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Branding Criollo

Luego del bombardeo impuesto por noticieros radiales y televisivos, periódicos, programas de formación de opinión, de crítica deportiva, de asesoría a padres jóvenes, religiosos y de orientación a inversionistas locales, para convencer a las pocas personas que dudaran de las virtudes (reales pero, más que todo, imaginarias), que tendría el hecho de salir a caminar en masa hacia ciertos lugares de encuentro en diversas ciudades. Luego de pensar que en algún momento los artistas Isabel Mebarak Ripoll y Esteban Aristizábal Vásquez funcionaron como catalizadores (sin ánimo de lucro, al parecer) de sendos conciertos en la capital de Francia y del departamento colombiano de Amazonas, comenzó el 20 de julio.

Al consultar la página de Google, este día fue posible encontrarse con una hermosa y conmovedora interpretación del día de la independencia del país, así como su anhelo por la paz, etc. En el logotipo de esta página la segunda “o” había sido reemplazada por una paloma blanca y tras la palabra completa ondeaba una bandera colombiana. La cosa empezó mal: en Google Colombia decidieron dar una imagen al “sentir nacional”.

A grandes rasgos, puede decirse que una lectura iconológica superficial demostraría la reiteración de ciertos significantes elaborados en provecho de avezados comerciantes formales e informales (y, por supuesto, del repudio contra las FARC ¿Cómo olvidarse de ello?): cadenas rotas, rostros mal impresos de una precandidata con doble nacionalidad, los colores primarios, letras negras que conformaban textos en mayúscula sostenida, insultos. Había que expresar dolor, compromiso y rechazo. Como en toda celebración masiva, todo aquel que sintió que debía ofrecer algo a cambio de dinero aprovechó la coyuntura e incorporó de cualquier manera su logotipo (si lo tuviese) o su lema (así lo tuviera o lo acabara de inventar) al espíritu de la marcha. Bajo esta premisa fueron vendidas “empanadas por la paz”, pintados rostros “por cualquier moneda”, “Osho [pedía] por la liberación de los secuestrados”, el site www.vivamosampm.blogspot abogaba por el incremento de la lectura, el centro de educación informal “INPAHU apoya [ba] la marcha”, etc. Se hicieron campañas publicitarias de demostración de apoyo y estímulo a la iniciativa de condenar el empleo del secuestro al tiempo que se posicionaban nombres de empresas, corporaciones, bancos, universidades, instituciones del Estado, fundaciones culturales, equipos de fútbol o empresas comercializadoras de alimentos fríos y al clima. La circunstancia atroz de la práctica asidua de un crimen que bien podría ser equivalente al homicidio sirvió para incrementar los recursos de muchas personas. Muchas.

Si se observa la ecuación planteada en este fenómeno podrán identificarse varios componentes. En primer lugar, el alto volumen de personas que asistieron a los recorridos programados (en otro contexto podría llamársele Público cautivo). En segunda instancia, el aprovechamiento de esta variable logística por parte de propietarios de pequeñas, medianas y grandes empresas (la presencia de una necesidad de hacer (más) dinero). Y, en tercer lugar, la propensión a volver equivalentes conceptos como “espíritu comercial”, “seguridad democrática” y “compromiso social” -con lo que sea que signifique esta expresión hoy en día- (lo que bien podría identificarse como el impulso altruista para hacer (más) dinero). Esta extraña reunión de términos habitualmente inconexos demuestra que la existencia de un conflicto incrementa la riqueza. Sin embargo, esa obviedad podría interpretarse desde otra perspectiva mucho más inquietante, mucho más cercana a nuestra vida cotidiana y mucho más difícil de endilgar a los mismos culpables de siempre. Para nuestra economía de pequeña escala, para algunos pequeños y grandes comerciantes, propietarios y empresarios parecería que lo mejor que podría ocurrir es que el conflicto armado no concluyera jamás, pues ¿cuándo volverían a tener días de asueto comercial como este? ¿cómo podrían justificarlos?

Guillermo Vanegas (en colaboración con Edwin Sánchez)

 

La última nota de Guillermo Vanegas rodea el círculo infernal de la guerra colombiana, pero no se acerca al centro puntual de éste conflicto a todas luces lucrativo para diferentes sectores de la sociedad nacional y allende sus fronteras.

