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Los desastres de la guerra

Los desastres de la guerra

Giovanni Vargas vive en Bogotá, a la altura de Chapinero, cerca a la carrera quinta, y no le gusta lo que está pasando en esa zona. En los últimos años la demolición de casas y edificios ha sido inclemente, lo viejo es tumbado para construir nuevos habitáculos que no hablan con el entorno, construcciones autistas, una marea alta de mierda en placa de ladrillo producto de una gula rentista que vive atragantada con el metro cuadrado: las nuevas construcciones se arrojan a manera de muralla y sin pudor sobre la calle, no estiman una distancia prudente con el andén o con la edificación vecina, y donde antes habitaba una familia, en el caso de una casa, o un conjunto de personas, en el caso de un edificio, ahora vive un barriada entera arrumada en cajitas de bocadillo esparcidas por varios pisos; algunos apartamentos tiene vista a los vecinos de enfrente y todos tienen unas ventanas tan estrechas que parecen hechas con la intención sombría de hacerle la vida difícil a cualquiera que intente ejercer el derecho al suicidio. Esta “nueva arquitectura” hace que algunos de los parcos y opacos edificios construidos en los años 70 y 80 parezcan grandes obras de la arquitectura nacional, cuando lo único que tienen es una distribución generosa del espacio donde la presencia física del portero y de las rejas no se le arroja en la nariz al visitante, los parqueaderos son escasos pero amplios y cuentan con uno o varios antejardínes que delatan la existencia de un elemento vital y que los nuevos contructores consideran como mero ornamento: el aire.

Giovanni Vargas no es crítico de arquitectura, la categoría al parecer no existe, el gremio de los arquitectos, a pesar de ser altamente opinionado, no cuenta con un tradición crítica en la prensa, ahí sólo se habla de premios, de anuncios, de diseño de interiores o de urbanismo (“¿por dónde va a pasar el metro?”), y de utopía y lúdica (“ciudades imaginadas”, “derivas urbanas por el Barrio Santa Fe”); pero no se hace crítica, al menos a casos concretos, a esos edificios que día a día ocupan más espacio y donde, a diferencia de una crítica que ha preferido el mutismo, sus progenitores si se atreven a jugar con las palabras; aunque lo hacen de manera descarada, cuando tumban un árbol de un antejardín usan el nombre del ejemplar de la especie arrasada para darle nombre a toda una serie de edificaciones estrechas que incrustan en ese mismo terreno: El Nogal I, El Nogal IV, El Nogal XXIII.

No, Giovanni Vargas no es crítico de arquitectura, es tan sólo un artista que ha hecho una serie de obras sobre esos desastres de la guerra de la finca raíz y, por ejemplo, hace silueteables en papel donde invita a repasar con furia tensa el croquis de esas infames construcciones; aunque uno quisiera que él fuera un arquitecto, o al menos un crítico de arquitectura, y que pudiera darle adjetivación pública por escrito a todas esas edificaciones mediocres, y ver si el escaso valor arquitectónico que tienen para la crítica afecta en algo su precio; un último deseo sería pedir que todos los arquitectos que construyen esos edificios dejaran de hacerlo y dedicaran sus energías creativas a la pintura, al video, al performance, a la multimedia, a la acuarela, y expusieran sus adefesios en la inocua esfera pública del arte, en exposiciones temporales, efímeras, donde sólo los vea un curador o un curador urbano (una profesión lucrativa pero aún más impotente). Hay maneras de soportar el mal arte, de hacerlo llevadero, de ignorarlo, pero la arquitectura se vive día a día, y si es pésima se sufre y hace de la vida algo miserable.

Una realidad: luego del gran temblor que destruirá Bogotá, la ciudad tendrá una nueva oportunidad para el ejercicio de la arquitectura, de la curaduría urbana, del urbanismo, de la crítica, por ahora hay que esperar, cada uno metido en su hueco.

—Lucas Ospina

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