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El palacio del colesterol en ruinas

El Palacio del Colesterol, expendio tradicional de fritanga, que hacía las delicias de bogotanos y bogotanas se está desmoronando. Constituido en el pasado por más de cuarenta establecimientos, hoy sus administradores están casi en quiebra. Algunos mendigos han intervenido este lugar, lo han hecho su hogar, otros lo han convertido en su letrina favorita. El Palacio del Colesterol está perdiendo poco a poco todos sus clientes. Ignoro si existen investigaciones de carácter sociológico o estético que expliquen estos cambios de hábitos en las bogotanas y los bogotanos.

¿Por qué las generaciones más recientes dejaron de comer papas chorriadas, criollas fritas, huesos de marrano, longaniza, morcillas, y chicharrones? ¿Por qué han sido desplazados de la dieta bogotana si son tan sabrosos y apetitosos, si nos producen tanto placer? ¿Qué otras fuentes de placer los han suplantado? ¿El perro caliente y la piza tendrán algo que ver? ¿Tendremos que endilgarle otro crimen a la globalización? ¿Para los hedonistas contemporáneos, sobrevive una que otra fritanguería en algún recóndito lugar de nuestra capital para gozar el placer que proporcionan estas viandas? ¿Logrará sacar la cabeza la fritanguería bogotana? ¿Algún mecenas neoliberal podrá echarle una manito económica para rescatar a estos damnificados de las coprológicas y persistentes intervenciones de los mendigos bogotanos en sus predios?

Si llueven torrentes de indeseados en el Palacio del Colesterol, no escampa en otros santuarios reales de placer en Bogotá: sus instituciones museísticas. No obstante, debemos recordar y mantener las distancias que tanto aman los estetas, los puristas, los amantes del círculo de la forma. Es prudente recordar, ante todo, que el esteta de gusto ha relacionado la belleza con placer, que lo desagradable a su sistema sensorial es feo, y que establece una clara diferencia entre placeres bellos –nobles– y placeres feos –vulgares–. Hemos establecido una diferencia contundente entre el Palacio del Colesterol bogotano y el Palacio del Colesterol mediterráneo.

El esteta de gusto se caracteriza por su ironía, considera que la solidaridad no es asunto suyo, que es una jartera: la solidaridad es una ladronzuela que perturba su disfrute de los placeres que la vida le tiene reservados. Fundamentalmente, considera que la humanidad no es más que un túmulo de hojarasca. Cuando el esteta de gusto habla de solidaridad, lo hace sentado a la mesa de su Palacio de Colesterol refinado en el único mundo; cuando se refiere a algún otro tópico de interés público, lo hace para mofarse de la moralidad pública, de sus esperanzas. Aunque potencialmente pueden ser muy crueles, entonces, no es necesario tomarse en serio a los estetas contemporáneos cuando hablan de asuntos públicos. Suelen ser más interesantes cuando nos develan sus obsesiones privadas y las convierten en materia de reflexión.

Los asuntos públicos se han constituido en una inquietud creativa para artistas no ironistas contemporáneos. Los piensan con ayuda de medios, lo que llamamos técnicas: carboncillo, témpera, oleo, acrílico, acuarela, entre muchas otras. Las técnicas son eso – instrumentos, no pueden considerarse fines del pensamiento artístico, sin equivocarse en asunto delicado. La pintura no es una idea. Aunque esta denominación engloba una variedad de componentes y mesclas, la pintura como técnica es una sola, al igual que el cine; cuando hablamos del cine de Bergman no hablamos de la técnica, hablamos de cómo el hombre pensó sus ideas mediante aquélla. El instrumento busca someter, dominar, su propósito es la utilidad sin más. El instrumento quiere poner al hombre a su servicio. Los fines surgen para pensar las libertades. Cuando el sofista confunde los medios con los fines, el hombre y la mujer quedan reducidos a muñecos de feria al servicio del instrumento. Esta es una de las razones por las cuales creemos que la técnica está al servicio del espectáculo, y que los fines se han convertido en guía moral para el hombre y la mujer.

