Quantcast

Discursivización

Es un hecho comprobable que nada garantiza hoy en día mayor legitimación en el arte contemporáneo que el hechizo de la teoría cayendo sobre las obras de arte o, mejor dicho, sobre los y las artistas. Que esto sea así no debería impedir que, más que nunca, necesitemos de la teoría crítica. Más bien, lo que esta situación apunta es a una necesidad crítica sobre sus modos de empleo. Nadie duda de que el arte se ha convertido principalmente en una experiencia cognitiva, desplazando a otros modos de experiencia donde los sentidos jugaban un rol principal, desde lo sensorial a lo emocional, lo cual no quiere decir que la pasión haya desaparecido de la contemplación y mucho menos la emoción, sino más bien que la articulación de la obra de arte contemporáneo se basa en una multiplicidad de niveles articulados al mismo tiempo. El arte ya no es simple “expresión”, y el expresionismo ya no comunica, lo que hace que los mecanismos de interpretación varían, pasando de modos de crítica tanto trascendentes (misticismos sobre la interpretación de la obra abstracta) como inmanentes (descripción en primera persona del encuentro con el hecho artístico) a un modelo de crítica basada en lo cognitivo, la investigación y el texto (ajeno a la propia de arte).
El resultado de esto es la transformación de la propia crítica de arte así como la progresiva complejización de la práctica artística: el hechizo del discurso. Discursivización.
Sin embargo no debemos dejarnos engañar por sus encantos; de la misma manera que nos hallamos en una época profundamente ahistórica pero ávida de narrativas históricas y de reinterpretaciones narrativas de todo tipo, contemplamos asombrados el creciente de teoría, discurso y pensamiento aplicado a las artes visuales en un periodo de debilidad de la propia crítica de arte (pues poca de esta teoría se presenta dentro de lo que la crítica de arte ha sido tradicionalmente).
Todo esto conduce a situaciones absurdas, que van desde una reciente anécdota escuchada sobre una artista que declaraba no interesarse por la pintura, aunque si el pintor o la pintora en cuestión leen a Foucault la cosa puede cambiar; a aquellos estudiantes de escuelas avanzadas en Europa que leen a Ranciére como corrección de la obra de arte en curso (por no decir que primero leen y a continuación proyectan la obra). Huelga decir que semejante separación de teoría y práctica (en este último caso) no augura nada bueno para el artista en cuestión. Otras situaciones, aún siendo más normales, denotan la actual discursivización del arte en todos sus estamentos (empezando por un sistema educativo que ya no se reduce a la escuela o facultad sino a esa última engañifa del capitalismo tardío que nos previene de que nunca estamos lo suficientemente preparados y que, por lo tanto, estamos siempre dispuestos a embarcarnos en cursos, seminarios o phd’s que mantengan viva esa ficción de la educación permanente o sin fin). Otro ejemplo: hoy en día los libros que más se venden no son catálogos de artista (cuyo alto precio los hace difíciles de adquirir), mucho menos catálogos de exposiciones colectivas o ediciones de artista; hoy en día la estrella del género es el reader, o compilación de textos críticos o teóricos a un precio asequible y a poder ser con buena distribución y diseño atractivo, pues además de una buena herramienta de trabajo constituye también el mejor “mapa” sobre por donde van las líneas discursivas (esto es, artísticas) en boga.
Si el arte ha sido tradicionalmente el lugar donde las teorías marxistas de la reificación han sido más pertinentes, esto es, el fetichismo de la mercancía y las sustitución de las relaciones humanas por relaciones entre cosas, por no hablar de la metamorfosis de las cosas anteriormente sólidas en equivalencias abstractas, es porque ofrecía el perfecto territorio abonado para hacer ver todas esas contradicciones a través de la relación entre la mercancía y el mercado. No obstante, la reificación es intrínsica a todo el capitalismo, y la teoría académica no puede ver reificación por todas partes, sin antes percibirse a sí misma como formando parte de esa misma reificación. No ver a la universidad o a la academia (por no hablar de la industria editorial donde se publican los estudios más revolucionarios y transgresores) funcionando dentro de esa espiral es como cerrar los ojos mientras nos dejamos caer por una montaña rusa. Esto me recuerda a aquel artista que me escribía una vez cansado de que “el arte tenga que ser el lugar paradigmático para desvelar el problema de la reificación, como si no hubiera que convertir pasta de celulosa en libros impresos para que los venda el FNAC a públicos que definen su subjetividad cool por asociarse a la marca coolde una librería”. Pero una interpretación alternativa a la ortodoxia marxista la encontramos en Adorno quien clama abiertamente que las obras de arte (así como los textos escritos de toda clase necesitan de la reificación para cambiar sus valencias de lo social a lo estética (y viceversa). Para ser verdaderamente arte, la obra tiene que reificarse a riesgo de no ser arte, esto es, diferencia con el resto de la realidad. La presencia o ausencia de discurso en la obra de arte no garantiza por sí sola su ingreso en la historia. De la misma manera que es necesario rastrear el componente social o de clase, político o histórico y también económico de obras en principio no discursivas pero que se enrraizan a un sustrato social a través de su forma, es posible contemplar la falacia de la obra construida artificialmente donde ese aparente componente social no es sino mera ilusión. Una de las principales tareas de la crítica contemporánea es aprender a distinguir unas obras de las otras.
:
Peio Aguirre
críticaymetacomentario

2 Opiniones sobre Discursivización

  1. Mario Dunn 2011/09/20 at 12:53 am

    Estoy de acuerdo.. completisimamente.

  2. Patrick Boulétreau 2011/09/20 at 7:39 am

    Los críticos practican muy amenudo la crítica “ad hominen” en vez de la crítica en sí de la obra; pocos son los que manejan el vocabulario adecuado del arte en cuestión; y, así, caen en discursos que giran alrededor del objeto, parafraseando; creen que cuanto más ponen emoción, tanto más se acercan a la obra que, en sí, habla de otra forma y mejor.