Es acertada su apreciación en cuanto que la movilización de masas implica una gran congregación de intereses económicos que se lucran de estos espectáculos, pero vale la pena ir un poco más al fondo del asunto.

El grueso del llamado clamor nacional se dirige a pedirle a las FARC una inmediata liberación de los secuestrados, acompañada de un diálogo que ponga fin al conflicto.

Pero ¿Qué quieren las FARC y hasta dónde están dispuestas a negociar con el gobierno del presidente Uribe?

La agenda de negociación de las FARC pasa por cambios sustanciales en la economía colombiana a nivel estructural, lo que implica una presencia total del estado en sectores estratégicos como el petróleo, el energético, la minería y la reversión de aquellas empresas privatizadas en sectores como podrían ser el de telecomunicaciones; cortapisas a la inversión extranjera especialmente si ella viene de USA, porque supuestamente viola la mal entendida soberanía naciona
l. Sin ir demasiado lejos es una agenda de corte socialista, donde el estado benefactor puede resolver todos los problemas de la sociedad, destinando el 50% del presupuesto al bienestar social.

Dada la actual coyuntura militar, es muy poco lo que el establecimiento está dispuesto a ceder.

Lo que resulta increíble de toda esta bella novela de buenas intenciones es que se mate en nombre de una utopía que intenta redimir la condición humana.

Seguramente Bolívar tuvo que matar para defender la novela de la libertad, pero ello ocurrió en el siglo XIX, pero en pleno siglo XXI no es más que la demostración del horror que provoca aprender a solucionar los conflictos mediante esa vieja herramienta que compite con el invento de las armas: la palabra.

Sin embargo, en este caso, la palabra está precedida de desconfianza y odio mutuo entre los interlocutores y esa brecha resulta insalvable, al menos para el orgullo vano de cada uno de ellos.

Otro componente que le añade buena leña a este voraz incendio es el narcotráfico y ahí si son varios los deudos que se niegan a enterrar este circulo lucrativo de guerra, drogas, violencia y poco rock & roll.

De acuerdo con el informe mundial sobre las drogas, publicado por la oficina contra la droga y el delito de la ONU, el mercado mundial de las drogas movió $322.000 millones de dólares en el año 2007. Esta cifra es el mercado global de las drogas que incluye opio, heroína, morfina, anfetaminas, metanfetaminas, éxtasis, depresivos, metacualona, LSD, marihuana y cocaína, además de otros estimulantes y sicoactivos menores en cuanto impacto en el consumo.

De la cifra anterior el tráfico de cocaína puede representar el 24%, es decir una cifra cercana a los $75.000 millones de dólares.

Una cifra que hace que cualquiera con espíritu de aventura y hambre en las venas arriesgue su pellejo para morder la suculenta tajada.

En el fondo, aunque la guerrilla lo niegue, la presencia de las drogas así sea mediante el impuesto al gramaje, le ha significado y le sigue significando unos ingresos saludables que la adormecen frente a la urgencia de enfrentar un proceso de paz, por difícil que éste sea. Para las FARC este juego es del todo o nada, y por ello la negociación política es algo que no han sabido estructurar como discurso.

Muy seguramente veremos dentro de poco a una guerrilla fraccionada, en donde algunos aceptaran la paz poco honrosa que les ofrece el gobierno y un sector radical que preferirá morir en la selva, rumiando la resaca de una utopía que pasó a la historia sin que intentaran articularla de alguna manera en el difícil terreno de la confrontación política.

Pero no hay que olvidar que las FARC es apenas uno de los jugadores en la mesa de la violencia colombiana. Paramilitares y delincuencia organizada son dos jugadores más que encuentran en el narcotráfico la gasolina que los mantiene con vida en esta partida de gángsters criollos.

Para muchos el problema de la guerra contra las drogas es un asunto cultural como lo puede ser en USA, donde numerosos senadores musitan entre bambalinas que la única vía para ganar ésta guerra es precisamente su legalización, pero al levantar la mirada y reconocer que eso puede tener un costo enorme frente a sus electores, prefieren firmar todos los paquetes legislativos que apoyan esta guerra inútil.

