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Crítica y experiencia

Para acceder al texto original (en español) > http://fabricaciones.org/textos/textos.html

 

A modo de Introducción

Este texto es un ensayo y como tal es también un ejercicio de especulación. Especular aquí significa tomar la siguiente pregunta seriamente: ¿por qué una revista de arte sólo publica fotografías en blanco y negro? En la pregunta está implícita la posibilidad de interpretar críticamente una decisión de diseño; este ensayo puede hablar acerca de diseño gráfico, pero de manera indirecta. Lo que realmente está en juego en este caso es aquello que concierne a la relación entre el arte y la escritura-una relación que pide ser vista en un sentido amplio-. Es en este sentido en el que debemos considerar las formas, los medios y los canales por los cuales  circula la escritura sobre arte. Esta es la razón por la cual  debemos tomar esta pregunta seriamente.

No es frecuente que la escritura sobre arte se vea envuelta en un debate sobre sus propias formas y  medios de comunicación, como siempre ha sido común con la labor de hacer arte. Y aunque no me refiero a las implicaciones políticas de la ausencia de este tipo de debate, creo que es algo que merece una consideración adicional. La escritura sobre arte, especialmente en el contexto de las últimas décadas, con su determinación de borrar todo vestigio de belle lettrisme, ha renunciado a su condición experimental que resuena con palabra en español Ensayo (que significa “ensayo”, pero también “tentativa”). En cualquier caso, este ensayo, o intento, tiene como objetivo sugerir que hay más de una relación entre el arte y la escritura, además de la que simplemente implica la conjunción “y”. En otras palabras, una relación que sobrepasa la disciplina y su objeto de estudio.

Se puede decir que hay escritura acerca del arte, por encima del arte, a través del arte, después del arte, contra el arte, a lo largo del arte, junto al arte, en medio del arte, entre el arte, en torno al arte, como arte, sobre el arte, a pesar del arte, antes que el arte, detrás del arte, por debajo del arte, al lado del arte, además del arte, más allá del arte, por el arte, por encima del arte, con excepción del arte, excluyendo el arte, a raíz del arte, para el arte, en el arte, incluyendo el arte, en el interior del arte, en arte, con la sustracción del arte, cercana al arte, junto al arte, a pesar del arte, del arte, de arte, el arte, en arte, frente al arte, fuera del arte, con el ritmo del arte, más allá del tiempo y del espacio del arte, por el arte, en la capacidad del arte, en cuanto el arte, ya que el arte, al arte, hacia el arte, bajo el arte, por debajo del arte, a diferencia del arte, hasta el arte, contra el arte, vía el arte, con arte, con el arte y sin el arte (y viceversa). Asumo que el acto de la escritura le permite a uno entender cosas que sólo pueden ser entendidas cuando son escritas, así como hay cosas que sólo pueden ser entendidas en la presencia del arte. La relación entre la escritura sobre arte y la experiencia del  arte no excluye a ninguna de las dos; tampoco la una puede ser completamente absorbida por la otra; las dos se contaminan entre sí.

I.

October

Es una revista sobre teoría del arte, crítica e historia que tiene una política editorial bastante curiosa: todas las imágenes que publica -que no son muchas-  aparecen en blanco y negro. Ya que esta revista ha tenido una influencia decisiva sobre el ecosistema del arte contemporáneo en los últimos veinte años, preguntarse por qué han tomado tal decisión no es una pregunta descabellada. La editorial de su primer número se refiere al asunto:

October será plana de aspecto, sus ilustraciones determinadas por consideraciones de claridad textual. Estas decisiones obedecen  a una elección fundamental, la primacía del texto y la libertad de discurso del escritor. La larga experiencia de trabajo con las principales revistas sobre arte nos ha convencido de la necesidad de devolverle a la crítica de la pintura y la escultura, como a la de otras artes, una autonomía intelectual que había sido gravemente debilitada por el énfasis en la revisión extensa  y la ilustración lujosa. October desea dirigirse a aquellos lectores que, como muchos escritores y artistas, sienten que el formato actual de las principales críticas de arte es una suerte de periodismo pictórico que desvía y compromete los esfuerzos críticos. La ilustración limitada y discreta contribuirá al objetivo central de los textos de October: la ubicación de las coordenadas cuyos ejes diagraman la práctica artística contemporánea y el discurso crítico significativo.1

Más allá de este párrafo, no se ha escrito mucho sobre el tema. Esto no debería ser una sorpresa, parece haber poco interés en las decisiones que aparentemente son formales y que, por lo tanto, carecen de importancia. Después de todo, el simple -e incluso aburrido- diseño de esta revista obedece a la clara intención de dirigir la atención del lector exclusivamente a su contenido.

Pero ¿por qué se debe evitar hablar sobre estas cuestiones formales? ¿No deberían esas decisiones, aunque sean meramente formales -o precisamente por ser meramente formales- ser consistentes con una posición respecto a la relación entre texto e imagen? ¿Posiciones que, en lugar de ser articuladas en la escritura, se materializan en el diseño de una revista sobre arte? Y, al pensar en una revista de arte, ¿no se debe considerar su forma?

En primer lugar debo decir que hay más probabilidades de que no haya razones técnicas o económicas detrás de la decisión editorial de publicar reproducciones de obras de arte en blanco y negro. Tales razones pueden ser descartadas si tenemos en cuenta que esta revista, publicada por MIT Press, cuenta con una larga lista de prominentes benefactores, generalmente la misma que a menudo se encuentra en los museos. Este método de financiación, de hecho, tiene una consecuencia importante: permite que la revista mantenga su independencia editorial; de esta manera logra liberarse de los anuncios full color que afectan a otros diarios y revistas. Sin embargo, permítanme subrayar que esta consecuencia no sólo puede ser vista como un efecto colateral de su esquema de financiamiento: si el diseño, por más discreto que sea, está dirigido a enfatizar el contenido de la revista, entonces es la financiación la que lo hace posible, en primer lugar, precisamente porque permite  evitar las presiones editoriales innecesarias que usualmente requiere un diseño que use fotografías en color.

Si la razón no es económica, se podría alegar que se trata de una cuestión de gusto. Un gusto más bien conservador o nostálgico. Tal vez es una manera esnob para diferenciarse de otros diarios y revistas. Como si el negro y el blanco fueran el símbolo indiscutible de seriedad. Pero si ese fuera el caso, sus criterios editoriales serían arbitrarios y frívolos. Y si sus fundadores hicieron un gran esfuerzo para diseñar un plan de financiación que garantizara tanto la independencia editorial como la publicitaria, sería absurdo que el diseño de la revista se determine por el gusto. El diseño de la revista debe surgir del aparato crítico que le da forma. Hay que reconocer que la escritura crítica no carece de aspectos formales.

La decisión de publicar sólo fotografías en blanco y negro tenía que ser el fruto de una idea sobre la relación entre texto e imagen en la escritura crítica. Es como si los editores estuvieran diciendo: “Nuestra posición es tal y tal, por lo tanto la revista tiene este formato, estos textos y estas fotografías. Es por eso que toma esta forma”.  Entendida de esta manera, una política editorial se vuelve abierta a la apreciación estética. Por un tiempo, este pequeño giro se convirtió en una obsesión para mí: tenía que entender la lógica detrás de esa forma, la lógica en la decisión de publicar sólo fotografías en blanco y negro-una lógica que tendría que sustraer de la revista misma-.

