repunte en el “índice de precio” después de las donaciones hechas en 2000. Este es el gran “argumento” que el autor usa para probar la “autodonación” de Botero; esta es la prueba para afirmar o peor aun, insinuar, que la principal razón de Botero para sus donaciones era la eventual sobrevaloración de sus obras no donadas.

    Aquí comienzan las imprecisiones, porque es verdad que las obras de Botero tuvieron un repunte en sus precios y ventas, pero lo que no dice el autor es que según las cifras y tablas de ArtPrice, presentadas por él mismo en su artículo, el repunte del que habla solo se dio hasta 2008. Mas exactamente, como dice el autor en su articulo: “…el índice de precio de las obras de Fernando Botero logra un pico alto en el año 2008…” .

    Según estos datos, el repunte de precios se dio 8 años después de las donaciones. Es decir, el autor insinúa que Botero contrato a un mago de la economía, el cual, vio es su bola de cristal que si donaba obras en Colombia, en 8 años habría un pico de precios y ventas de su obras. Y digo mago, porque tendría que serlo para hacer semejante pronóstico, en un mundo globalizado donde todos los mercados son más volátiles y los ciclos económicos cada vez más estrechos, donde pronosticar el precio de los commodities a un año es arriesgado y cuando no es claro el comportamiento de la bolsa en unos meses. Este mago económico pudo pronosticar el comportamiento del mercado de la obras de arte con 8 años de anticipación, que dicho sea de paso, es tal vez, el mercado mas volátil que existe.

    El resto de índices que el autor propone como prueba de su juicio se comportan de similar manera. Según ArtPrice, para Fernando Botero “La evolución de la facturación” bajo en el 2000 y siguió bajando hasta el 2004, en el 2005 repunto y su pico llego en 2006. “La evolución del número de transacciones” tubo un bajón del 2000 al 2002, en el 2003 se recupera y tiene su pico más alto en 2006. Incluso, “la evolución de la tasa de los no vendidos” tiene un comportamiento estable del 2000 al 2004, tiene un bajón en 2005 y su pico mas alto llego en 2008. Es decir, para decirlo claramente, pero con rigor científico económico, las cifras presentadas por el autor demuestran que la donación de sus obras en 2000 a Colombia, no tuvo ninguna incidencia económica en el mercado de las obras de Botero; es mas, en los años 2001 y 2002, donde pudo tener efecto la ley de la oferta y la demanda por sacar esas obras del mercado, el valor y el numero de ventas de las obras de Botero se vieron disminuidos.

    Cualquiera que observe, sin miopía, la vida y obra de Botero entenderá que su estrategia de Marketing es muy diferente a la vana especulación de la oferta y la demanda, su estrategia es todo lo contrario, se trata de mostrarse lo mas posible para lograr mantenerse en el ” top of mind” de su mercado objetivo, buscando ingresos mas egocéntricos, que monetarios. Es por esto, que en el año 2007, también dono 47 obras de la serie Abu Ghraib, que tratan de representar los horrores de la tortura y de la guerra, relacionada con la invasión de los Estados Unidos a Irak, a la Universidad de Berkeley, que las expone en su sede en California (EEUU). Además, para esta época completó una serie de exposiciones permanentes alrededor del mundo en países como : Alemania, Austria, Argentina, Armenia, Chile, Corea, Emiratos árabes, Estados Unidos, Israel, Italia, Kazajistán, Japón, Panamá, Liechtenstein, Mónaco, Portugal, Puerto Rico, Inglaterra, Rusia, México, Suiza, España, Venezuela, El Vaticano y Singapur. Estas dos últimas acciones causan mucho más impacto, que las donaciones hechas a Colombia casi una década atrás, en el índice de precio y corresponden a las fechas en que el autor muestra el pico de dicho índice – 2008-.

    El autor continua su critica, refiriéndose a la curaduría hecha por el propio Botero, definiéndola como autoindulgente, un mausoleo para el peregrinaje turístico, un tributo desmedido al arribismo y un monumento parroquial al narcisismo. Calificativos muy acertados, es más, añadiría los calificativos usados por Caballero: “arbitraria, caprichosa, subjetiva”. Es claro que Botero es un egocéntrico, característica común en artistas de su talante. También es claro, que sus exigencias pueden ser caprichosas, pero lo más claro de todo, es que fue un contrato entre dos partes y sus exigencias aceptables o no, fueron cordialmente recibidas.

    Por ultimo, el autor declara: “ la exhibición permanente de las 123 obras de Fernando Botero ha sido un pesado lastre para la Biblioteca Luis Ángel Arango, ha generado grandes enormes limitaciones“. Y se hace preguntas como: cuanto cuesta el vigilante? Porque el programa de “nuevos nombres” paso de semestral a intemporal? Porque el techo de una sala se cae? Porque hay tantas obras almacenadas de autores colombianos sin exponer? Todas preguntas muy validas, pero no se entiende en que se relacionan con Botero. El señor Fernando Botero ofreció unas obras en donación para lo cual exigió unas condiciones, obviamente, la biblioteca Luis Ángel Arango y/o El Banco de la República pudieron negarse. Sin embargo, aparentemente muy emocionados, recibieron las obras, aceptaron las condiciones y firmaron el contrato. Es obvio, que la administración de la biblioteca y el museo no son responsabilidad de Botero, si firmaron un contrato para mantener una exposición permanente que absorbe la mayoría de los fondos es una irresponsabilidad de las directivas, si no hay suficientes talleres, programas o exhibiciones se debe a la mediocre dirección institucional. Por eso, llegar a responsabilizar a Botero, aunque sea en el mas mínimo grado de esto, es no solo temerario, sino inocente y producto de un análisis, francamente, miope.

    A caballo regalado si se le mira el diente, pero antes de recibirlo… y no se puede acusar al dador del caballo, por las caídas debidas a la torpeza del chalán.

  8. Antonio José Díez 2012/04/05 at 7:57 pm

    ¿POR Qué será que piden argumentos serios, usan como argumento algo tan poco serio como decir que quien critica a un intocable, lo hace llevado por la envidia..?
    Eso no hace creíble un deseo de seriedad.

    La nota crítica no es de un economista, pero sí es sugestiva. Es también insólito suponer que la gente de la Biblioteca Luis Angel Arango, siendo una dependencia del Banco de La República, no tuviera en el momento de recibir la donación Botero, la más mínima capacidad de análisis económico de lo que implicaba recibirla.
    De ser así, entonces uno piensa que en la BLAA, las cosas se manejan muy mal; de no ser así, entonces uno piensa que haber hecho oposición a ello, implicaba enfrentarse a poderes en el manejo de la institución que iban a presionar a quien fuese a hacerlo, y es difícil exigir a un funcionario por evadir tal represalia; pero si hubiera sido asunto público, éticamente se hubiese apartado.
    Pero es pedir demasiado en la Colombia de hoy, tal condición ética.

    Puede sonar fuera de contexto, pero a colación vienen esto:
    La situación se repite cada vez que llega el momento de repartir el presupuesto para las artes plásticas del Idartes [antiguo IDCT]; al MAMBo siempre se le da un porcentaje bastante elevado de la partida presupuestal -aún a pesar de que no cabe duda del manejo -cuando menos extraño-, de estos recursos, de que el museo es cuestionado cada vez más por su bajo rendimiento cultural-, para que lo utilice el Museo como un apoyo. No se quién manejará la caja del museo, quizás, la ex-esposa de Botero, Gloria Zea, su directora.

    No es envidia, o si lo es, me parece que está justificada; porque en una sociedad como la colombiana, con los niveles de desigualdad que muestra a nivel mundial, por los modos en que mostrarse inconforme con tal situación es repimido y por los que la dirigencia del país debiese sentir una enorme vergüenza; lo que muchas veces hace es valorar poco los reclamos y las personas que piensan que el stato quo no es bochornoso, los tildan de envidia.