Para nosotros los colombianos es un problema no sólo cultural sino económico y somos tan pequeños en el ajedrez geopolítico mundial que poco importará que nos atrevamos a debatir éste tema.

Mientras tanto, los empresarios de la guerra, como lo señala Vanegas & Co. (incluida la de las drogas) cruzarán los dedos para que ésta nunca termine.

Gina Panzarowsky

 

¡Viva la gente!
para escuchar, pulse >
http://esferapublica.org/nfblog/audio/vivalagente.mp3

Esta mañana de paseo con la gente me encontré;

al lechero, al cartero, al policía saludé.

Detrás de cada ventana también reconocí

a mucha gente que antes ni siquiera la vi.

VIVA LA GENTE, LA HAY DONDEQUIERA QUE VAS.

VIVA LA GENTE, ES LO QUE NOS GUSTA MÁS.

CON MÁS GENTE A FAVOR DE GENTE

EN CADA PUEBLO Y NACIÓN,

HABRÍA MENOS GENTE DIFÍCIL

Y MÁS GENTE CON CORAZÓN. [Bis]

[versión extendida:

Gente de las ciudades y también del interior

la vi como un ejército cada vez mayor.

Entonces me dí cuenta de una gran realidad:

las cosas son importantes, pero la gente lo es más.

Dentro de cada uno hay un bien y hay un mal,

mas no dejes que ninguno ataque a la Humanidad.

Amalos como son y lucha porque sean

los hombres y las mujeres que Dios quiso que fueran.]

 

Pepe Pegotero

 

 

Gárgola: Entidad que vigila desde lo alto los habitantes de la ciudad, para infundirles temor y recordarles su lugar en el mundo.

(se recomienda el uso de audífonos)

Sala Didáctica

 

“[…] Hacía un frío horrible. En el laberíntico Ministerio de Cultura y Relaciones Exteriores (funcionaban como una sola entidad) las habitaciones sin ventanas y con alfombra mantenían una temperatura normal, pero en la calle el viento era helado y el ambiente tenso en el Transmilenio a las horas de aglomeración era espantoso. Seguían en pleno hervor los preparativos para la Fiesta Nacional del Odio y los funcionarios de todos los Ministerios dedicaban a esta tarea horas extraordinarias. Había que organizar los desfiles, manifestaciones, consejos comunitarios, la exposición “Más arte, menos minas”, programas de radio y de televisión, erigir tribunas, construir efigies, inventar consignas, escribir canciones, extender rumores, falsificar fotografías, editar videos… La sección de Julia en el Departamento de Relaciones Públicas había interrumpido su tarea habitual y confeccionaba una serie de panfletos con las atrocidades de secuestro. Edwin, aparte de su trabajo corriente, pasaba mucho tiempo cada día revisando el archivo digital de El Tiempo y alterando o embelleciendo noticias que iban a ser citadas en los discursos de la Radio Casa de Nariño (RCN). Hasta última hora de la noche, cuando las multitudes de la inculta gleba paseaban por las calles, la ciudad presentaba un aspecto febril. Una serie de petardos cayó los meses antes y a veces se percibían amenazas de bombas que nadie podía encontrar y sobre las cuales se generaban insensatos rumores.

La nueva canción que había de ser el tema de la Fiesta Nacional del Odio (se llamaba “La Tortura”) había sido ya compuesta y era repetida incansablemente por todos lados. Tenía un ritmo salvaje, de gemidos y ladridos y no podía llamarse con exactitud música. Más bien era como el redoble de un tambor. Centenares de voces rugían con aquellos sones que se mezclaban con el chas-chas de sus renqueantes pies. Era aterrador. La gleba se había aficionado a la canción y por las calles, a media noche, la cantaba y competía con una que seguía siendo popular: “Tengo la camisa blanca”. Edwin tenía las tardes más ocupadas que nunca. Brigadas de voluntarios organizadas por J.O.G. preparaban la calle para Fiesta Nacional del Odio cosiendo banderas y estandartes, pintando carteles, clavando palos en los tejados para que sirvieran de astas y tendiendo peligrosamente alambres a través de la calle para colgar pancartas. J.O.G. se jactaba de las encuestas. Se hallaba en su elemento y era más feliz que una alondra. El frío y el trabajo en los medios le habían dado pretexto para ponerse otra vez la bufanda escocesa y el gabán inglés. Estaba en todas partes a la vez, empujaba, hablaba, repetía, declaraba, improvisaba, aconsejaba a todos y expulsaba pródigamente un aura de brillo helado.