¿La técnica de Botero está al servicio de la libertad o él está al servicio del espectáculo esencia de la técnica moderna? Botero podría ser nuestro contemporáneo si hablara menos de su técnica, esto no ha sido nunca de interés público; él podría ser interesante para los jóvenes más por sus ideas que por sus ganancias, donaciones y campañas publicitarias, si se atreviera a dejar su Palacio de Colesterol méditerranée, si se esforzara por escuchar, comprender y dialogar con nuestro presente, si pusiera su técnica al servicio de libertad humana, si dejara de afirmar que de nuestro presente no respeta nada. La hybris, ya lo sabían los antiguos, no es una virtud social ni pública. Ricardo Arcos-Palma lo ha dicho de manera contundente: ser artista contemporáneo no es hacer arte digital: es decidir reivindicar el presente: es liberarlo de sus captores. Se puede ser artista contemporáneo siendo pintor. Por la misma razón, no sería extraño encontrar artistas digitales con mentalidad mítica, medieval. La pintura no ha muerto, aún, ha sido tomada como rehén por parte del mercado. El arte en Colombia es uno más de los desaparecidos con carácter político.

El arte no ironista está tratando de recuperar la dimensión humanista que lo ha caracterizado, es decir, ha salido a restaurar el tejido humano deshilvanado por todo tipo de crueldades; el arte no ironista vuelve sobre las emociones con que ha sido modelado el humano. Este tejido artesanal y emocional es la presencia que acoge a los contrarios. El artista les erige lugares para que se realice el acontecimiento de la emoción. El artista modela y modula nuestras emociones. Cuando decimos emoción afirmamos habito: soy con otro. En nuestros días, esta expresión evidencia la soledad del humano en Occidente, nos lo muestra como un ser enajenado, la tristeza se ha convertido en su sino, es su enfermedad; la melancolía que acabó con el pensamiento de Van Gogh es solo un caso de los miles que se podrían constatar si sus ideas estéticas los hubieran redimido de su soledad eterna. Este ser triste, que repite mecánicamente la consigna de que es un ser libre, requiere lugares para realizar el habla, para habitarla: sólo realizando el habla se es libre. (Los medios masivos de comunicación han secuestrado el habla).

La sabiduría popular afirma que el humano se reconoce en la enfermedad y en la cárcel. Estos sabios intuyen que la enfermedad es una cárcel, piden a dios que nunca vayan a caer en manos de este tipo de carceleros, lo cual no quiere decir que quieran huir de la muerte, al contrario, la mortalidad es el horizonte de comprensión para la sabiduría popular. La dignidad humana consiste en el respecto de nuestra mortalidad, es decir, que nadie de arrogue el derecho de hacernos desaparecer como terminan los demás animales.

Nos manifestamos como humanos cuando hacemos presencia ante el enfermo, cuando donamos nuestra presencia como afecto, amor y solidaridad: cuando nos encontramos emocionalmente con quien padece la injusticia de las cárceles contemporáneas, –el hospital es la más sentida de ellas. La presencia que erige el arte articula en torno suyo emociones, solidaridades. Nos defrauda el arte y la humanidad cuando no hacen presencia en los momentos que más las necesitamos, es decir, en todos los momentos. El artista contemporáneo no ironista hace presencia con su pensamiento cuando los medios que convoca producen cosas para albergar a los contrarios y para las cuales no existe interpretación a corto plazo. No puede haber interpretación porque ésta no es la finalidad del pensamiento a corto plazo, su propósito es erigir lugares para el habla, para establecer encuentros en nuestras cercanías, para la emoción de reconocernos en nuestra vulnerabilidad de animales diferentes. El arte muere cuando es concebido para la interpretación. La interpretación, si ha de llegar, será cuando la presencia artística haya dejado de significar, cuando ya no pueda proporcionar albergue a los contrarios. Los artistas jóvenes colombianos contemporáneos sabrán construirnos esos albergues, sabrán triunfar allí donde muchos hemos fracasado.

Jorge Peñuela