    Botero se alió con la clase dirigente que antes criticara [cuando era un buen artista], después se dedicó a adornarles sus viviendas, luego la de los de ese club sin fronteras que es el jet set internacional. Ahora está en una etapa de consolidarse ante la sociedad como un benefactor por regalar obras, esas mismas que en los palacios de los ricos que las coleccionan irán bien, pero que en el parque de una ciudad tercermundista los pobres usan para cubrirse del sol u otros usos que no hacen que luzcan igual. Botero no puede ignorar esto, y lo que es detestable, es que quiera imponer una imagen de héroe; sin permitir que sea la misma sociedad que decida erigirlo como un héroe.

    La autoindulgencia curatorial, puede reafirmarse a partir de una declaración que el mismo Botero hiciera a Darío Arizmendi:

    Su hija Lina Botero, será la curadora de por lo menos una exposición suya.

    La crítica de Ospina, no me parece descabellada ni envidiosa. 

     

  9. Halim Badawi 2012/04/05 at 8:49 pm

     
    Creo que los participantes de la discusión han puesto sobre el tapete varios puntos interesantes. Debo comentar varias cosas.
     
    Por un lado, no creo que, como se ha planteado en este debate, la cotización comercial de un artista (en este caso, Fernando Botero) sea un proceso lineal, unidireccional. El aumento de precio en la producción de un artista funciona como un entrecruce de factores, algunos de ellos producto de tendencias ligadas a la moda, al gusto, a las dinámicas internas del capital, a colectivos sociales, a la moral dominante, a procesos propios del campo del arte, a la historia, a las instituciones, a la visibilidad, a la imagen o a la suerte. Aunque el entrecruce oportuno de estos factores excede el poder individual de un solo individuo (Botero), este individuo puede (tal y como un experto prestidigitador jugando en un casino), aprovechando dinámicas externas favorables, generar los sistemas de relaciones, las movidas necesarias y las condiciones de posibilidad para que este complejo entrecruce ocurra. Por ello, el artículo de Lucas Ospina debería ser visto como un análisis de sólo una de las muchas autojugadas que apuntan hacia el propósito de apreciar comercialmente la producción boteriana.
     
    Por entender la apreciación comercial como un fenómeno de entrecruce, estoy en desacuerdo con Juan Gil cuando interpreta la donación de Botero al Banco de la República (y la forma como este proceso se vio reflejado en los indicadores de ArtPrice) como una inmediatista y lineal relación causa-efecto. Es decir, por ponerlo fácilmente: no creo que, si Botero regaló hoy al Banco de la República, mañana deberán verse los réditos comerciales. Más bien, es un proceso de largo aliento, que si bien puede tener algunos resultados visibles en el corto plazo (y altibajos por factores externos), necesita distintas condiciones sociales, políticas y económicas, que sólo ocurren con el tiempo y a veces con la suerte, para aflorar en toda su complejidad y poder.
     
    Este proceso de largo aliento ocurre de múltiples formas (y no espero mencionarlas todas):
     
    1)      A través de donaciones sistemáticas a museos de arte colombianos, latinoamericanos y estadounidenses, donaciones que, en últimas, terminan por menguar el stock de obras de Botero disponibles en el mercado y aportan al proceso de disminución de la oferta (estas donaciones las mencioné en la adenda de mi anterior comentario). Por ejemplo, si Botero dona a instituciones el 10 por ciento de su producción (como efectivamente ha ocurrido: en los últimos cincuenta años ha donado 500 obras, de 6000) y la demanda se mantiene (o crece), es de esperar en algún momento, por simple juego entre la oferta y la demanda, un aumento en el valor comercial de sus obras.
     
    2)      Además del juego con la oferta, Botero también apuesta a generar las condiciones sociales que permitan aumentar la demanda: esto ocurre a través de las mismas donaciones (inamovibles) a museos, que visibilizan y legitiman su producción, generan reconocimiento social y activan los radares del mercado. Se trata de matar dos pájaros de un solo tiro.
     
    3)      La manipulación de la demanda también es visible en la estrategia de empeñar, en nombre suyo, gratuitamente y a perpetuidad, áreas extensas de las tres mayores instituciones culturales (las joyas de la corona) del Estado colombiano: el Banco de la República, el Museo Nacional y el Museo de Antioquia. El investigador y museólogo William López, lo llama “el mayor secuestro museológico en la historia del país”.
     
    4)      Hacia esta misma dirección apunta la estrategia boteriana de visibilizar esculturas monumentales en el espacio público de las grandes ciudades del mundo: a diferencia de los artistas de la tradición moderna a la que pertenece, Botero se la juega sacando su obra de los muros de las instituciones y haciéndola recorrer las calles de las ciudades europeas y norteamericanas, saltándose el estricto criterio curatorial de los museos de arte moderno y contemporáneo internacionales (instituciones que, junto con la crítica, han rechazado en numerosas ocasiones exposiciones individuales o la exhibición permanente de obras de su autoría). Esta estrategia le permite a Botero, además de visibilizar masiva y contundentemente su producción escultórica, prescindir de sus malas relaciones con los más agudos críticos y curadores internacionales. Ahora sólo necesitará de sus relaciones sociales y políticas con los gobernantes y aristócratas de algunas ciudades europeas, como París, Nueva York y Montecarlo, para exponer sus esculturas. Y si te ganas París, te ganas Bucaramanga.
     
    5)      La utilización de los medios masivos (prensa y televisión), en especial colombianos, para generar una imagen benevolente, grandiosa, extravagante y favorable. No en vano, en este mes, las portadas de las revistas Semana, Caras, Jet Set, etcétera, están cubiertas por el rostro de Botero en su cumpleaños 80. Esto hace parte de su estrategia de imagen, que ha venido acompañada (en otras ocasiones) por declaraciones ante los medios polémicamente reaccionarias o vanidosas (por ejemplo, en la portada de una revista Cambio de hace algunos años, apareció una foto de Botero acompañada por la leyenda: “Soy único”), que generan todo tipo de opiniones. Tal y como decía Oscar Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen”. Incluso, la discusión que estamos sosteniendo en este momento en esferapública es efecto del grado de penetración social de su imagen.
     
    6)      Las tácticas curatoriales de Botero (que mencioné en mi anterior comentario), que permiten su inserción museológica en la tradición de la historia del arte universal, inserción negada por los discursos curatoriales de las exposiciones permanentes de los museos de arte más importantes del mundo. Aunque el mismo Botero repite una y otra vez (como un factor decisivo de su carrera) la compra de su Monalisa de doce años por el MoMA, lo cierto es que esta institución no la exhibe en su exposición permanente, así como tampoco exhibe obras de otros artistas colombianos que, desde la década de 1940, tiene en su colección: Alfonso Ramírez Fajardo, Luis Alberto Acuña, Alejandro Obregón, Édgar Negret, etcétera. Así mismo, no hay obras de Botero en las exposiciones permanentes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), de la Tate Gallery (Londres), del Centro Pompidou (París) o de instituciones que proceden de la tradición más conservadora del coleccionismo privado como el Museo Thyssen (Madrid). Este déficit de imagen favorable en las instituciones legitimadoras por excelencia, es solventado por sus donaciones a museos de todas partes y por la creación de un museo en Bogotá con su nombre, en el que sus obras dialogan con obras de otros artistas, pertenecientes todos a la tradición “seria” del arte moderno universal. En este sentido, debemos reconocer que una cosa es pertenecer a la historia del arte colombiano (un logro ya establecido con creces por Botero en las décadas de 1950-1960, y que próximamente podremos apreciar de forma rigurosa e inteligente en el nuevo libro del investigador Christian Padilla) y otra muy diferente es pertenecer a la historia del arte universal y a los circuitos institucionales internacionales, un proceso que todavía está construyendo Botero, y hacia el que apuntan las cláusulas de donación a museos colombianos, en las que exige la ‘exposición permanente’ y a perpetuidad de sus obras.
     