Rodchenko

En la primavera de 2000 en un artículo sobre Nikolái Tarabukin, la revista reprodujo tres pinturas monocromas de Alexander Rodchenko: Pure red colorPure yellow color y Pure blue color.2 Estas tres pinturas reproducidas en blanco y negro resultaron ser tres rectángulos que mostraban diferentes tonos de gris. Mientras los miraba, me pregunté si tenía sentido reproducirlos. Incluso consideré la posibilidad de que las reproducciones no fueran las imágenes de las pinturas reales, que quizás habían sido “interpretadas” por el proceso fotomecánico de la revista y que lo único que las identificaba como pinturas de Rodchenko era los títulos. Intuí que este caso extremo podría ofrecer una razón para las reproducciones en blanco y negro -hipotético, por supuesto, por ser el fruto de mis especulaciones, sin embargo, es una razón -.

Paréntesis

En retrospectiva, resulta significativo que se trataba de un artículo sobre la vanguardia soviética, que arroja algo de luz sobre el tema. No sólo porque la revista se llama October, sino también porque ha publicado unos cuantos artículos sobre el tema de la vanguardia soviética y su relación con el diseño. Después de todo, fueron los mismos constructivistas los que buscaron una mayor correspondencia entre formas materiales y los procesos que dan lugar a esas formas.

La abuela de Proust

En verdad, lo que vino a mi mente en ese momento no fue la vanguardia soviética, sino, más bien, una escena de En busca del tiempo perdido. Es un párrafo al principio de la primera parte del primer volumen. El narrador, todavía un niño, ha logrado convencer a Françoise, la criada, de enviarle una nota a su madre solicitando su presencia (de manera fraudulenta). Este capricho irrita a su madre. Sin embargo, ella está de acuerdo con darle un beso de buenas noches y con leerle un libro de George Sand que su abuela le había dado en su cumpleaños. Él va a describir lo que llama “el arte de la abuela de hacer regalos”:
En realidad, no se resignaba nunca a comprar nada de lo que no se pudiera sacar un provecho intelectual, sobre todo ese que nos procuran las cosas bonitas al enseñarnos a ir a buscar nuestros placeres en otra cosa que en las satisfacciones del bienestar y la vanidad. Hasta cuando tenía que hacer un regalo de los llamados útiles, un sillón, unos cubiertos, o un bastón, los buscaba en las tiendas de objetos antiguos, como si, habiendo perdido su carácter de utilidad con el prolongado desuso, parecieran ya más aptos para contarnos cosas de la vida de antaño que para servir a nuestras necesidades de la vida actual. Le hubiera gustado que yo tuviera en mi cuarto fotografías de los monumentos y paisajes más hermosos. Pero en el momento de ir a comprarlas, y aunque lo representado en la fotografía tuviera algún valor estético, le parecía enseguida que la vulgaridad y la utilidad tenían intervención excesiva en el modo mecánico de la representación: en la fotografía. Y trataba de ingeniárselas para disminuir, ya que no eliminar totalmente, la trivialidad comercial, de sustituirla por alguna cosa artística más para superponer varias capas o «espesores» de arte; en vez de fotografías de la catedral de Chartres, de las fuentes monumentales de Saint-Cloud o del Vesubio, pregun­taba a Swann si no había un artista que hubiera pintado eso, y prefería regalarme fotografías de la catedral de Chartres, de Corot; de las fuentes de Saint Cloud, de Hubert Robert, y del Vesubio, de Turner, con lo cual alcanzaba un grado más de arte. Pero aunque el fotógrafo quedase así eliminado de la representación de la obra maestra o de la belleza natural, sin embargo, el fotógrafo volvía a recuperar los derechos al reproducir aquella interpretación del artista. Llegada así al término fatal de la vulgaridad, aún trataba mi abuela de defenderse. Y preguntaba a Swann si la obra no había sido reproducida en grabado, prefiriendo, siempre que fuera posible, los grabados antiguos y que tienen interés más allá del grabado mismo, como, por ejemplo, los que representan una obra célebre en un estado en el que hoy ya no la podemos contemplar (como el grabado hecho por Morgen de la Cena de Leonardo, antes de su deterioro). No hay que ocultar que los resultado de esta manera de entender el arte del regalo no siempre fueron muy brillantes. La idea que yo me formé de Venecia en un dibujo de Ticiano, que dice tener por fondo la laguna, era mucho menos exacta de la que me hubiera formado con simples fotografías. En casa ya habíamos perdido la cuenta, cuando mi tía quería formular una requisitoria contra mi abuela, de los sillones regalados por ella a recién casados o a matrimonios viejos que a la primera tentativa de utilización se habían venido a tierra agobiados por el peso de uno de los destinatarios. Pero mi abuela hubiera creído mezquino el ocuparse de la solidez de una madera en la que aún podía distinguirse una florecilla, una sonrisa y a veces un hermoso pensamiento de tiempos pasados. Hasta aquello que en esos muebles respondía a una necesidad, como lo hacía de un modo que ya no estamos acostum­brados, la encantaba, lo mismo que esos viejos modos de decir en los que discernimos una metáfora borrada en el lenguaje moderno por el roce de la costumbre. Y precisamente las novelas campestres de Jorge Sand que me regalaba el día de mi santo abundaban, como un mobiliario antiguo, en expresiones caídas en desuso, y convertidas en imágenes, de esas que ya no se encuentran más que en el campo. Y mi abuela las había preferido lo mismo que hubiera alquilado con más gusto una hacienda que tuviera un palomar gótico o cualquier cosa de esas viejas que ejercen en nuestro ánimo una buena influencia, inspirándole la nostalgia de impo­sibles viajes por los dominios del tiempo. 3
La abuela quiso hacer evidente que había un tiempo y una distancia entre ese objeto y su nieto. Fotografía, que sin duda sintió, le podía dar la ilusión perniciosa de la inmediatez; la ilusión de que nada se interpone entre la imagen y la cosa. La preocupación de la abuela es de hecho mi hipótesis. Las fotografías se reproducen en blanco y negro con el fin de recordarle al lector que hay una distancia entre él y el trabajo que se reproduce -una distancia que se sabe que está ahí, pero que en ocasiones es enmascarada cuando se usan reproducciones-.

