Arte bajo nieve perpetua
Una línea de polvo. Arte y drogas en Colombia
Santiago Rueda Fajardo
Premio modalidad Ensayos de autor, 2008
Bogotá, Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2009 (129 pp.)
Parecería ser un asunto del destino. En la Galería, el artista Camilo Restrepo exhibió en el año 2009 una serie de fotografías en color, reunidas bajo el rótulo genérico de Esto no es una pipa, que aludía al título del bien conocido cuadro de René Magritte. Las fotografías ampliadas mostraban un objeto como imagen central, suspendidas en un fondo difuso que les otorgaba una cualidad al mismo tiempo etérea y fantasmagórica. A primera vista, los objetos podrían tomarse como joyas de particular diseño exhibidas en vitrinas poco convencionales. Esa impresión inmediata provenía tal vez del brillo metálico del papel que las envolvía en forma parcial. Una mirada más atenta revelaba con sorpresa que tales joyas eran apenas aquellos artefactos artesanales que los drogadictos callejeros construyen con elementos de desecho para el consumo de basuco y otras nieves de igual o peor calibre. El artista había logrado magnificarlos en un cuidadoso trabajo de laboratorio.
Algunos días después, al bajar de la Biblioteca Nacional en Bogotá —en predios del MAMBO-, un ejemplar de estas pipas hechizas se me atravesó en el camino. En ese lugar, viciosos de toda calaña, edad y condición consumen droga frente a los sorprendidos transeúntes. Recogí el objeto en su condición de imagen surrealista avalada por el arte.
Ahora, una fotografía de esa exposición —que más bien debería rotularse Esto tampoco es una pipa— ilustra la carátula del libro de Santiago Rueda. En un fondo negro, el objeto ofrece su brillo siniestro suspendido sobre las letras blancas del título.
Rueda es historiador e investigador de arte. Y hasta el momento de la publicación de su segunda investigación, había evadido la curaduría artística como práctica profesional, lo cual, al mismo tiempo, autenticaba la neutralidad de sus juicios expresados en un lenguaje que poco tiene que ver con la formulación críptica y la pesada carga de citas de autores a la moda intelectual entre la fauna de curadores locales.
El tema del libro de Santiago Rueda —que ya publicó un lúcido estudio sobre la obra de Miguel Ángel Rojas— se refiere al fenómeno del narcotráfico y su apropiación por los artistas colombianos. Haciendo alarde de su formación en historia y crítica de arte, el autor introduce al lector desde el principio en las variadas facetas que el asunto ha llegado a representar, hasta en los núcleos de la sociedad que se creían menos expuestos a su multiplicada y perniciosa influencia.
El texto de Rueda se remite a la década de los setenta, desde cuando el fenómeno del tráfico de drogas comenzó a afectar la vida del ciudadano colombiano en múltiples aspectos, que sobre todo ha captado el interés de cineastas, documentalistas y en años recientes, de las series de televisión nacionales. Frente al nutrido repertorio de producciones audiovisuales, el autor señala la lentitud con la cual el medio artístico colombiano ha reaccionado con respuestas sistemáticas a esa perversa superestructura delincuencial. En la década siguiente, entre el arte conceptual y muestras de tardío neoexpresionismo y ficciones personalizadas, el clima de nieves enrarecidas que empezaba a perpetuarse en el país seguía ausente del interés de los artistas, incluso entre los más arriesgados exponentes de generaciones emergentes. Apropiándose del término artista somático-político, Rueda comienza por clasificar en la introducción al libro, dentro de esa especificidad, a los artistas que en el lapso de los últimos quince años han logrado ser reconocidos en el exterior por su incursión en un tema puesto al día en celebradas y pomposas bienales internacionales. Sin embargo, la visión de Rueda busca ir más allá de la simple reseña o del inventario de la diversidad de propuestas con que los artistas del país han procurado dar testimonio de un entorno social y político que se perfila como un terreno minado.
En ese sentido, el texto —advierte el autor— debe considerarse un ensayo de carácter histórico en sus intentos de «tomarle el pulso al presente»; es decir, a manifestaciones que aún pertenecen al heterogéneo escenario artístico nacional, todas ellas ubicadas en el contexto del capitalismo posindustrial, según advierte Jaime Carmona. En ese panorama, el consumo compulsivo de alcohol y otras drogas «… es emblema del desengaño rabioso» a una celebración de abundancia y derroche de la cual no se disfruta ni se forma parte. Como resultado de esto, y de acuerdo con Baudrillard, «algunas sociedades se vuelven vulnerables al terrorismo, a la droga, a la violencia y, en no pocos casos, a la depresión, a las prácticas fascistas y, finalmente, al desplazamiento del sentido de la ética».
Rueda recuerda a Eduardo Serrano como el primer crítico de arte nacional que se refirió al asunto de la droga en el texto incluido en la Revista del Arte y la Arquitectura, publicada en Medellín en 1980: «El dinero fácil que deja lo ilegal —escribe Serrano— fue sin duda, durante los sesenta, uno de los más eficaces incentivos de esta sociedad…». En el recuento cronológico que se plantea en el libro, y donde los artistas jóvenes serán «los encargados de impulsar una transformación ideológica», el autor ubica la muestra Pulsiones, presentada por Miguel González en 1993 en el Museo La Tertulia, de Cali, como la primera que se asoma «a la realidad urgente del país». En ella, cinco artistas ilustraban las motivaciones de la exposición al mostrar cómo ellos habían sido capaces de enfrentar su drama y convertirlo en motivo argumental de su arte. No obstante, habría que reconocer la actitud coherente de Beatriz González con sus versiones pictóricas de aterradoras imágenes de prensa que constituyen, según R.H. Moreno-Durán, la «feliz armonía de una obra singular, marcada por el valor» (en declaración reciente, González afirmó: «Hace rato que los artistas estamos trabajando el tema de la memoria. La memoria no es compromiso, es ética»).