    Como hemos visto, la apreciación comercial de Botero no es un proceso lineal entre la oferta y la demanda. Ocurre, además, en el marco de las tendencias internacionales de la línea conservadora del ‘coleccionismo de arte latinoamericanista’, que algunos comentaristas colombianos suelen reducir de forma genérica a ‘mercado del arte’. Un sector bien conocido por Botero.
     
    Mientras los sectores progresistas del coleccionismo han buscado acercarse a la documentación y registro de las prácticas artísticas desmaterializadas (performances, happenings) de las décadas de 1960 y 1970, a las instalaciones, al apoyo de proyectos artísticos, a las prácticas tradicionalmente menores como la fotografía, el dibujo y el grabado, a los nombres pisoteados y ocultados por el proyecto modernista (desde Rómulo Rozo hasta Pablo Solano); por el contrario, el coleccionismo que tiene los ojos puestos sobre el último Botero, es el coleccionismo latinoamericanista más tradicional, ese que tiene su epicentro en Miami (y su zona de influencia en el Caribe y Estados Unidos, y que incluye latinos en Nueva York y Los Ángeles, estadounidenses del sur, Caracas, Panamá, República Dominicana, Puerto Rico y parcialmente México). Este es el coleccionismo que tiene sus ojos puestos en el tipo de artista que encarna el último Botero (y que se vende también afuera): un extravagante-prohombre-pintoresco-pintor de caballete-modernista.
     
    Como conclusión, sugiero la creación de una Cátedra Botero en las universidades colombianas, no dependiente de las escuelas de arte, sino de las de economía. Sin duda, en términos comerciales, Botero es un caso ineludible, fundamental para estudiar la volatilidad, la fragilidad, la especulación y la mediatización que recorre al mercado internacional del arte.  
     


    **

     
    Adenda: El mundo de las subastas no es el mundo del mercado del arte, y los indicadores de ArtPrice reflejan exclusivamente las tendencias del mundo de las subastas. Una gran parte de las transacciones del mercado del arte nacional e internacional ocurren a través de galerías, anticuarios y marchantes, a través de ventas privadas directas que no se ven reflejadas en ningún indicador. Por ello, los indicadores de ArtPrice suelen ser una hermosa fantasía que da cuenta de un sector del mercado del arte, además, un sector susceptible de manipulación a través de estrategias de visibilidad, préstamos de las subastadoras a los clientes para que pujen y compren, autocompras de las subastadoras para que no decaigan sus indicadores de ventas, compras hechas por los mismos galeristas para mantener los precios de los artistas que representan, calanchines que pujan en nombre del vendedor para mantener los precios, etcétera. Por lo anterior, poner en subasta las obras de un determinado artista (Botero, por ejemplo), en ciertas condiciones sociales, económicas y políticas, y manejando ciertas reglas de juego (tácitas), es el escenario ideal para generar una imagen favorable del artista como buena posibilidad de inversión.
     
    Con lo anterior quiero decir que, aunque los parámetros citados por Lucas Ospina son los únicos que podremos conocer (los únicos que nos permite conocer el mercado internacional del arte), no sabemos, a ciencia cierta, el beneficio directo que la ley de la oferta y la demanda ha traído a Fernando Botero durante los últimos años por efecto de sus donaciones a instituciones culturales colombianas y extranjeras. Por otra parte, sería interesante mirar también los indicadores ArtPrice anteriores a 1998, conocer cómo operaba el mercado de Botero entre 1990 y 1998, y ver si hay cambios significativos que sirvan para leer, con mayor contundencia, los cambios de precio en su producción.
     

    • Juan Gil 2012/04/05 at 9:44 pm

       
      Halim no puedo estar de acuerdo con las ideas que expones en el punto 1. Y no creo que estén bien documentados, ni analizados. El 10% tampoco es significativo para crear un fenómeno de aumento de precio debido a la ley de oferta y demanda. Mucho menos, si el artista sigue vivo y produciendo. Y aun menos, si su tasa de producción sigue siendo mayor, que su tasa de donaciones. En el resto de los puntos, estoy totalmente de acuerdo, el manejo de la imagen y su intención de perpetuidad es clara.
       

      • Halim Badawi 2012/04/06 at 2:44 am

        Juan: Voy a extenderme sobre el punto 1 para hacerme entender mejor.
         
        Cuando digo que hay aproximadamente 6000 obras de Botero disponibles en el mercado y que regaló el 10 por ciento, no estoy diciendo que esas 5400 obras restantes estén disponibles ya mismo. Esas 5400 obras incluyen distintas técnicas y distintos formatos que tienen, a su vez, distinto valor dentro de mercado (el orden es pintura-escultura-dibujo-grabado).

        De esas 5400 obras que están “disponibles”, un gran porcentaje están en poder del mismo Botero, otro porcentaje pertenecen a coleccionistas privados que no están dispuestos a venderlas (por lo pronto), otro porcentaje han sido compradas por museos e instituciones culturales, otro porcentaje están perdidas, otro porcentaje pudo ser destruido por manejos inadecuados (incendios, robos, mutilaciones, etc.).

        Esto significa que, de las 5400 obras de Botero en manos privadas, son puestas en eventa por año en subastas, entre 10 y 20 obras (cuando mucho), sobre todo pinturas y esculturas de gran formato y muy pocos dibujos. Es decir, las 5400 obras no están enteritas y disponibles esperando comprador.

        Si ofreces en venta 10 obras por año, en 50 años (medio siglo) ofrecerías 500. De estas 500, es posible que entre un 10 y un 20 por ciento, es decir, entre 50 y 100 obras, tengan una calidad “superior” en términos de coleccionismo. El mercado del arte, a diferencia de otros bienes y servicios, tiene relativamente muy pocos compradores y unos niveles de exigencia muy altos.
        Entonces, si eliminas del mercado un gran porcentaje de las obras de calidad “superior” de Botero (las de gran formato, temática popular y mayor valor) por efecto de sus donaciones a museos, las pocas obras buenas que quedan en el mercado aumentan de precio considerablemente.

        Si al mismo tiempo que haces esta operación generas las condiciones sociales que permiten que aumente la demanda (las que acabo de mencionar en mi anterior comentario), el negocio es redondo.
        Por otra parte, me gustaría recordar que las dos grandes donaciones ocurrieron un mismo año (2000), no en 50 años, y los efectos podrían verse en el transcurso no sólo del año 2000, sino la(s) década(s) siguiente(s) a la donación, efectos potenciados con el boom del mercado del arte internacional y por el bienestar económico de Colombia. Es decir, en un año, Botero sacó más de 220 obras del mercado por efecto de las donaciones, lo que significaría que en el año 2000 hubo un déficit de aproximadamente -190 obras de Botero en el mercado internacional del arte.

        Igualmente, es necesario recordar que las donaciones las hizo un Botero de edad avanzada que, en cualquier momento, podría detener su producción por múltiples razones.

        Todo lo que estoy comentando, obviamente, tiene efectos de mercado en el corto plazo, relacionados con la apreciación de su obra por efecto de la disminución de la oferta (es decir, el punto 1).

        Igualmente, debemos tener en cuenta que la producción de Botero se divide básicamente en dos partes: su primera época (1949-1965) y su segunda época (1966-2012). Podemos afirmar (documentalmente) que la parte de su producción que se vió beneficiada con las donaciones, es su segunda época. Calculo a ojo rápido que, en su primera época, pudo haber producido unas 1000 obras y en su segunda época las restantes 5000.

        Las obras que realmente se vieron favorecidas con estas donaciones, son las de su segunda época, que fueron las donadas, y que son las más buscadas (aunque nos parezca contradictorio) por el coleccionismo internacional (las obras de su primera época, aún no sobrepasan los 300 mil dólares en promedio). Es decir, la reducción de la oferta no ocurrió sobre toda la producción de Botero, sino de sus obras recientes, las más perseguidas por el mercado del arte. Todo esto que te cuento, estrecha, aún más, el embudo de las 5400 obras.