En todo Bogotá había aparecido de pronto un nuevo cartel que se repetía infinitamente. No tenía palabras. Se limitaba a representar, en una altura de tres o cuatro metros, la monstruosa figura de un guerrillero con una barba rala que parecía avanzar hacia el que lo miraba, una mirada criolla inexpresiva, unas botas enormes, una ametralladora, un uniforme camuflado y, con el brazo extendido, sostenía en su mano izquierda, una gruesa cadena de metal y un candado enorme. Desde cualquier parte que se mirase el cartel, el lazo
de la cadena, ampliada por la perspectiva, por el escorzo, parecía acercarse a uno sin remisión. No había quedado ni un solo hueco en la ciudad sin aprovechar para poner la imagen del terrorista. Y lo curioso era que había más retratos de este enemigo simbólico que del propio Presidente de la República. La gleba, que normalmente se mostraba apática respecto a la guerra, recibía así un espaldarazo para que entrara en uno de sus periódicos frenesíes de patriotismo. Como para armonizar con el estado de ánimo general, los rumores de las atrocidades del secuestro se habían acrecentado aún más. Se hablaba de un joven empresario secuestrado a pesar de estar en silla de ruedas, y de una toma guerrillera en Yopal donde habían muerto dos policías bachilleres. Todos los habitantes de la pequeña ciudad asistieron a un imponente entierro que duró muchas horas y que en realidad constituyó un mitin patriótico que fue transmitido por radio y televisión y ocupo las portadas de todos los periódicos y los foros de discusión en internet. Otro día, en la capital, en un barrio del norte, explotó un cilindro de gas cerca a un jardín infantil y una docena de niños murieron despedazados. Hubo muchas más manifestaciones indignadas, el líder de las FARC fue quemado en efigie, y centenares de carteles representando al terrorista criollo fueron rasgados y arrojados a las llamas, muchas tiendas fueron asaltadas. Luego se esparció el rumor de que el Partido Comunista Clandestino (más conocido como PC3), tenía a sus economistas, catedráticos, columnistas de izquierda, sociólogos, antropólogos y artistas de vanguardia infiltrados por toda la esfera pública. Además, un anciano matrimonio acusado de retener a un niño desaparecido (que luego se supo estaba en la finca de un amigo) pereció abrasado cuando las turbas incendiaron su casa en el sector de Modelia […]”

Lucas Ospina

 

Despues de leer lo que aqui se ha escrito sobre lo que Guillermo Venegas caracteriza como el branding criollo y Lucas Ospina como el día nacional del odio, me vienen a la cabeza dos citas, ambas, lo siento, de origen alemán. La primera es de Hitler quien en conversaciones con quién fuera el gaulaiter de Danzig, reconoció que él y su movimiento sabían aprovecharse muy bien ¨de la increible credulidad de las masas¨. La otra cita es de un opositor radical a Hitler y a todo lo que él encarnaba. Se llamaba Walter Benjamin y dejó escrito, que ¨el fascismo ofrece a las masas el espectaculo de su propia destrucción¨.

Carlos Jiménez

 

Resulta ser un lugar común – en muchos casos – la consideración de los mass media como elementos que aglutinan las manipulaciones que diseña el soberano para ejercer control estratégico del poder que ejerce.

De otra parte la masa social asume para los ojos del analista un conjunto homogéneo de intensidades que son de fácil manipulación por parte de los estrategas palaciegos.

T. W. Adorno vió los mass media como instrumentos para canalizar los intereses ideológicos de la barbarie. Sin embargo se puede decir que ésta es una definición clásica que se puede contemplar desde una leve terraza que pretenda superarla.