Paréntesis

Retrospectivamente también pienso en una obra de John Baldessari: The best way to do art. La obra reproduce una fotografía de un avión Boeing 747. La leyenda en la foto dice:

Un joven artista en la escuela de arte solía rendirle culto a las pinturas de Cézanne. Miró y estudió todos los libros que pudo encontrar sobre Cézanne y copió todas las reproducciones de obras que encontró en los libros. Visitó un museo y, por primera vez, vio una verdadera pintura de Cézanne. La odió. No tenía nada que ver con el Cézanne que había estudiado en los libros. De ahí en adelante, hizo todos sus cuadros de acuerdo a los tamaños de los cuadros reproducidos en los libros y las pintó de blanco y negro. También imprimió títulos y explicaciones sobre las pinturas, como en los libros. A menudo sólo usa palabras. Y un día se dio cuenta de que muy pocas personas iban a galerías de arte y  a museos, pero mucha gente miraba los libros y revistas, como él mismo lo hacía, y también las obtenían a través de correo, como él. Moraleja: Es difícil poner una pintura en una caja de correos.4

La distancia que la abuela trató de hacer evidente entre el objeto (la catedral de Chartres, por ejemplo) y su nieto es la misma distancia que separa al joven artista de Baldessari de las pinturas de Cézanne. Pero eso no es todo: hay una distancia entre los dos ejemplos, una distancia que se revela en las relaciones cambiantes con las fotografías entre el niño de finales del siglo XIX y el joven estudiante de arte de Baldessari.