  10. Andrés Felipe Orjuela 2012/04/07 at 4:28 pm

    “Me dijo (Botero) que había tenido una revelación por la noche, un sueño, y que decidió hacer la donación. De pronto un ángel de los que hay en sus cuadros se le apareció y le sopló al oído que debía dejar la obra en Medellín” 
    Ana Piedad Jaramillo Restrepo directora Museo de Antioquia

    Nueva donacion de Botero, 27 óleos, 34 dibujos y una escultura monumental.  

    Ahi tenemos la respuesta cual ganas de subir sus precios en el mercado o posicionar su arte en la historia universal, lo que hay es intervención divina.

  11. Jaider Orsini 2012/04/07 at 10:14 pm

    Botero ha sido el gran invento de los colombianos, le gusta que hablen de él (más si es en Colombia), eso lo hace más “generoso”, sino miren su nuevo acto de caridad, que me parece más romántico aún y emancipado de todo prejuicio económico y publicitario (si no han digerido aún la cucharita de fríjoles que les di, les daré otra…): http://www.eltiempo.com/cultura/artes-plasticas/el-maestro-fernando-botero-dono-la-serie-viacrucis-a-medellin_11515161-4

  12. carlos jimenez. 2012/04/09 at 1:55 pm

    A juzgar por el meticuloso análisis critico de la donaciones de Botero estas han sido casi tan nefastas como la ayuda norteamericana, que al país que la recibe, lo hunde.

  13. Esteban García 2012/04/17 at 11:12 pm

    Porqué ese análisis no lo comparan con los museos Dalí y Picasso o con los cientos por no decir miles de museos que existen gracias a la generosidad de los artistas. Acaso Rayo, Villamizar, Negret, Campuzano, y Acuña entre otros no se hicieron también sus museos donando sus obras y sus colecciones? Solamente que las colecciones de Villamizar, Rayo y Negret sumadas no sirven para comprar ni uno solo de los cuadros que tanto le parecen molestar a Lucas Ospina de la donación Botero ni los convirtieorn en artistas importantes y valorizasos. Seguramente don Fernando tenía otras cosas que hacer con su dinero pero decidió hacer eso. Seguramente para hacerlo pensó que lo iba a beneficiar como en su momento lo han hecho cientos de artistas exitosos en el mundo. Los artistas de éxito no son hermanitas de la caridad ni almas puras de sotana; son profesionales que duran toda la vida luchando por posicionar su trabajo y su obra. Lo que aquí en Colombia es impensable para la mediocridad general que vive y gana dinero hablando mal de los otros mientras que no son capaces de dedicarse toda una vida a sacar un proyecto adelante como lo hizo el criticado Botero. Solamente acá se les ocurre creer que vender o posicionarse en el mercado es un delito! Será que Warhol, Picasso, Freud, Hockney no se promocionaron? Si eran unos genios del marketing que hacen parecer a Botero un pobre aficionado. Creer por otra parte que el tema es de oferta y demanda para mejorar el precio es no tener ni idea del mercado del arte, ni de economía. Botero puede tener miles de cuadros suyos todavía guardados en suiza sin que por eso caiga el precio de sus obras. Porque la oferta y la demanda solamente pueden existir con objetos que ESTEN en el mercado o sea en OFERTA. El taller del artista o el garage de su casa no afectan jamás lo que sucede en casas de subastas y en clientes al otro lado del planeta. 

    Por otro lado veo en el comentario del señor Padilla el mismo sesgo de siempre frente a la producción madura de los artistas colombianos. Si los comienzos de Botero fueron tan excelentes como dicen entonces porqué los museos del mundo no están dedicados a hacerles retrospectivas a esas obras y las editoriales a hacer grandes y lujosas publicaciones con tan maravillosa obra? Porque no es verdad que sea la mejor , eso es puro snobismo criollo, como el tabú de la comersalización. La mejor obra de Botero son sus esculturas monumentales donde su  propuesta formal se desarrolla en toda su envergadura, por eso la compran y exhiben ciudades y museos del mundo entero. Compradores que por cierto no saben y no les importa cuantos cuadros haya regalado Botero a pesar de la envidia bogotana. Y de coletilla le sugiero al señor Ospina que revise el porcentaje de variación de la obra de Botero en los setenta y ochenta cuando no tenía museo y fue un crecimiento muy superior proporcionalmente al que ha tenido en la última década para que luego no lo explique en otro sesudo artículo.
     

  14. Halim Badawi 2012/04/18 at 3:37 am

    Señor Esteban García:
     
    Los museos colombianos y europeos que usted pone como ejemplo no son comparables, en ningún aspecto, con el Museo Botero. El Museo Botero es una donación entregada a una institución pública por un artista vivo, con unas cláusulas duras en términos de curaduría, exhibición permanente, crecimiento de colecciones, exposiciones temporales, reproducción, vigilancia y circulación de las obras. Esta institución pública (el Banco de la República) debe velar por la gestión y conservación de la donación con presupuesto público (y la verdad es que lo ha hecho intachablemente, cumpliendo los acuerdos contractuales pactados).
     
    Este principio público, hace que el Museo Botero sea diferente de las instituciones que usted pone como ejemplo: los museos Gómez Campuzano, Rayo, Negret, Ramírez Villamizar, Picasso y Dalí. En otras palabras, el Museo Botero no es una fundación sin ánimo de lucro autogestionada o autofinanciada por el mismo artista (Botero) y/o sus familiares. Intentaré aclarar por qué no son comparables el Museo Botero y los museos que usted menciona:
     
    - El Museo Ricardo Gómez Campuzano surgió como una asociación cultural, financiada con recursos particulares por los herederos de un artista ya fallecido, Ricardo Gómez Campuzano. La casa y sus colecciones fueron entregadas en comodato al Banco de la República en 2000, no en donación. Y las obras pueden cambiarse de posición, prestarse, reproducirse, trasladarse, etcétera. No están en juego los intereses económicos de Gómez Campuzano, ya que falleció en 1981, ni Gómez Campuzano fue el curador de su exposición permanente.
     
    - La Fundación Museo Omar Rayo es una fundación (desde luego, sin ánimo de lucro) fundada en 1975 por dicho artista en el municipio de Roldanillo (Valle del Cauca). A diferencia del Museo Botero, que ha recibido toda la atención y presupuesto público, la Fundación Rayo apenas ha logrado sobrevivir (penosamente) hasta nuestros días. Ha sido robada en varias ocasiones y fue autogestionada por el artista con recursos privados y públicos (municipales y departamentales) hasta su fallecimiento en 2010.
     
    - La Casa Museo Édgar Negret de Popayán surgió en 1981 como una alianza entre la Fundación Arte Contemporáneo y la Alcaldía de Popayán. Negret donó la casa (no exigió la evacuación [en su beneficio] de la casa de la Colección de Arte del Banco de la República) y la colección, e hizo las adaptaciones museográficas. Es un museo que se ha autogestionado con recursos públicos y privados, y su trasegar histórico no ha sido fácil.
     
    - El Museo de Arte Moderno Eduardo Ramírez-Villamizar, ubicado en Pamplona (Norte de Santander), es una entidad sin ánimo de lucro creada en 1990 por diversas entidades públicas y privadas (Gobernación del Departamento, Alcaldía Municipal, Universidad de Pamplona, Sociedad Amigos de Pamplona, Inmuebles Nacionales, Ministerio de Obras Públicas, Cámara de Comercio de Pamplona, Club Rotario de Pamplona y el maestro Eduardo Ramírez Villamizar). La casa y la colección fue donada por el artista, y el museo fue gestionado por Eduardo Ramírez Villamizar hasta su fallecimiento. Actualmente los herederos de Ramírez apoyan el proceso de consolidación de la institución.
     
