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Sangre

Ampolleta con gotas de la sangre de Juan Pablo II. Imagen tomada de La Opinión de Zamora

Según los organizadores de esta gira, su intensión era la de “unir la sangre derramada en nuestro país, a la del beato Juan Pablo como ofrenda de reparación espiritual por las víctimas de la violencia”; y bueno, insistir también en su santificación. Algunos dijeron que el fluido “ya había obrado milagros” (pero no en Bogotá, y a la gente, creo, hay que creerle).

Estas buenas intenciones tienen, como no podría ser de otra forma, una historia, que nos cuenta la periodista Milena Fernández: el papa agonizaba, se necesitaba sangre para una transfusión, no se buscaron posibles donantes, se la extrajeron y le agregaron anticoagulante, el hombre murió y la sangre no se usó –en él. Aunque el procedimiento se hizo en la época que todo se documenta, no hay certeza sobre “su origen” (unos dicen que se le extrajo el 2 de abril de 2005 –día con 18 santos, entre los que destacan San Abundio, San Domingo Touc, San Francisco de Paula y San Víctor, según reza santopedia.com-; otros, que se la sacaron en marzo del mismo año –pero no dicen el día, entonces ignoramos el santoral). Sabiendo la fijación y utilidad de las fechas dentro de la fe católica, ese hecho es de por sí interesante. Pero, ahí no termina todo.

También hay arte –como debe ser, pues un objeto destinado a despertar piedad no podría ser un vehículo neutral, alejado del hecho estético. Entonces, su autor, honorable artista con peluquín cuya portada de blog tiene fotos con gente importante, soñó con un papa muerto que le dictaba el programa iconográfico del objeto: “haz un libro abierto; en una página pon el pastoral con el Cristo al cual he siempre apoyado, y en otra, el símbolo de María, con la escritura Non abbiate paura (No tengan miedo).”

Como es de suponer, este noble hombre, sensible y soñador, no objetó los resultados formales que tendría tan singular fenómeno creativo e inmediatamente se despertó para aprovechar el momento y ponerse manos a la obra. Hizo un objeto brillante, en plata, que antes de llegar aquí, dicen, visitó noventa ciudades de México.

Y en Bogotá estuvo a la vista de quienes quisimos ir a verlo, porque lo dejaron en el altar de la Catedral Primada dentro de una urna medioabierta, inclinado a 45 grados para su favorable apreciación de lejos, y rodeado de militares –como (algunos creen que) debe ser. Para sacarlo de la iglesia y llevarlo a una limosina con foto de Juan Pablo II, rosas sobre su techo, escoltada por una Hummer (de las que consumen bastaaante gasolina), un grupo de reclutas vestidos de gala lo llevó en andas por una calle de honor desde donde creyentes y profanos le sacaban fotos y videos. En la puerta lo recibió una miniorquesta que ejecutó los acordes de una minisinfonía triste. La catedral no estaba tan llena como era de esperar, sus naves laterales estaban solitarias y tenían el piso completamente encharcado. Se podía caminar, los mamíferos nos arremolinábamos en el centro. Mientras la urna salía lentamente, como en un performance noventero, un sacerdote exigía-rogaba-exigía sintonizar el canal Cristovisión, para ver la veneración de la reliquia en el barrio Santa Fe.

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Jaime Iregui, Monumentos privados (2007). Fragmento de fragmento. Imagen tomada de museofueradelugar.org

En 2007, Jaime Iregui presentó el proyecto Monumentos privados en el marco del Encuentro MDE 07, una puesta en espacio de la donación de fragmentos que “una mujer de la alta sociedad de Medellín había recolectado a lo largo de cuatro décadas de viajes por Europa, Asia y Latinoamérica”. Las piezas fueron presentadas en el Museo de Antioquia, “a pocos pasos de la sala dedicada al fundador del Museo, Don Manuel Uribe Ángel” y una de las reflexiones que suscitó en Iregui tenía que ver con la manera en que las colecciones de un museo se configuran a partir de la apropiación, en muchas ocasiones violenta, de objetos considerados valiosos, como una “forma de poseer el mundo”.

Para establecer un diálogo entre esta propuesta y el despliegue performático-instalativo que rodeó la visita de la sangre de papa, sin tratar de forzar mucho la asociación –o quizá sí, pero se intentará-, podría decirse que ambos hechos jugaban basados en la misma estructura: necesidad de personas dispuestas a ir a ver, necesidad de que hubiera otras dispuestas a resguardar, cámaras fotográficas utilizadas para grabar el hecho y la constatación de que sólo se podría ver aquello en lo que se pudiera creer. Si en el caso de Monumentos privados la idea era sintonizarse con la historia alrededor de la colección rescatada, en el de la sangre se trataba de pensar en la manera de despertar fe a partir de una serie de afirmaciones. En el proyecto artístico, unos textos “confirmaban” la “veracidad” de la procedencia. Con la sangre, un amplio equipo narraba lo que “observábamos”. Las dos propuestas se basaban en la generación de un amplio umbral de creencia; si algo de lo que nos decían la señora coleccionista o la Iglesia no era cierto, imposible refutarlo. Además, el efecto de cada exhibición habría de materializarse frente a lo exhibido. Arte y ficción, religión y fe, ciencia y creencia van de la mano. No imagino cómo se habría presentado uno de los milagros de que se hablaba en noticias cuando la sangre llegó a Cartago, pero sí me resulta menos difícil pensar que como ejercicio visual, la reliquia logró demostrar que los significados se derivan de una articulación de objetos con potencial de sentido. Cómo en el arte. Sólo hay que tener la oportunidad –y el dinero y el tiempo y una institución dispuesta-, para reunirlos.

Pero, ya.  Volviendo a la salida de la sangre de la iglesia en la lluviosa tarde del viernes 20 de enero, no sobra recomendarle a la Arquidiócesis que se asesore de beneméritos organizadores de eventos masivos –como los que hacen el Festival Internacional de Teatro, por ejemplo-, para no producir actos tan… veamos:


Video: María Mercedes Salgado

Iluminación: Catedral Primada

Filtro lechoso para tratar de que algo se mediovea: Adobe

– Guillermo Vanegas

 

 

 

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