Es precisamente en esta interacción entre diferentes distancias en donde encuentro un  razonamiento sólido para la política de imagen de la revista, incluso en las pinturas monocromas de Rodchenko. Con sus reproducciones en blanco y negro, la revista está usando lo que parece ser una limitación técnica, un anacronismo, para mostrar una distancia entre un texto crítico y la obra de arte que retrata. Pero esta distancia no sólo se identifica al revelar una limitación en la escritura, sino que también hace claro que esta distancia siempre será insuperable. Sin embargo, esta distancia insuperable debería ser tomada como punto de partida. Una reproducción en color, exuberante y sin defectos, puede dar la ilusión de que no hay distancia, y que, sostengo, es la razón por la cual los editores de la revista decidieron publicar sólo reproducciones en blanco y negro.

II.

Escribir sobre arte es una lucha con el vacío de la distancia. De las distancias, para ser más precisos: la distancia entre la obra y el texto, la distancia entre el artista y el escritor (un crítico, un historiador del arte, y así sucesivamente), y la distancia entre el texto y el lector. Sin embargo, se puede decir que este vacío se presenta en toda escritura; en el caso del arte éste va en ambos sentidos. Hay un espacio que separa el texto de la obra y hay una distancia que separa al lector del texto. Pero la escritura sobre arte se ve a sí misma como si simplemente fuera una  forma de transmitir la obra, como si la experiencia de la escritura -la lucha con el vacío de la distancia- estuviera subordinada a la experiencia de la obra.

Desde hace algún tiempo, la escritura sobre arte ha servido para preservar la originalidad de la obra de arte -en su sentido más literal-, en su proximidad al origen. Si bien sabemos que una obra de arte no tiene un origen inequívoco único, el mito del artista como autor único sigue siendo la piedra angular del aparato institucional del arte. Los museos, los críticos, la historia del arte, incluso las ideas populares sobre el arte (por no hablar del mercado del arte y la industria del arte) están casi siempre orientadas hacia la preservación de la originalidad, del origen mítico. “¿Cuál fue la intención del artista?”, “¿Qué quiso decir?” Estas preguntas se hacen casi sobre cualquier trabajo, como si la experiencia del artista fuera el único el horizonte disponible para su interpretación. Insisto en la palabra “sólo”, como la principal demanda de cualquier discurso sobre el arte para enfrentarse a estos interrogantes. La escritura sobre arte, entonces, parece tener una función clara: salvar la distancia que separa el trabajo del lector. Esa es la benevolente –humanista- concepción de la escritura sobre arte: acercar el espectador a la obra. Pero si esa distancia es en última instancia, insuperable, esta tarea no puede cumplirse. Entonces la escritura sobre arte está condenada a ser una tarea estéril e inútil.

Esta perspectiva se basa en la idea de que la escritura sobre arte es puramente mimética: si el horizonte de interpretación es la de preservar cierta originalidad mítica de la obra, es decir, la intención del artista, entonces el texto debe decir lo que el artista hizo. Las palabras deben imitar el trabajo, convirtiéndose en una traducción. Como un espejo, las palabras deberían reflejar lo que el artista quiso decir, su verdadera intención, y cuánto más cerca esté el texto de esa intención, más verdadero es, mejor es el espejo. Entendido de esta manera, un texto crítico simplemente negocia con los contornos de lo que el artista estaba tratando de decir, como si la escritura fuera un pobre sustituto de la experiencia del arte. Y en el proceso, este texto, este autor, renuncia a la experiencia de la escritura. En este punto podría ser útil recordar la pieza de Baldessari. El joven artista copió no sólo las reproducciones en blanco y negro de las pinturas de Cézanne, sino también los subtítulos y el texto que las acompañaba.