En el libro de ensayos titulado “La sociedad transparente” Gianni Vattimo hace una propuesta interesante: el advenimiento de los media comporta, de hecho, igualmente una acentuada movilidad y superficialidad de la experiencia, que contrasta con las tendencias orientadas a la generalización del dominio, por dar lugar a una especie de “debilitamiento” en la noción misma de realidad, con el consiguiente debilitamiento de toda su pregnancia.

De los medios clásicos como la radio (no se desarrollaba ningún sistema de respuesta se quejaba Adorno) a los medios evolucionados como la internet se prosigue una línea crítica que pareciera permitir una mejor comprensión de la propuesta de Vattimo.

Este nuevo medio permite la construcción alternativa de micro redes sociales de opinión, que desafían la presunción uniforme de los canales mediáticos alineados con el poder establecido.

Ahora bien, ¿a quién representan las masas que desfilaron el 20 de julio?

De acuerdo con lo expuesto por GV & Co y L.O. la mano negra mediática está detrás de todo esto, configurando una apropiación clásica de los intereses sociales (el secuestro, la paz y toda esa palabrería… ) a favor de unos intereses de clase.

La vieja acepción marxiana de que quien controla los medios de producción determina la posición dominante ofrece una nueva alternativa: quien controla los mass media establece las reglas del juego. Y con esto último confirmo la idea de estar tomando agua en los remolinos blandos que contemplan los lugares comunes.

Ante tanta paradoja obvia y tercermundista, ¿Qué hacer?

La pregunta aplasta porque cualquier respuesta parece ser un lugar que ya se hubiera transitado imaginariamente (déjà vu ciclotímico).

Por lo tanto todo este frenesí intelectual complejo, inútil, triste e inquietante se puede disolver en una excusa narrativa. Alguna vez yo, G.P., quise escribir y lo intenté, hasta cuando fui asaltada en mi buena fe creyendo que las palabras escritas redimían frente a la desesperanza que en algunos momentos se convierte la maravillosa y terrible experiencia de estar vivos.

(Fragmento)

Queremos protestar y nos inventamos el arte, espacio perfecto para desahogar la rebeldía privada sin perder los derechos ciudadanos. El placer que deviene en la protesta es poderoso, es erótico. Puteamos con el poder, eyaculamos la tensión y vuelta a funcionar cobijados por la falsa convicción de ser queridos y amados por el sistema. Ser artista es ser mentiroso, charlatán, conversador vacuo, llenando al sin sentido de sentido, manteniendo la indeclinable convicción de rescatar la razón de la existencia a través de lo artificial.

El arte es mito, nunca ciencia, ni filosofía ni forma exacta para la expresión lógica de la razón. El mitómano crea historias en las cuales es el único testigo de su falsedad. El artista crea mitos cargados de seducción sospechosa en donde es el primero que testimonia la verdad de la mentira inventada. El arte, entonces, nunca es certeza, tan solo es el discurso vaporoso generando la sensación de vida ante la evidencia de la muerte.

Juliana permanecía sigilosa y atenta. Estaba sin zapatos ni medias dejando revelar el encanto de sus pies. Sus ojos eran resguardados por unas cejas inmensamente pobladas que llegaban casi a unirse en el centro de su frente blanca y discretamente proporcionada con el conjunto de su rostro. Los labios, pequeños y rosados, dejaban ver a intervalos inexactos unos dientes cuidadosamente conservados. El pantalón jean de color crema junto con la camisa de rayas rojas sobre fondo blanco le hacían parecer algo más joven de lo que era en ese momento.

33 años vividos intensamente con el afán propio de las muchachas colombianas de su clase, apasionadas, intensas con la idea de experimentarlo todo sin recelos. Abiertas a las expectativas de un mundo que parecía generoso.

- Estamos muy trascendentales Juliana. Un poco de frivolidad, de chismes no cae mal.

- Vas a votar el domingo?

- Uh. No sé.

El mundo es lo suficientemente frívolo que hablar de él es ya irreprimible frivolidad.

Camilo empezaba a sentir los rigores habituales del cansancio que produce estar cerca de ocho horas en la silla de un Boeing 747. Bastaría con apurar tres ó cuatro tragos de aguardiente y el cansancio se convertiría en efusividad etílica.

