Sábado De Minga En La Universidad Nacional
Como bien lo escribe Cristian Valencia en la edición dominical del periódico El Tiempo, desde su columna Cortinas de Humo, el gobierno y los medios, cadenas radiales, noticieros de TV, periódicos, lograron poner en primer plano, y con toda la espectacularidad y technicolor, el escándalo de DMG, invisibilizando con ello “los graves problemas del país en materia de derechos humanos, de agresión y ocupación territorial, de legislación de despojo, y de un sinnúmero de acuerdos incumplidos con distintas organizaciones sociales”.
La Minga Nacional de Resistencia Indígena, que llegó a Bogotá con 15.000 indígenas para reclamar el cumplimiento de la ley por parte del gobierno sigue acampando en los predios de la Universidad Nacional de Colombia con un plazo perentorio para salir hoy domingo, acuerdo que muy seguramente cumplirán.
Las condiciones en que se encuentra el improvisado campamento presagian las dificultades que para ellos y para la Universidad se presentarán si este fin de semana el gobierno no resuelve favorablemente la petición de sus derechos para que ellos puedan regresar a sus sitios de origen.
El número de indígenas en el campus ha crecido y ayer seguían llegando más. La concha acústica, está repleta de carpas iglú, de tendidos de colchones y cobijas, aún en el escenario, donde también hay mesas para la reunión de sus dirigentes.
Sobre el techo de las carpas se ha improvisado un telón para proyectar cine. En la puerta hay dos estufas a gas para hacer comidas y calentar aguas de yerbas y café. Una familia embera katio ha puesto un tendido en el piso y allí mismo fabrican y ofrecen en venta sus hermosos diseños de manijas, collares y pectorales de coloridas chaquiras.
Dos hombres atienden un necesario y solicitado servicio: bajaron cable e instalaron varias multitomas donde tienen conectados cargadores de pilas, cámaras y celulares.
Por fuera de la Concha, en los nichos donde se practica tenis, varias familias han levantado sus cambuches y cocinas de gas y leña pero no pueden dormir allí pues las lluvias han inundado el pavimento.
El estadio Alfonso López mantiene sus puertas cerradas y los dirigentes han colocado allí lo que parece ser un sitio de abastecimientos. Veo salir a algunos mayores con metros de plástico negro para reforzar el campamento y hay muchos indígenas pegados a la reja, según dicen, en espera de alimentos.
Sobre la calle que va a la rectoría está instalado un largo tubo horizontal agujereado que dispara al piso agua fría; allí los indígenas, hombres y mujeres, se bañan al aire libre con alegría. Al otro costado se ha parqueado un furgón de la Cruz Roja y otro de la Secretaria de Salud para atender casos de emergencia. Hasta ahora, afortunadamente, solo se han presentado algunos casos de diarrea y un joven estudiante pasado de yagé.
En el cruce entre las canchas de tenis y el Jardín de Humbolt, que también está repleto de toldos, hay dos carros de bomberos cuyos maquinistas juegan a la lleva. Los indígenas han organizado allí una improvisada plaza: varios tenderetes pequeños, un parasol de arco iris, dos paraguas y lonas en el piso, sirven para vender cigarrillos y galletas, dulces, bolsas con todo tipo de pasabocas, litros de gaseosas y maltas.
La calle que conduce a la Concha está sembrada de sanitarios de plástico que ya empiezan a oler feo a pesar del hostigante perfume que les echan. También hay una serie de inmensos tanques de agua donde los indígenas recogen agua para la comida y lavan la ropa.
El área del Círculo de Piedras está repleta de cambuches, y las formas orgánicas de estas rocas, que sobresalen sobre el insistente plástico negro que cubre media Universidad, son como extraños totems que protegen el campamento de los malos espíritus.
La entrada al edificio de Cine y Televisión desapareció entre medio centenar de chivas y camiones que permanecen parqueados y el enjambre de cambuches que cubre todos los prados. Sobre las canchas de básquet y de fútbol que hay al frente las autoridades instalaron varios inmensos hangares de plástico blanco, que están repletos de tendidos y de gente que dormita.