El tema narco irrumpe con mayor claridad en el conjunto de obras seleccionadas a la V Bienal de Bogotá, en 1996. La visión de los artistas en ese momento no deja de ser heterogénea: desde la cuidadosa escenificación fotográfica de Proceso 8000 (Juan Fernando Herrán) hasta las instalaciones hechas con sangre y cocaína de Fernando Arias, todo ello presentado dentro de la más rigurosa limpieza técnica. A esto deben agregarse en años recientes la ironía, la mirada jocosa, el apunte que quiere ser inteligente, la destrucción organizada, el espectáculo de las imágenes en video, el preciosismo de objetos que enmascaran el lado oscuro de un fenómeno cuyas raíces más profundas señalan hitos de violencia por fuera de todo orden. Un repertorio que parece ser más un pretexto para la proposición de obras que encajan sin demasiado ruido en el espacio aséptico de ideologías de galerías y museos. Así, las sofisticadas construcciones de Miguel Ángel Rojas con base en fragmentos circulares de hojas de coca y billetes de dólar, el proyecto de Fabián Montenegro titulado Snow, con su armadura publicitaria orientada a propiciar el consumo de cocaína «100 x 100 ciento colombiana», y en fin, las figuras derivadas de los juguetes Lego, en las cuales Nadín Ospina ubica la visión estereotipada de personajes de América Latina en medio de campos de amapola y sembrados de coca. De esta manera, Rojas busca aprovechar «la fuerza simbólica de los materiales» para validar su obra, mientras Ospina se pregunta «si será tan inocuo» el mensaje que proponen esos juegos en apariencia inofensivos.
Un repertorio apenas bosquejado en los ejemplos mencionados bien podría haber formado parte de la muestra presentada en Francia en el año 2003, en la cual, con el rótulo Narcochic, se exhibía el lado pintoresco del asunto, asociado a una supuesta cultura derivada del tráfico de drogas. «Todo bien, todo bien», como diría alguien elevado a los altares del folclorismo deportivo criollo. Y en esa insólita alianza entre la sofisticación con la que batalla el lenguaje de las comunicaciones y el espejo turbio de la drogadicción, Jaime Ávila plantea un desfile fotográfico de pasarela, en el que los modelos-habitantes de la calle buscan comprometer al espectador como miembros «de un sistema poderoso que doblega a cualquier hombre frágil». Pasarela que se convierte en pesadilla y de la cual se margina Wilson Díaz en el año 2006, en los bien cuidados setos de plantas de coca sembrados en jardines residenciales de Cali.
Entre la burla y la desesperanza, los artistas nacionales se proponen elaborar un discurso alrededor de una temática compleja que, desde las pipas del estrato cero de Camilo Restrepo, alcanzan una cierta aura de epifanía en las dos exposiciones de Víctor Escobar en la Galería Valenzuela y Klenner, de Bogotá: en el año 2007, aludiendo a la imagen de enormes sumas de dinero guardadas en caletas artesanales, el artista presentó en Escobarras un lujoso juego de cajas forradas de terciopelo negro, atiborradas de bien ordenados fajos de dólares. Tres años después, Escobar recicla su sentido del humor en la muestra titulada Tráquira, un vocablo inventado que tiene tanto de Ráquira como de traqueto. En esa ocasión, un grupo de impecables figuras de cerámica, elaboradas por un artesano de esa población boyacense, entronizaba en bulto la figura de algunos jefes y objetos propios del gusto emergente, cuya summa era una bota recostada sobre un cubo que mostraba, sin rubor, ¡la suela tapizada de diamantes! (hechizos, por supuesto). Supongo que John Cage tenía algo de razón cuando en cierta ocasión afirmaba que todo lo que hacemos es teatro. Y es esto lo que han procurado los artistas colombianos en décadas recientes: escenificar el fenómeno del narcotráfico con una coloración que descarta los matices sombríos de sus procedimientos. El panorama que expone el libro de Santiago Rueda es oportuno y necesario, pero falta allí un cuestionamiento más incisivo sobre la trascendencia de un cuerpo de propuestas que no logra ir más allá del iluminado escenario de las galerías y del cerrado círculo de artistas y ocasionales admiradores. En consecuencia, la manera de abordar el tema de las drogas debería estar más cerca de las pipas hechizas de Restrepo que de la pulcritud de la «nieve perpetua» de Lecca-estudio, que en todo caso vulgariza la lectura de la ya legendaria pieza de Antonio Caro con sus letras blancas sobre fondo rojo.
Carlos Barreiro Ortiz

Esta es una buena reseña de un buen libro, de ¡un libro sobre arte! Pero de un libro sobre arte que se publicó en 2009.
¿Cuál publicaron la semana pasada o, está bien, cuáles han publicado en 2011?