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Víbora

Pin distribuido por representantes de la firma Colombia es pasión entre funcionarios de algunas entidades del estado colombiano durante la realización de eventos recreativos que quitaban tiempo para trabajar y hacer país, antes del presente régimen democrático.

Sí, si, algunos pensarán que se trata de algún relato autobiográfico postvacacional, pero no. Hoy no será. Uno de los trasantepenúltimos huevos de víbora que faltaba por eliminar del gobierno anterior era ese adefesio de casi 18. 000 millones de pesos llamado “Colombia es pasión”.

Para explicarnos cómo funcionaba, el publicista Carlos Duque comentaba que “más que una estrategia de mercadeo (los promotores de esa marca) se centraron en una estrategia publicitaria”, lo cual no implicó necesariamente una modificación en la percepción de un territorio, sino simplemente el cumplimiento de un contrato donde un país pagó por ser ofrecido como un producto.

Para entender mejor la cuestión, Duque recurrió al siempre disponible recurso de la historia del arte, citando a “un experto”: “la marca sencillamente es la firma (…) si hablamos, por ejemplo, de un pintor, Picasso. Entonces, la obra son sus cuadros, muy reconocidos y demás. Y la firma, la marca, es la firma de él, “Picasso”, que todos reconocen… Nosotros necesitamos primero definir qué clase de país queremos ser para el mundo y, una vez definido eso estratégicamente (entonces, definir) qué marca debemos promover.”

Y finalmente, ante la pregunta de si valía la pena seguir con el negocio, el publicista sentenciaba la inutilidad del esfuerzo –un esfuerzo de más de 18 millones de dólares, no lo olvidemos-:

“… a mí me parece una bobada lo de Colombia es Pasión… realmente eso no lleva a ningún lado. Es una frase, pero una frase que no nos está diciendo nada, excepto a nosotros mismos, donde decimos que somos maravillosos, que somos apasionados pero que no significa nada para los inversionistas, para los turistas, para quienes quieren ver en Colombia un país de oportunidades”.

 

Entonces, si seguimos al señor Duque, en el caso de nuestro hermoso territorio quizá la cosa se haya concentrado demasiado en tratar de incrementar los indicadores de calidad –como cifras-, aunque desatendiendo un poquitito la calidad real del producto ofrecido. Así, si el turista o el exiliado urbano colombiano quisieran, por ejemplo, recorrer un país donde pareciera que no hay amenaza guerrillera –eso, si se hacen los pendejos ante la violencia ejercida desde otros sectores-, pues ahorran y lo hacen. Y si se les ocurre hacerlo por tierra, probablemente esperarían encontrarse con unas carreteras que les permitan un desplazamiento mínimamente decente. Esperan calidad, no un slogan para convencerse de que, de pronto, hay carreteras podridas porque, de pronto, la ejecución de recursos no se hizo, de pronto, correctamente… pero el país anda de lo mejor.

Ahora bien, ignoro si el Carlos Duque de la entrevista fue el mismo que rediseñó el escudo colombiano bajo contratación del mismo gobierno que pagó el descalabro de Colombia es Pasión. Pero creo que al tratar de analizar quiénes se beneficiaron por la existencia de ese despropósito deberíamos observar que además de los publicistas que recibieron tan generoso presupuesto (y de las personas de PROEXPORT que trabajaron en tan loable tarea y de los diseñadores de HACEB que se descerebraron pensando cómo pintar una serie de neveras que salían carísimas), hubo incontables investigadores provenientes de las ciencias humanas o del arte contemporáneo que supieron tomar esa pifia como un elemento más dentro de su repertorio. Y es que la oportunidad no estaba mejor servida: un país cayéndose a pedazos (antes, ahora no), unos peligrosos niveles de polarización (antes, ahora no), un caudillo y unos (antes, ahora no) impolutos asesores a su alrededor, acusaciones –muchas- sobre la actuación moral del caudillo, y una campaña publicitaria que nos decía que éste era el país de la hadas. ¿La reacción? Incluir la hecatombe dentro de procesos de análisis y repertorios de obras de arte.

Como siempre, en el caso de las tesis de pregrado, postgrado o doctorados, la cuestión recaerá en quienes lean esos productos y decidan apoyar o minusvalorar las hipótesis destacadas.

Como siempre, en el caso de las artes, el problema estará en detectar y examinar la instrumentalización que reciban –sufran- las piezas elaboradas con base en el discurso de impugnación o burla contra la marquita cara. Desde su inclusión en curadurías elaboradas por parte de curadores oportunistas –que las ponen (pongamos) dentro de investigaciones curatoriales que adelantan (adelantemos) para un salón regional de artistas pagado durante la etapa final del régimen que financió la campaña costosa-, o su adquisición por parte de alguna colección corporativa –generalmente extrajera-, o su compra por parte de algún coleccionista opositor del presidencialismo colombiano anterior –generalmente expresidente, profesor universitario o periodista.

Además, hay que decir que en estos casos la fortuna crítica de etas obras estará sometida a la conclusión del período político que examinan. Cuando éste acabe, las obras fácilmente podrán perder vigencia. Sin embargo, como producto de una cultura material, es posible que no sólo “existan” mientras el dictador referido permanezca en el poder (y en ese caso lo mejor sería que el dictador mismo las comprara, pero los dictadores no son tan cínicos), sino que estará disponible para entrar en otros relatos. Como el de la historia del arte, donde podrá ilustrar el tipo de construcciones mentales de una época (modos de representación de líderes políticos odiados, tipos de burla, retóricas de desaprobación). Desde esta perspectiva, el debate puede concentrarse en establecer si hay o no oportunismo al hacer una obra con base en la problemática social de algún período (la pornomiseria siempre latente), las modificaciones que una obra reciba en épocas distintas (un trabajo que antes era de oposición que luego se convierte en estandarte) y el manejo mismo que sus promotores (autores y defensores) reciban durante períodos políticos diferentes (antes perseguidos, luego reconocidos).

No hallo la manera de que pasen los años para hacer una retrospectiva sobre arte político colombiano de 2000 a 2020, donde pondré a prueba tantas suposiciones. Que vaina, comencé diciendo que no me iba a dedicar al relato autobiográfico postvacacional, pero no. Hoy si fue.

 

–Guillermo Vanegas