La vía principal de este campamento está entre el Observatorio Astronómico y Veterinaria. A lado y lado de esta vía están parqueados la mayoría de camiones y chivas que sirven, tanto de sostén para las carpas puestas sobre ambos andenes, como para comer y dormir. Sobre los andenes de cada costado, en los prados, bajo los árboles, están instaladas las estufas a gas y los fogones de leña, que no se apagan, pues, siempre se está cocinando algo en inmensas ollas ennegrecidas y grandes palanganas: sancocho de pollo, sopa de arroz con carne o hueso, coladas con leche en polvo, guisos de carne, frituras o aguapanela y café.
Por este camino va y viene gente; y un solitario hombre en zancos que alegra a todos junto con la algarabía de un grupo de estudiantes que ha improvisado una murga de música andina con un tambor, flautas y botellones de agua que golpean con palos.
Los indígenas se sientan al pie de los fogones a calentarse y esperar. Aparentemente, no falta comida, por todos lados de las improvisadas cocinas se ven regueros de papas, yucas, plátanos, mucha cebolla, cilantro y calabazas. Pero estos alimentos no están frescos, bien porque los han traído consigo y porque las remezas que les regalan ya están dañadas. Veo en el sitio de la basura muchos bultos de comida que ya no sirve, especialmente tomates y frutos de cactus.
Algunas comunidades han organizado bien sus despensas y amarrado trípodes para colgar tiras de carne a orear. Por todos lados se han tensado cuerdas para secar la ropa, pero también se ven muchas prendas tiradas sobre el piso de cemento.
Alrededor de la oxidada escultura de Ramírez Villamizar se han instalado también varios cambuches, y su base de cemento, que ayer usaban los mayores, hoy está copada por jóvenes que conversan y fuman entre esa metálica geometría protectora.
El nuevo edificio de Ciencia y Tecnología, esa inmaculada arquitectura de cemento y vidrio sin estrenar, tiene el cupo de su primer piso lleno de iglús y toldos.
Lo mismo sucede con la entrada al edificio de Ingeniería y el de Física. En ambos sitios los cambuches y los tenderetes de ropa no dejan ver las puertas de entrada.
La plazoleta de Bellas Artes, conocida como Plaza Sésamo, se la tomaron los estudiantes como espacio de acción cultural. Convirtieron las escaleras de entrada a Arquitectura en escenario para las presentaciones de títeres, teatro, capoeira, talleres de pintura y lúdicas para niños y adultos. El edificio de Artes tiene sus puertas sembradas de sanitarios portátiles grises.
El camino que va de Artes a Música está tomado. En el cruce con al Auditorio León de Greiff hay uno de esos inmensos tanques de agua y levantaron toldos varias familias, al parecer de las más pobres, y colgaron allí su ropa de colores que contrasta con las fotos digitales del telón de fondo que ofrecen los carteles plásticos de la programación cultural. Todas las vallas, postes, paredes y vidrios están grafitiados con vivas a la marcha, pintas puestas por los estudiantes.
El rincón que ofrece la entrada a la librería está ocupado con una familia que tiene la ropa secando sobre el andén del auditorio.
El entorno de entrada a la plaza Che parece una descuadernada instalación de arte: los ladrillos rojos con aroma a Salmona que enmarcan los jardines, los carteles digitales, los pegotes de fotocopias, las estatuas de yeso al interior del León, las pintas, la ropa de todos los colores y formas, colgada o tirada, y una línea de cabuya con cientos de hojas de cuaderno con escritos, dibujos y collages hechos por niños, que empieza en la librería y, apoyándose en las columnas, termina en la puerta del edificio de Enfermería.
Detrás de Enfermería, ese edificio que un día empezó a inclinarse hacia el norte remedando mal a la torre de Pisa, está la otra parte de la Minga. El corredor está repleto de iglus, y en los jardines no hay más cupo para cocinas y cambuches.
En el parqueadero hay varias chivas, embellecidas con sus coloridos diseños de dibujos, bocelaría, Cristos y ninjas. En la mitad, más allá de la inundación habitual, se han instalado las cocinas de los indígenas que acamparon detrás del Museo de Arte.
La plaza Che es un hervidero de indígenas, estudiantes y visitantes que, sentados y acostados en el piso, escuchan informes y arengas de sus dirigentes por los altoparlantes instalados en un camión que ésta parqueado a la entrada al Auditorio. Varios hombres sostienen sus banderas que el viento agita. La mayoría lleva con orgullo y dignidad sus bastones adornados con chumbes multicolores. Los médicos portan collares de pepas y dientes y sus ruanas de colores. Varios hombres y mujeres llevan la cara pintada con diseños o coloridas manchas.