La marcada separación entre el acto de escribir y el acto de leer es en parte responsabilidad de la escritura sobre arte por ser una forma de imitación; alguien que lee un artículo o un ensayo sobre una obra de arte está doblemente aislado de la obra. El texto sería la sombra de una sombra. Esto está implícito en la forma de entender la crítica de arte y también explica por qué la crítica es a menudo descrita como una figura pasiva, carente de experiencia, un artista frustrado, débil y demacrado, condenado a vivir en un mundo de sombras. Como Baudelaire escribió:

Habéis visto un Gavarni que representa a un pintor encorvado sobre su tela; detrás de él un señor, grave, seco, estirado y de corbata tiene en la mano su último folletín. “Si el arte es noble, la crítica es santa”. —“¿Quién dice eso?”— “¡La crítica!” si el artista representa tan fácilmente el mejor papel es porque el crítico sin duda es un crítico como tantos. En materia de medios y procedimientos tomados de las obras mismas, el público y el artista no tienen nada que aprender. Esas cosas se aprenden en el taller y el público no se preocupa más que del resultado.5

El artista juega de hecho el mejor papel, como correctamente afirma Baudelaire, porque la crítica se ha dejado atrapar en “las formas y medios procedentes de las obras mismas”. En otras palabras, su escritura sólo trata de imitar, ser mimética. El crítico que describe Baudelaire no toma ventaja de su propia experiencia, incluso como escritor, olvidando incluso lo que su propio acto de escribir podría poner en consideración. Lo qué hay debajo de éste es el mito -que es mucho más vivo- de que la escritura crítica está fundamentalmente desprovista de experiencia, despojada de la experiencia embriagadora de la creación. Cuando Baudelaire anuncia la necesidad de una crítica parcial y entusiasta, lo que en realidad está buscando es un crítico lleno de experiencia.

Un ensayo de Agamben

En un ensayo titulado “La infancia y la historia,” Giorgio Agamben señala dos cosas relevantes. En primer lugar: en la era moderna se ha producido una inversión absoluta del papel de la imaginación y su relación con el acto de conocer. “Para los antiguos  -dice Agamben-  la imaginación, que ahora ha sido eliminada del conocimiento por su carácter ‘irreal ‘, fue el medio supremo de conocimiento” 6.  La imaginación ya no es “la intermediaria entre los sentidos y el intelecto que permite, en la fantasía, la unión entre la forma sensible y el entendimiento posible “7. Y en segundo lugar, el exilio de la imaginación implica también un exilio del deseo. Es decir, el concepto moderno de la ciencia carece de deseo e imaginación. Como Agamben escribe: “En efecto, el fantasma, que es la verdadera fuente del deseo  est ea phantasia, desiderium quae parit totum es también -como mediador entre el hombre y el objeto- la condición para alcanzar el objeto del deseo; en última instancia, la satisfacción del deseo “8.  Este último caso busca alcanzar lo que Duchamp notoriamente quería, a saber,” agarrar cosas con la mente de la forma en que el pene es agarrado por la vagina “; el fantasma aparece a través de la escritura.9

El acto crítico contiene dos formas de experiencia. Una de ellas es evidente y tiene que ver con la experiencia de estar en frente de una obra de arte. La segunda está relacionada con la primera: es la experiencia de la escritura. El acto de la escritura permite un tipo diferente de relación con el trabajo, una que no tiene por qué ser mimética. De hecho, es aquí en donde las exigencias de un lenguaje mimético se vuelven contraproducentes. Esto es precisamente lo que Baudelaire criticó: una forma de escribir carente de imaginación y deseo, en palabras de Agamben. “Los críticos como tantos” son aquellos que no desarrollan una forma de escribir en torno a las obras de arte. En otras palabras, ellos instrumentalizan el lenguaje, un tono neutro informativo es el síntoma más claro. Esa exigencia mimética está anclada a la noción de lo que una disciplina teórica debe ser y es una consecuencia directa del exilio de la imaginación, como dice Agamben.

Un texto crítico puede afectar su objeto de estudio. Es por eso que la crítica de arte, la historia y la teoría debe reconocer su complicada relación con el arte. En un grado aún mayor que el de la investigación científica experimental, estas disciplinas pueden, y a menudo lo hacen, transformar el objeto de su estudio, incluso con sólo mirarlo. Sin embargo, todos los protocolos académicos, institucionales y burocráticos que rodean la escritura sobre arte dicen que este  no es el caso. Y este problema, que parece ser una cuestión puramente teórica, se expresa en los estatutos de la investigación artística dentro de las instituciones académicas, en la separación casi esquizofrénica entre los cursos teóricos y prácticos en arte.