    **
     
    Por otra parte, no entiendo su ánimo de situar el valor cultural de los artistas en su valor económico. Esto ocurre cuando usted hace afirmaciones como: “[…] las colecciones de Villamizar, Rayo y Negret sumadas no sirven para comprar ni uno solo de los cuadros que tanto le parecen molestar a Lucas Ospina de la donación Botero ni los convirtieorn [sic] en artistas importantes y valorizasos [sic]”. Lo cierto es que las colecciones de los tres museos que usted menciona, nunca han tenido pretensiones universalistas, enciclopédicas o han intentado ofrecer un panorama exhaustivo del arte moderno universal, como sí se ha sugerido para el Museo Botero. Realmente, han sido museos situados en comunidades pequeñas con problemáticas sociales y culturales más específicas (Rayo en Roldanillo, Ramírez en Pamplona y Negret en Popayán), museos que han buscado generar sentido de pertenencia local y trabajo social, museos discretos que a pesar de todo se transforman, que funcionan sin mucho presupuesto (a veces, de forma intermitente), y sin el bombo y el platillo del Museo Botero de Bogotá.
     
    Y a pesar de esto, en su género, son museos que tienen mejores colecciones: los tres tienen mejores obras colombianas y latinoamericanas (el Museo Botero no tiene, salvo Botero, obras colombianas; y sólo tiene cuatro pinturas latinoamericanas); los tres tienen mejores representaciones de los artistas que dan nombre al museo (por ejemplo, Negret está representado en su Museo con obras de todos sus períodos, contrario a lo que ocurre con Botero en su mausoleo); los tres tienen mejores colecciones de obra gráfica; los tres están, de alguna forma, comprometidos con la contemporaneidad; los tres son museos curatorial y museográficamente flexibles, no monumentos a la vanidad personal. Los tres museos tienen menos prejuicios.
     
    Si los museos de Rayo, Ramírez Villamizar y Negret no coadyuvaron contundentemente el proceso de valorización comercial de las obras de los artistas que representan, es porque fueron instituciones permanentemente autogestionadas, construidas y mantenidas con las uñas en torno a un proyecto comunitario; fueron instituciones que nunca recibieron la suficiente atención, financiación y visibilidad por parte del Estado; fueron instituciones que no capitalizaron la trayectoria y legitimidad cultural del Banco de la República. Desde luego, este no ha sido el caso del Museo Botero, que aterrizó en el corazón de Bogotá sobre la base de la principal institución cultural del país.

    **
     
    Creo que Lucas Ospina nunca mencionó que le molestaran las obras internacionales. Por el contrario, más allá de la calidad desigual de algunas piezas, lo que resulta molesto es la vanidad autocuratorial, la saturación de obras del último Botero, la falta de diálogo con la Colección de Arte del Banco de la República (que parece ser la primera víctima del Museo Botero), las estrategias de autolegitimación y marketing empleadas por Botero en la configuración de su museo (este tema ya ha sido ampliamente abordado en esta discusión, y ya es claro que la disminución de obras se hace sobre el stock de obras disponibles para compra inmediata), la falta de independencia en la curaduría de la donación, la ausencia de una legislación que regule las prácticas filantrópicas en el campo cultural, el costo que representa el Museo Botero al erario público. En otras palabras, molesta la soberbia de Botero, tan gorda y monumental como las pinturas y esculturas de su museo.

    **
     
    Pasemos a los otros ejemplos internacionales que usted menciona:
     
    - La colección del Museo Picasso de París, configurada en 1979, fue seleccionada (de forma independiente) por el Estado francés entre las obras que fueron propiedad de los herederos del artista Pablo Picasso (fallecido en 1973), esto, como forma de pagar el impuesto de sucesión luego de la muerte del pintor. Como vemos, Picasso no se benefició de su Museo, se beneficiaron sus herederos en el marco del cumplimiento de una ley, y el Estado francés aseguró los mecanismos para que el Museo fuera independiente (ya no de Picasso, sino de sus herederos). Esto ocurrió a diferencia de la desigual negociación entre Botero y el Estado colombiano para configurar su museo en Bogotá, en donde Botero puso todas las condiciones. El Estado francés tuvo (y sigue teniendo) el suficiente peso político, económico y cultural como para negociar “de tú a tú” con los herederos de Picasso, sin imposiciones soberbias o estrategias comerciales ocultas.
     
    - El Museo Dalí (que usted menciona como ejemplo), creado en 1983, realmente se llama Fundación Gala-Salvador Dalí, una entidad del régimen privado dirigida por un patronato constituido por 21 miembros (12 patronos vitalicios y 9 patronos institucionales nombrados por las administraciones públicas: el Estado español, la Generalitat de Catalunya, el Ayuntamiento de Figueres y el Ayuntamiento de Cadaqués). El Museo, entre 1983 y 1989 (año en que falleció el artista), fue autogestionado por el mismo Salvador Dalí.
     
    Como hemos visto, el Museo Botero es una institución sui generis en el concierto museológico nacional e internacional, y este carácter sui generis es resultado de la inexistencia de reglas de juego claras y favorables entre lo público y lo privado (por ejemplo, una ley de mecenazgo cultural). El Museo Botero no surgió como una fundación sin ánimo de lucro, como corporación o asociación; no surgió producto de un legado testamentario; no surgió como dación en pago de impuestos; ni siquiera surgió como la donación sin condiciones de un artista a un museo (como ha ocurrido con algunas donaciones al MoMA o al Metropolitan Museum, en las que el museo receptor de la donación no se fracciona, desfigura o cambia de nombre para nombrarse como la donación de artista). El Museo Botero surgió como una donación condicionada al Estado colombiano, hecha en vida y producción del artista; en términos prácticos el Museo Botero funciona como una especie de “subsidio-apoyo” permanente del Estado colombiano al trabajo de Botero, una apuesta en términos de legitimación y visibilidad que favorece a un solo individuo (aunque, ingeniosamente, Botero nos haga creer que él es el único que está favoreciendo con su donación al Estado y a la Nación; que él no recibe nada a cambio). Un caso inédito para la museología colombiana y de aparición más o menos reciente en la museología mundial.
     
    Valdría la pena preguntarse si este mismo tipo de “subsidio”, con las mismas condiciones, ocurrió o ha ocurrido con Negret, Villamizar y Rayo. O, yendo más lejos, ¿Con el arte contemporáneo colombiano? ¿Con los artistas de las décadas de 1920, 1930 y 1940? ¿Con los archivos particulares de arte colombiano? En este sentido, nadie está afirmando que venderse o autopromocionarse como artista sea “delito” (como usted afirma), creo que la discusión que hemos sostenido en esferapública en ningún momento se ha movido en el territorio de lo legal/ilegal, más bien se ha movido en el territorio de lo ético, y no sólo de lo ético para Botero, sino de lo ético para el Estado. Se han planteado preguntas que bien vale la pena discutir: ¿Todas las donaciones son filantrópicas? ¿Cómo autopromocionarse sin sacrificar los espacios culturales de la Nación? ¿Cómo conseguir que una donación realmente tenga carácter filatrópico? ¿Cómo usar el poder para incluir, no para excluir? ¿Qué es ético para los museos? ¿Qué tipo de condiciones son (in)apropiadas en las donaciones a museos? No creo que las donaciones culturales deban dotarse, a la manera del fuero militar (y escudándose en el interés general, el patrimonio cultural y la generosidad particular), de un estatuto de inmunidad que las haga ajenas a la discusión pública.