- No lo sé, Juli. Mi cédula no debe estar registrada. La única ocasión que voté tenía 18 años. Solo fiebre juvenil por estrenar la ciudadanía y voté por Galán.

Recuerdo que estaba en Richmond cuando me enteré de la noticia de la muerte de Galán por un amigo que acababa de hacer una llamada a Colombia. Precisamente cuando me contó la noticia visitábamos la casa de Poe. No pudo haber ambiente más adecuado que la habitación de Poe para sentir en mi oído a manera de susurro la adivinanza acostumbrada que precede al nombre de los difuntos.

- Si sabe a quién mataron en Bogotá?

- No. No sé. Ni porque fuera adivino.

- A Galán!

Las noticias sensibles, que duelen, desde la perspectiva que ofrece la distancia ambientada por un país diferente resultan inofensivas emocionalmente. Talvez por ello la ref
lexión es más fría y objetiva.

El M19 se había desmovilizado pagando el costoso precio de perder a su líder. Otro candidato, emotivo y locuaz como Bernardo Jaramillo también fué asesinado. Con Galán la lista de candidatos casi que desapareció. En aquella época se revivió la historia de los bandidos invencibles al estilo de Efraín Gonzalez ó Sangrenegra, aunque en este caso los personajes no actuaban directamente; sus objetivos militares eran realizados por muchachitos que no sobrevivían los 18 años reclutados en los barrios emergentes de Medellín gracias al espíritu filantrópico del Doctor Jekill a la Colombiana: Pablo Escobar. Cuando se transformaba en Mr. Hyde lograba producir pánico en toda la sociedad Colombiana, especialmente entre sus enemigos. El otro monstruo del terrorismo selectivo se llamaba Gonzalo Rodriguez Gacha.

Con la guerrilla más antigua del mundo, además de los principales capos exportadores de cocaína hacia el resto del planeta bastaba para creer fácilmente que Colombia era el infierno de Suramérica.

Tan solo recordar subrepticiamente aquella época de carros-bomba y asesinatos colectivos de candidatos, jueces, periodistas, policías resultaba insoportable. Aun así, Colombia y su gente seguían siendo un país testarudo empeñado en crecer como sociedad a pesar de sus lunares imposibles de disimular. Aquel jueves caribeño, pleno de sol y hermosas playas mientras sobrevolaba Jamaica, Camilo se tropezó en la sección Bogotá del periódico con estadísticas escalofriantes.

- “En 1993 hubo 7.144 muertes violentas en Bogotá.

En promedio, cada día de 1993 murieron veinte personas por culpa de la violencia.

Cada día hubo 45 hurtos agravados, 30 atracos callejeros y cada mes 40 robos en bancos, 164 a residencias y 529 carros jalados.

Bogotá tiene el 30% de los delitos del país con tan solo el 17% de su población”.

Cualquier turista desprevenido tomaría inmediatamente el vuelo de regreso sin salir del aeropuerto. Afuera semejaría en su mente una carnicería humana que obliga a sus habitantes salir con chaleco antibalas, casco y botas militares.

Las estadísticas son incontrovertibles. Sin embargo Bogotá no es un campo minado regado de cuerpos inmóviles, tiesos, fríos. Antes que indumentaria militar, los Bogotanos llevan una piel gruesa curtida contra el miedo y el pánico. De alguna manera, ser bogotano ó colombiano implica mantener el espíritu civil anestesiado frente a la horda interminable de noticias cargadas de sangre, de viudas impotentes desahuciadas de sus hijos, de padres que inquebrantablemente lloran a su gente desaparecida, de muchachitos disfrazados de guerrilleros muertos en combate, de muchachitos disfrazados de soldados muertos en combate, del desfile interminable de cuerpos en pantaloncillos tomados por la cámara desde sus helados pies, del carnaval de ataúdes cargando siempre con los muertos de la irracionalidad genuinamente criolla.

Explorar el hueco negro de la violencia colombiana representaba para Camilo un ejercicio escolar ya cumplido. La guerra siempre sabe pagar muy bien a todos aquellos que intervienen en ella. El soldado atrevido que se enfrenta a la ignominia con su fusil paga con sus huesos de cadáver al igual que el comprador de armas paga enormes cantidades de dinero al traficante.