October, otra vez

Para revisar la decisión editorial de la revista de publicar fotografías en blanco y negro: ahora podemos entenderla como una forma de mantener la distancia, una evasión de trucos ilusorios que nos acercan acríticamente al objeto, al igual que una reproducción en color de los tres cuadros de Rodchenko, por ejemplo. Tales trucos podrían concederle a la escritura un papel secundario, haciéndola casi irrelevante. Es una solución provisional al problema de la distancia, como si fuera sólo una cuestión de tiempo, hasta que un día la obra de arte pueda ser transmitida completamente.

III.

¿Y qué si la escritura sobre arte se entiende como un ejercicio? En la cultura occidental la posibilidad de aprender a través del ejercicio se ha ido perdiendo con el tiempo, aunque el ejercicio fue uno de los medios fundamentales de entender algo a lo largo de toda la antigüedad. El arte es, quizás, el último baluarte de ejercicio en la vida contemporánea. Una de las consecuencias importantes de la educación artística en el nivel universitario es que nos obliga a mantener una forma de ejercicio – basado en el aprendizaje- que, en el fondo, es una forma de aprendizaje basada en la experiencia.

Entender el acto de escribir sobre arte como un ejercicio no implica que la escritura deba abandonar el rigor de las normas académicas establecidas. Pero la noción de ejercicio añade otra capa, otro nivel de profundidad que trae consigo una necesaria reflexión sobre los canales a través de los cuales circula la crítica. Esta es la razón por la que  la decisión editorial de la revista, como ya he repetido, es tan importante: el contenido crítico no se articula únicamente a través de sus palabras, su diseño también puede articular una posición crítica y, en este caso particular, es el diseño el que abre la distancia entre el trabajo y el texto.

Un ejemplo (artístico)

Poco antes de volverse artista, Vito Acconci publicó una revista de poesía llamada 0-9 junto con Bernadette Mayer. El título hace referencia a una serie de dibujos de Jasper Johns que se llamaban 0 through 9. En los dibujos, Johns superpuso estos números, uno encima de otro. Un proceso manual. El diario fue impreso en mimeógrafo. Acconci transcribía todas las plantillas y encontró que el simple hecho de sentarse y escribir era placentero, tanto así que comenzó la transcripción de otros textos que le gustaban -textos, diarios y notas de viaje de Flaubert, oscuros poemas del siglo XIX- simplemente por el placer de hacerlo. La transcripción se convirtió en un ejercicio y fue una continuación de la forma con la que empezó a escribir poesía: traduciendo doce versos de Esquilo, los cuales se extendieron para llenar quince páginas. La “traducción” de cada verso que ocupaba casi una página. Lo interesante es que la revista se convirtió en un ejercicio en y sobre sí mismo y el ejercicio se convirtió en un vehículo que vuelve a la poesía.

Entendida como un ejercicio, la escritura promueve la comprensión a través de la experiencia de la escritura. Este tipo de escritura no es sólo una fuente de información, sino también un medio de transformación.

Otro ejemplo (no artístico)

En El maestro ignorante de Jacques Rancière, un profesor de la Ilustración, llamado Joseph Jacotot, tiene una aventura intelectual, una revelación si se quiere. Todo comenzó cuando enseñaba francés a un grupo de estudiantes holandeses. Al no saber holandés, Jacotot distribuyó una edición bilingüe de la novela de François Fénelon Las aventuras de Telémaco a los estudiantes y les dio instrucciones para aprender el texto en francés  a través de la traducción al holandés. “¡Qué sorpresa fue a descubrir -dice Rancière- que los estudiantes habían manejado este paso difícil, así como muchos franceses podrían haber hecho!” Esto llevó a Jacotot a pensar:

Él no le había dado ninguna explicación a sus “alumnos” sobre los primeros elementos del lenguaje. No les había explicado ortografía o conjugaciones. Por sí mismos habían buscado las palabras francesas que correspondían a las palabras que conocían y las razones de sus terminaciones gramaticales. Habían aprendido a ponerlos juntos para hacer, a su vez, frases en francés: frases cuya ortografía y gramática se hizo más y más exacta a medida de que avanzaba a través del libro, pero, sobre todo frases de escritores y no de escolares. ¿Fueron las explicaciones del maestro, por lo tanto, superfluas? O, si no lo eran, ¿para quién y para qué eran útiles? 10

“Pero [fueron ellas], sobre todo, las frases de escritores y no de escolares” es una frase que sintetiza perfectamente la tesis con la que este texto debe concluir. Y es esta: entendida como un ejercicio que reclama el papel de la imaginación en el acto de conocer, la crítica es un proceso creativo en sí mismo. Su medio es el lenguaje, así como todas las mediaciones que se producen dentro de ella, la variedad de medios de comunicación a través de los cuales fluye el lenguaje. Se podría decir, por tanto, que la crítica es un acto de producción. En otras palabras, una transformación de la realidad. De nuevo, de acuerdo con Rancière:

En el acto de hablar, el hombre no transmite su conocimiento, hace poesía; traduce e invita a otros a hacer lo mismo. Se comunica como un artesano: como una persona que maneja las palabras como herramientas. El hombre se comunica con el hombre por obra de sus manos, así como de las palabras de su discurso: [Citando Jacotot] “Cuando el hombre actúa sobre la materia, las aventuras del cuerpo se han convertido en la historia de las aventuras de la mente” (. . .) Se comunica como poeta: como un ser que cree su pensamiento comunicable, sus emociones compartibles (. . .) El artesano debe hablar de su trabajo para ser emancipado, el estudiante tiene que hablar sobre el arte que quiere aprender. [De nuevo citando Jacotot] “hablar de las obras de los hombres es la manera de conocer el arte humano” 11.

 

Bernardo Ortiz Campo

Traducción: Iván Ordóñez

Esta traducción se hace con autorización previa de  e-flux

Texto tomado de e-flux Journal No. 13, febrero de 2010

http://www.e-flux.com/journal/view/115

 

Notas

  1. Jeremy Gilbert-Rolfe, Rosalind Krauss, y Annette Michelson. “About October.” October 1 (Spring 1976), 5.
  2. Maria Gough, “Tarabukin, Spengler, and the Art of Production”. October 93 (Summer 2000), 86.
  3. Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. Madrid: Alianza Editorial, 1998. Tomo 1.
  4. Lucy R. Lippard, ed. Six Years: The Dematerialization of the Art Object from 1966 to 1972. Berkeley: University of California Press, 1973.
  5. Charles Baudelaire. “¿Para qué la crítica?”. Salones y otros escritos sobre arte. Madrid: Visor, 1999.
  6. Giorgio Agamben, “Infancy and History: An Essay on the Destruction of Experience,” in Infancy and History: On the Destruction of Experience, trans. Liz Heron. London: Verso, 1993. P. 24.
  7. Ibid.
  8. Ibid. P.27.
  9. Duchamp dijo esto en septiembre de 1956 a Lawrnece D. Steefel quien estaba escribiendo su disertación sobre The Large Glass para la Universidad de Princeton. Ver Lawrence D. Steefel, Jr., The Position of Duchamp’s Glass in the Development of His Art . New York: Garland, 1977. P. 312.
  10. Jacques Rancière., The Ignorant Schoolmaster: Five Lessons in Intellectual Emancipation, trans. Kristin Ross. Stanford: Stanford University Press, 1991. P. 3–4.

11.  Ibid, p. 64-65.