  15. Christian Padilla 2012/04/18 at 12:59 pm

    Esteban:

    Su comentario deja ver que afortunadamente hay Boteros para todos los gustos. Al igual que usted admiro la escultura monumental que Botero, y otras series trabajadas en las ùltimas decadas. Por eso mi comentario no es sesgado, me considero especialista de Botero y en el estudio de su obra temprana he aprendido a apreciar mas su obra tardía. Sin embargo, encuentro en esa consolidaciòn de su lenguaje a un artista joven y de vanguardia, avido de apropiarse de numerosas influencias y posteriormente filtrarlas en un leguanje personal. Botero es uno de los primeros artistas colombianos en romper con el cliché del modelo nacionalista mexicano (hasta cierto punto, por lo menos alejarse de los muralistas) y la trasnochada herencia de Picasso que traía Obregón. Botero estudio el expresionismo abstracto y el Pop y los aplicó a su pintura. No basta sino mirar la producción de los artistas de inicios de los sesenta para ver la fuerte influencia que su pintura causó en las generaciones jovenes que la aprovecharon para una nueva figuración. Hay que conocer esa producción antes de juzgarla Esteban y hay que ponerla en ese contexto. El color y la pincelada de Botero entre los años 1958 y 1963 lo hacen a uno concluir que Botero es, por lo menos uno de los mejores pintores de Latinoamerica (si no el mejor). Me permito la osadía porque tengo un panorama general de estos años. Claro que este comentario es también tan subjetivo como su predilección por las esculturas.

    El hecho de que este Botero no sea tan conocido tiene varias respuestas.

    1. Botero no llevaba en estos años un registro juicioso de sus obras. Ni documentación gráfica ni base de datos de los compradores, por lo cual muchas de sus obras se perdieron. Es el caso particular de la obra ganadora del Salón nacional de 1958 “La Camera degli sposi (Homenaje a Mantegna)”, obra que en la edicion de la revista Mundo sobrelas 100 obras mas importantes del arte colombiano de todos los tiempos catalogaron como la obra mas importante despues de numerosas entrevistas a historiadores, coleccionistas, galeristas y artistas. La famosa Camera degli sposi esta perdida desde ese mismo año. Asi con muchas obras mas. En las colecciones públicas no hay mas de unas 10 obras de este periodo entre el Banco de la República, el Museo de Antioquia y muy especialmente el Museo Nacional. Debe haber otro par en un Museo de Barranquilla y otro en Cali.

    2. La misma falencia de un archivo de imágenes hizo que las pocas obras que él conservara de ese periodo, o las pocas de las cuales tenía conocimiento de su paradero se publicaran en sus primeros catálogos internacionales en los inicios de la década del 70. Mientras tanto las últimas obras que realizaba salían mejor representadas en cuanto a calidad fotográfica, color y  numero de láminas. Actualmente sucede lo mismo. La calidad de sus catálogos cada vez son mejores por efecto de la tecnología, pero siempre es reducido el numero de obras de este periodo. De hecho, casi siempre se publican las mismas obras.
     
    3. Con la consolidación final de su estilo y la “conveniente” desaparición decasi toda su producción anterior, Botero prefirió durante muchos años dejar ese capítulo de su formación en misterio. Su visión hacia ese periodo ha cambiado mucho ultimamente y lo valora mucho mas, pero hace algunos años pensaba que era incongruente con su estilo consolidado. Creo que esa visión la ha cambiado porque al revisar su producción y encontrar interes por parte de investigadores jovenes hacia ese periodo se dio cuenta que quienes admiran su obra no encuentran incongruentes los dos estilos, sino parte de su proceso. Un proceso en el cual se asimilan y tambien se desechan herramientas formales y técnicas. 
    Estas mismas razones han complicado la posibilidad de hacer publicaciones o lujosos libros sobre este periodo. Lo mismo con exposiciones retrospectivas. Sin embargo, tambien me parece que las exposiciones retrospectivas no han podido darse por falta de infraestructura, seguridad (en este blog han valorizado tanto a Botero que debe haber alguien mirando con angustia cualquier cuadrito que haya por ahi pagando mal puesto…) y muy especialmente por el pago de seguros. Aun así, por ahi tuve conocimiento de un museo que si esta contemplando la idea de hacerle una buena retrospectiva pronto.

    En cuanto al libro, este año sale. Ya está listo.

    • Esteban García 2012/04/19 at 4:44 am

      Conocer todos los periodos de la obra de un artista de la envergadura de Botero siempre será interesante y aleccionador sobre el proceso creativo, sostener que esos primeros pasos sean más importantes que su obra de madurez es otra cosa. Si dependía, como parece en sus tres puntos, que el mundo conociera esa obra únicamente por la voluntad de Botero es confirmar que si no es el artista el que se auto promociona, clasifica y vende , nadie lo hará por él. Resulta difícil creer que su obra más “interesante” sea justamente  la que a nadie la ha importado catalogar e investigar hasta ahora que octogenario, rico y famoso se encuentra con una persona como usted para hacerle el libro.
      De todas maneras quedo a la espera de que usted  lo publique para ver si me convenzo de que el resto de su producción anterior era tan innecesaria como se desprende de todas estas diatribas.
       