Militarmente el conflicto resultaba inocuo. El dialogo se vislumbraría tan solo 15 ó 20 años más tarde. Mientras tanto, solo bastaba buena saliva para desenredar los nudos atorados en las gargantas motivados por ese deporte sadomasoquista ejemplificado en los noticieros de televisión.

La carga emotiva que le imprimen los mass media como la televisión al fenómeno de la violencia en el mundo resulta tan sospechosa, que por algunos momentos se llega a creer que tan solo son los ilustradores testimoniales de los juegos que el poder inventa para recargar la conciencia de los espectadores con las dosis anestésicas de la impasibilidad. Sin embargo, el periodismo y los reporteros de guerra se presentan a si mismos como valientes profetas denunciando la barbarie del mundo.

En alguna ocasión había volado desde la excéntrica confortabilidad artística que le ofrecía la gran manzana hacia Bogotá con el único propósito de asistir a las conferencias que dictaría J.F. Lyotard en los apacibles salones de la Biblioteca L. A. Arango. Aquél filósofo francés amante de la postmodernidad finisecular le había dado una lección elocuente al auditorio que tan persistentemente preguntaba sobre su visión como intelectual europeo del problema de la violencia Colombiana.

En sus escasos días de visitante -decía Lyotard- en el dist
rito capital no había visto esa llamada violencia que tan tozudamente ilustran los medios sobre nuestro país. Un país tan satanizado por sus culpas le resultaba difícil de creer que fuera el mismo que albergara en su seno un auditorio tan inquieto y civilizado sediento de conocer sus teorías. Vivimos tan obsesionados con nuestros muertos criollos que olvidamos que afuera -por ejemplo- en Argelia, la vida cotidiana que venden los pregoneros de la información es mucho más cruel y sanguinaria.

Si de verdad nos creemos ser los adalides de la barbarie seguimos estando lejos de ser los campeones. La torre de marfil se ha transformado en el lugar que habitamos no para huir del horror sino tan solo para oír sus lamentos incesamente.

Una certeza de a puño había develado Lyotard : La sociedad del “ Oh Gloria inmarcesible “ vivía una relación tan obstinada con sus tragedias que le impedía soñar con la idea de enfrentarlas. Una extraña adicción con el dolor recorría nuestras venas de la misma manera en que lo hace con el enfermo mental incapaz de doblegar sus fantasmas.

Al día siguiente, después de culminar las conferencias de Lyotard, Camilo tomó un vuelo Bogotá-Miami. Serían cerca de las 11 a.m. cuando se encontraba en las oficinas de National alquilando un carro. En aquella ocasión se inclinó por un Ford Camaro modelo 93.

Viajar por la costa este americana tomando la ruta 97 resultaba apasionante. Seis horas más tarde se encontraba a las afueras de Savannah, en Georgia, un pueblo encantador y hermoso como la buena cerveza que vende Robert en el pequeño bar situado en la calle del malecón por el que transcurre silencioso – en apariencia – el río Savannah.

Conducir por las autopistas americanas era para Camilo una de aquellas cosas que semejante a los libros, le permitían huir sin descanso de sí mismo y porqué no, de los otros.

La mañana siguiente era de un otoño luminoso, cuando habían transcurrido cerca de dos horas de marcha reanudada y mientras en la radio sonaba la dulce y abatida voz de Roy Orbison cantando “California Blue” Camilo concluía un principio que aplicaría desde ese momento: No volvería a mover un dedo, ni una sola palabra si de referirse a su país desde la perspectiva de la violencia se trataba.

No agotaría un solo gesto del pensamiento para auscultar las razones aparentes que se escondían detrás de ella. A partir de ese momento, todo signo trágico, manchado de sangre e insensatez quedaría en manos de ese elemento desapasionado y caprichoso, ajeno a las veleidades pretenciosas de la voluntad humana: El tiempo.

Gina Panzarowsky

Galaxia Blogotana

Vattimo, Gianni. La sociedad transparente. Ediciones Paidós. Barcelona. 1996. Segunda edición. Pág. 153.

Pido excusas al noble lector si sabe descubrir penosas erratas. Nunca ha sido corregido.