Alrededor de la plaza, que parece destruida por un temblor, pues, la torre y la Biblioteca están en remodelación y muestran su esqueleto de columnas y varillas, hay muchos estudiantes con cara de cansancio, pero también los indígenas acusan en sus rostros las largas jornadas.
En medio de los gritos y discursos, una pareja de jóvenes, trepada en un andamio recostado contra la fachada del auditorio, repinta lentamente la cara roja de un indígena que desde ahora le hace compañía a la silueta negra del Che.
Bajo ellos una muchacha, sentada en un pupitre escribe a toda carrera en un portátil lo que dicen los oradores. Los extranjeros, que imagino pertenecen a ONGS conversan con los indígenas y van de un lado a otro. Los fotógrafos de cámara que he visto desde que se inicio la Minga son estudiantes, pero hoy veo un extranjero de algún medio ambientalista. También hay hoy un profesor de la Universidad, de la carrera de Cine y TV, que está filmando detalles del almuerzo.
Es sábado por la tarde, la lluvia amenaza, y en las humeantes cocinas se sigue repartiendo, en platos, ollas, totumas y vasijas de plástico las sopas con carne o el arroz del almuerzo. Una gran parte de la Minga está el la plaza de Bolívar apoyando el encuentro de sus lideres con los ministros y van llegando graneados a comer. Muchos llegan con bultos de ropa y comida, y con los zapatos gastados.
A pesar de que el ambiente del campamento sigue siendo alegre y el espíritu está en alto, el agua que ha caído en estos días empieza a ser un problema para el asentamiento. Los pastos están anegados, más en esa zona que siempre ha sido fangosa, y marcha de miles de personas sobre ellos los está convirtiendo en lodazal.
Hasta ahora no hay nada grave que lamentar. Esperamos que hoy domingo las conversaciones sean positivas para que estos 15.000 indígenas, compatriotas invisivilizados, “gente de paz porque son de paz “que caminó desde tan lejos para “exigir sus derechos, cosa que no hemos logrado el resto de colombianos”, puedan retornar a trabajar sus tierras.
-·La letra inclinada fue tomada sin permiso del texto: Escándalo mata escándalo de Cristian Valencia. El Tiempo 23 de nov.
Dioscórides-
Profesor Titular
Escuela de Artes Plásticas.
Nov 23 de 2008

Estimado Maestro:
Gusto en saludarlo. Su casi-crónica sorprende por el detalle en la descripción de la “toma” realizada por las comunidades indígenas en nuestra querida UN, narración con fotos que agradezco pues los temas reivindicativos me interesan para mis estudios. Sin embargo, y hasta que no leí la última línea no pude percibir cual era la intención de su texto, y noto con desánimo que usted casi que los culpabiliza por la okupación y la perturbación de la vida académica normal, entonces es aquí donde me meto a comentar que las pocas estrategias democráticas que aún existen en nuestra querida patria son utilizadas, en esta ocasión, por las minorías étnicas que subsisten como puedan en el “monte”, asediados y perseguidos por los sistemas de poder,esto aunque se conozca y esté a la orden del dia, como que veces incomoda pues no es de nuestra diaria incumbencia, en el “monte” no llegan los medios de información masivo o no interesa que lleguen, y por eso no les prestan la debida atención, al parecer se cumple la consigna que lo que no es expuesto no es real. Para el bienestar de la democracia recuerdo que esta minga fue anunciada por medios alternativos, en internet se conocía con antelación, y el estudiantado (al menos el de Artes) debió de alguna manera aprovechar la coyuntura para “untarse” de realidad, y plantear algún tipo de investigación o proyecto artístico tendiente a recalcar o visualizar los hechos. Reclamo pues mas compromiso del estudiantado, mas investigación de lo que realmente sucede detrás del gran telón televisivo, la trastienda es grande, oscura y húmeda y me extraña que en nuestra afamada facultad no interesen estos temas… mientras tanto sigamos comentando el Salon Nacional!
saludos
Alexa Cuesta