  16. Esteban García 2012/04/19 at 4:35 am

    Señor Halim Badawi
    Estoy completamente de acuerdo con el problema que plantea la dureza de las clausulas de la donación Botero pero solamente leyendo sus comentarios y los de quienes se oponen a la donación me terminan pareciendo muy justificados porque claramente se ve que si fuera por ustedes  los colombianos no podríamos apreciar de las obras de la donación, pues ya las habrían mandado a la bodega para montar las colecciones de gráfica que tanto alaba o exposiciones más comprometidas con la contemporaneidad que usted menciona. Hay que sugerir incluso a los museos franceses que guarden esos viejos cuadros impresionistas que tienen en tantos museos para que sean más comprometidos con la contemporaneidad.
    Respecto al tema de los museos Picasso y Dalí, le recomiendo que consulte fuentes más especializadas e informadas que Wikipedia ya que la historia es más interesante, menos ética  y menos filantrópica de lo que usted sueña.
    En 1953 Pablo Picasso hace contactos para donar una importante colección a su ciudad natal Malaga para instalar en el recién remodelado Palacio de Bellavista recuperado por el comerciante y erudito Juan Temboury como Museo de Bellas Artes pero el ayuntamiento de la ciudad no lo acepto por razones parecidas a las que ustedes le pelean a Botero, entonces años más tarde en 1960 Picasso le sugirió a su amigo y antiguo secretario Jaime Sabartés para que tramitara un Museo Picasso en Barcelona: Museo que comenzó con la donación de la colección Sabartés que en su mayoría se la había regalado el mismo Picasso, o sea que Picasso más inteligente que Botero y mejor comerciante, no solo logró su museo en vida sino que no le tocó comenzarlo con obras suyas. Sin embargo luego donó 58 cuadros para fortalecer la colección que aunque numerosa constaba en su mayoría de pequeños estudios y dibujos. En su momento también le había hecho prometer a su barbero Eurgenio Arias, que hiciera un museo con las muchas obras que tenía y este le cumplió en los años ochenta con el Museo Picasso de Buitrago. El Museo Picasso de Antibes fue incluso una idea de Picasso anterior al museo de Barcelona pues data de 1957 aunque se convierte en museo oficialmente en 1966 y todas las obras fueron donación de Picasso. A su muerte ya eran más de cinco instituciones las que se habían beneficiado de sus donaciones entre ellas el Museo del Louvre que recibió 31 obras de su colección de importantes autores europeos. En 1977 el estado francés exigió el pago del 20% de la herencia de Picasso en Francia avaluada en cerca de 1200 millones de francos pero además de las obras había dinero, acciones, joyas, y propiedades que eran: un castillo en Boisp-eloup y otro en Montpeyroux. un chalet en Cannes llamado Californi,  el castillo de Vauvenargues en Aix en Provence con la bobadita mil hectáreas de bosques y la casa en la que vivió desde 1961 hasta que murió en Mougins. Todas ubicadas entre los sitios favoritos de los ricos franceses de la época. La familia consiguió en un famoso pleito que el estado aceptara las obras, que igual había hartas, para salvar el resto del patrimonio. Como verá usted, no fue filantropía, no era nada personal solo son negocios.
    El mismo año que Picasso y Sabartés consiguieron su Museo Picasso de Barcelona, su archirrival Dalí, muerto de los celos, del ego y de su megalómanía, que como ve no son inventos de Botero, convenció al alcalde de Figueras que le había pedido una obra donada para el municipio que le aceptara un museo entero. Museo al cual, de la mano de los Ospina y de los Badawi, se opuso toda la ciudad de manera que no es aprobado por el gobierno español hasta 1970.  Pero increíblemente hasta el surgimiento del museo de Bilbao fue el segundo museo más visitado de España.
    Respecto a los museos colombianos y a sus filántropos y desinteresados y humildes creadores vale la pena que piense algunas cosas. Son instituciones sin ánimo de lucro porque si tuvieran ánimo de lucro no podrían recibir apoyos del estado colombiano que es de lo que realmente viven. De ese erario público que tanto les duele que gaste dinero en el Museo Botero pero que sostiene total o parcialmente más de 400 museos a lo largo y ancho de la geografía nacional y cuyo presupuestos sumados entre lo que ponen alcaldías, gobernaciones y ministerio de cultura es una cifra infinitamente mayor a la del museo Botero. Y en Colombia le toca ese ejercicio al estado y no a los ricos “generosos” porque no hay las enormes ventajas tributarias que tiene la filantropía norteamericana o europea. Ni se reciben obras en dación de pago a deudas estatales como en Méjico.
    Y si Villamizar, Negret, y Rayo no estuvieran pensando en su ego, en su megalomanía y en su nombre póstumo cuanod fundaron esas instituciones esos museos que fundaron no tendrían sus nombres ni girarían como lo hace en torno a sus obras. Curiosamente  Botero cuando dono dinero y obras para la sala Pedro Botero del Museo de Antioquia en los setentas no pidió cambiar el nombre de Museo Zea a Museo botero sino a Museo de Antioquia. Pilar Velilla, directora del Museo de Antioquia durante la donación que aquí discutimos ha dicho varias veces que Botero se opuso expresamente a que el museo de Medellín tuviera su nombre tras la donación, razón por la cual los creativos que lo promocionaron le cambiaron el nombre fue a la ciudad y hasta los aviones de Aces llevaron en su lomo el emblema Ciudad Botero. Todavía hay quienes están gestionando museos para Obregón, Grau y otros artistas que como en vida no donaron sus obras, ahora no hay quien las done, ni filántropos que los financien.
    La discusión sobre el valor de una obra como la plantea no merece la pena que se la discuta a quien cree que los fondos de obra internacional donados por Botero de maestros de gran envergadura  son comparables económica, artística o culturalmente a las gráficas y obras menores de los museos que defiende. Pero desafortunadamente es el mundo que seguramente está loco, y no yo, los que los consideran importantes a esos señores y no a los nuestros.
    El mausoleo del señor Botero, como lo llama usted, solo tiene cuatro obras latinoamericanas y ninguna colombiana fuera de Botero, pero no le parece que el resultado de la unión de esa colección con la del Banco de la República hacen un buen complemento? Los fondos de las grandes colecciones en el mundo siempre han tenido diferentes orígenes pero cobran un mayor valor en su conjunto como sucede en Bogotá. Las salas contemporáneas del banco, más sus piezas latinoamericanas y de la historia del arte colombiano logran, en un infernal desorden curatorial hay que decirlo, hacer un paneo sobre nuestro arte que complementa muy bien la donación Botero. Sin desconocer, claro está la problemática de toda gran colección unipersonal y es que hasta  los mismos Picasso o  Goya son terriblemente aburridos después  de que uno les ve dos grandes salas.
    Que necesitamos todavía más y mejores colecciones públicas en Colombia así como un programa serio y profesional de adquisiciones estatales de obra es un hecho innegable, pero reducir al ego de Botero la enorme magnitud de lo conseguido con su donación es desconocer de un plumazo con dos gráficas anodinas de precios o con la altanería de un discursos también cargados de Ego el hecho turístico de grandes proporciones en que se ha convertido, el fortalecimiento del imaginario de ciudad que ha logrado y el sentido de pertenencia y orgullo para la gente del común y para los ciudadanos de a pie como yo que agradecemos  a las directivas del Banco y a Botero que donando y manteniendo esas salas sean más generosos que la gente como ustedes que me niego a creer que en este país sean la mayoría.
     

  17. Halim Badawi 2012/04/19 at 2:11 pm

     
    Esteban:
     
    Creo que usted asume varias cosas que no he dicho, debería bajarle al tono (patriotero) y subirle a la comprensión de lectura. Intentaré ser breve para no convertir esta discusión en un torbellino interminable:
     
    I.
     
    Nunca he dicho que donación = filantropía. No es necesario que me cuente toda la historia de Picasso y Dalí, de sus odios, egos y envidias, para que yo lo crea. Hay diferentes tipos de donaciones y cada una tiene sus motivaciones, y eso ha sido claro en esta discusión. Debería ponerse al tanto y leer todos los comentarios.
     
    Es obvio que no todas las donaciones tienen carácter estrictamente filantrópico, aunque precisamente es Botero quien ha repetido (en cada entrevista) que sus donaciones han sido sólo por “amor”. Por eso afirmo que una de las preguntas (ojo: preguntas, no respuestas) que nos queda de esta discusión es si, efectivamente, tal y como Botero le ha hecho creer al grueso de la población colombiana: ¿Todas las donaciones son filantrópicas? Así mismo, propongo que esta discusión nos invite a pensar si las donaciones deben efectivamente serlo y en qué consiste la filantropía en nuestro contexto y nuestra época.
     
    II.
     
    Nunca he dicho que los artistas colombianos que también constituyeron museos (Negret, Villamizar, Rayo, etc.) hayan tenido motivaciones estrictamente filantrópicas, estoy seguro que tuvieron otras intenciones más allá del cristiano-boteriano amor al prójimo. Lo que sí digo es que han sido colecciones que (por efecto no sólo del peso político de los artistas-donantes sino de sus propias estrategias de mercadeo y visibilidad) han recibido menor atención del Estado, han sido museos más pequeños, con un trasegar más intermitente, con intereses más locales y específicos que el Museo Botero. No me interesa poner estos museos como modelo moral de la museología universal.
     
    III.
     
    No creo que sea “mejor” una colección universal como la del Museo Botero que una colección de grabado como la del Museo Rayo. Creo que cada colección, en su género, tiene características que permiten inferir si está mejor o peor lograda. Comparar colecciones privadas no por la grandeza universalista de los artistas que representa o por la “gorda” chequera del coleccionista, sino compararlas en su género (es decir, por su coherencia interna, especificidad y visión de conjunto), me aleja de ser acontextual. Por ejemplo, este modo de comparar me permite no caer en afirmaciones torpes, comunes en nuestro medio, como esos que afirman que la colección del MoMA es mejor que la del Museo del Oro. Yo creo que el MoMA es fuerte en arte moderno y el Museo del Oro en orfebrería prehispánica, cada colección es específica y coherente en lo suyo. Así mismo, podemos afirmar que la colección del Museo Botero es grande en pintura internacional y el Museo Rayo es grande en grabado latinoamericano; o el Museo Botero es pobre en mostrar la evolución plástica de Botero y el Museo Negret es rico en mostrar la evolución del escultor payanés. Siempre he creído que el valor cultural de una colección, es autónomo del capital cultural (y del valor de mercado) de los artistas que representa. Esto parece disgustar al coleccionismo más conservador, ese que fluctúa con las modas y las subastas.
     
    IV.
     
    Si lee mi primer y segundo comentario, dejo claro que, a pesar de las circunstancias que envolvieron la donación, el Museo Botero es patrimonio de los colombianos. No soy iconoclasta o destructor de museos a la manera “futurista”. No me interesa buscar fórmulas para guardar el Museo Botero en la reserva del Banco, para quemar las obras en la puerta o devolver la colección a Botero. Precisamente se trata de mejorarlo, de hacerlo convivir con la excluida Colección de Arte del Banco de la República; de rearticular la impertinente autocuraduría de Botero; de regular el tema de las donaciones de arte en Colombia; se trata de mostrar que a diferencia de lo que la mayoría de colombianos creen, la donación Botero no fue un acto estrictamente filantrópico, sino un acto que se enmarca en relaciones de poder, en un problema de sobreoferta, legitimidad y visibilidad del artista. No podemos clausurar la discusión para no molestar o herir la generosidad del maestro, o la susceptibilidad de boteristas como usted; ni me voy a creer el cuento de que quienes intentamos ejercer un análisis crítico sobre las dinámicas del coleccionismo y el mecenazgo, somos mezquinos, malas personas o apátridas (como usted tácitamente parece sugerir).
     
    V.
     
    No entiendo su afán de comparar los museos franceses con los museos colombianos. Francia tiene una infraestructura museológica que ha crecido orgánicamente, con mucha atención de los intelectuales y el Estado, y con grandes inversiones durante los últimos doscientos años. No es necesario mandar las obras impresionistas del Musee d’Orsay a la reserva para que aumente el compromiso de dicho museo con la contemporaneidad. En París ya hay museos especializados en arte contemporáneo, museos monográficos dedicados a artistas… museos públicos y privados de todo tipo.
     
    No es el caso de Colombia, en donde el poco presupuesto público dedicado a museos apenas alcanza para los servicios y la nómina (es falsa su afirmación de que prácticamente los 400 museos locales reciben fondos públicos para subsistir). En Colombia, a diferencia de México o España, no hay presupuesto público para adquisiciones de arte, todas las ampliaciones de museos públicos o privados están paralizadas (ver los casos del Museo Nacional de Colombia, del Museo de Arte Moderno de Bogotá, del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, de la Biblioteca Nacional de Colombia, etc.), no todos los museos tienen programas educativos o planes estratégicos… y se clausuran instituciones como el Museo del Siglo XIX (que usted debe conocer) o el Museo de Artes y Tradiciones Populares. Así mismo, en Colombia no existe la tradición de mecenazgo que sí existe (o existió) en Argentina, Brasil, Venezuela y México. Una excepción local es el Banco de la República, una institución seria, financiada y responsable, sobre la cual aterrizó el Museo Botero (capitalizando la legitimidad y trayectoria institucional del Banco). La relación de los museos colombianos con los recursos públicos, no es tan boyante como usted parece sugerir.
     

    • Esteban García 2012/04/19 at 5:58 pm

      Me gusta cuando se pone categórico como por ejemplo cuando considera falsa mi afirmación de los museos y el capital estatal. En los directorios de los museos de Colombia realizados por el ministerio de Cultura, El Museo Nacional de Colombia y la Red Nacional de Museos en su edición más reciente de 2004, se ve claramente de quien depende cada museo y de los 424 que aparecen en el directorio en funcionamiento su gran mayoría más del 90% dependen directamente de los entes regionales, Casas de Cultura, Alcaldías, gobernaciones, universidades estatales, ministerios, institutos descentralizados y demás instituciones del estado. En Bogotá la ciudad con mayor número de museos (57) es también la que tiene mayor cantidad de museos en manos de particulares (13) como congregaciones religiosas o universidades privadas que de todas maneras participan del programa de concertación del Ministerio de Cultura. Si eso es en Bogotá que se espera de un museo de provincia como los de Honda, Turmequé, Silvia , Puracé o demás quienes dependen exclusivamente del estado. Ante la red Nacional de Museos y ante el ICOM ni uno sólo de los museos de Colombia se declara autosostenible.  Supuestamente a excepción de Maloka, y  si  la directora de Maloka lo dice a la prensa permanentemente es porque cuenta con el apoyo decidido de Ecopetrol… que también es dinero estatal en una buena parte. 
      Cómo cree que leo mal porque no estoy de acuerdo son sus opiniones pues le recomiendo que vuelva a leer el texto a ver dónde digo que la situación de los museos colombianos es boyante. Afirmo y se lo puedo comprobar en cifras que el gasto del Museo Botero es sólo una pequeña parte de lo que le toca gastar al estado colombiano en la supervivencia de los museos  que ayuda a mantener de acuerdo a como lo obliga el articulo 49 y siguientes de la ley 397 del 97 (ley general de cultura). Para ponerle un ejemplo que cita Ospina  sólo en celaduría no es ni el 5% del total de celadurías de museos que paga el ministerio de cultura directamente. Dicho ministerio, una sola de las instituciones que menciono que mantienen los museos colombianos, gastó el año pasado más de 10.000 millones en el mantenimiento, restauración  y adecuación de los museos a su cargo y giró otra cifra mayor para los convenios con corporaciones de museos para promoción y desarrollo de la cultura. Los datos los puede consultar porque son públicos.
      Pero en fin le dejo ahí la discusión con la esperanza que sirva para que mejoren ese y los otros 425 museos y con la tranquilidad de saber que por fortuna, por ahora, el futuro del museo Botero no está en sus manos ni en las de Lucas. Que tenga buen día.

  18. Antonio José Díez 2012/04/19 at 5:22 pm

    Valorar desde el arte es lo que más me importa [cuando menos espero eso de este espacio], es desde allí donde debe ser aquilatada su obra. Así es realmente menos intocable; ésta, que por demás es una condición que todo artista vivo o muerto está obligado a soportar por ética y estética, debiera ser el centro de discusión, porque es en los supuestos de su valor estético donde haya justificación su apreciación económica.

    Si se sigue mirando el asunto de la donación Botero desde una visión preponderantemente económica, habrá que esperar acaso unas décadas para que el común de las gentes entiendan qué significa el artista como artista.

    Quienes desean ver el “arte” de negociar, como arte de verdad, acaso puedan abrir una discusión puntual donde seguramente los inversionistas del ramo dejarán sobre la arena su compromiso con el dinero, sin que nadie se moleste. 

    Quienes escriben otros libros más de Historia sobre Botero, es bueno que profundicen sobre ese aspecto que nadie desea hacer: esa relación entre la obra exitosa que enriqueció a Fernando Botero, con el crecimiento del narcotráfico salido de Colombia, aliado con los carteles mejicanos, estadounidenses, europeos, etc.
    Sin una visión de este fenómeno, entender el fenómeno comercial de Botero es imposible.

    Yo solo intuyo estas cosas a partir de los rumores de los pueblos y ciudades del país; pero un historiador que tiene alguna afinidad con un científico, debe estar mejor sustentado que un aficionado al tema. 

  19. antonio josé díez 2012/05/12 at 4:31 pm

    Acerca de las donaciones que -supuestamente-, hacen del maestro Botero un artista generoso.

  20. antonio josé díez 2012/05/19 at 7:31 am

    A quienes piensan que cuestionar la generosidad de Fernando Botero es expresión de envidia, espero les ayude a entender esta nota relacionada con el tema.

     

  21. antonio josé díez 2012/05/19 at 8:13 am

    A quienes piensan que cuestionar la generosidad de Fernando Botero es expresión de envidia, espero les ayude a entender esta nota relacionada con el tema. La nota es del día 12 de éste mes [fresca aún].

    Del mismo modo, entender que no es un asunto aislado y exclusivo del paisa, mas no por ello hay que seguir empecinados en confundir las cosas; en últimas, hacerlo a ultranza, es ignorar la auténtica filantropía, aunque ella no sea de apariencia espectacular se diferencia.

     http://www.elespectador.com/impreso/cultura/articulo-345038-filantropos-o-evasores