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Lápidas y lugares comunes

Auras anónimas, la obra de intervención urbana de Beatriz González en el Cementerio Central, ha abierto la discusión sobre qué tanto arte público existe en Bogotá. Aunque su obra no fue realizada con este fin, es tal su poder evocador que ya inspiró un encuentro de arte público en la ciudad.

Rodrigo Restrepo*
Bogotá

Lo primero que sorprende de Auras anónimas es el silencio. Ni los taladros de los marmoleros ni los buses de la calle 26 parecen afectar la atmósfera sepulcral de esta parte del Cementerio Central donde ya ni siquiera reposan los difuntos. Pero lo que realmente impacta es la dimensión de la obra: cuatro inmensos columbarios —más largos que una cuadra bogotana— con casi nueve mil tumbas. Al caminar por los largos corredores se tiene la impresión de entrar en una dimensión fuera del tiempo. El piso ajedrezado recuerda al infinito y solo el aletear súbito de una paloma o el crujir de una hoja seca rompen la calma del lugar. Sin embargo, no hay nada de tenebroso en esta monumental intervención urbana de Beatriz González, y sí mucho de tributo y de sagrado. Cada una de las tumbas vacías fue sellada con una lápida que expone las siluetas serigrafiadas de hombres cargando muertos. Estas imágenes están inspiradas en unas fotografías de prensa aparecidas en el 2003, que mostraban la trágica épica de un grupo de campesinos llevando a cuestas los cadáveres de sus compañeros asesinados por la guerrilla. Los llevaban en hamacas, amarrados con cuerdas o en lonas de plástico. González quiso hacer de estas imágenes desgarradoras —que hubieran desaparecido rápidamente en la avalancha de la información mediática— un ícono. “Hay que crear, de parte del arte, unos sistemas que fijen estas imágenes y guarden la memoria”, dice. La obra reflexiona sobre la triste ironía de cargar muertos en pleno siglo xxi, cuando en el siglo xix se cargaban vivos.

Pero más profundamente plantea la paradoja de un país repleto de fosas con muertos anónimos, mientras el cementerio de la capital no solo tiene miles de tumbas vacías, sino que corre el riesgo de ser demolido para dar paso a un parque recreativo. “En esta época de guerra es muy importante hacer una reflexión sobre los sitios ceremoniales, los sitios que guardan la memoria —explica—. Estos sitios de culto están siendo abandonados para convertirlos en otras cosas”. González, además, quiso imprimir un gesto simbólico sellando las auras de todos esos muertos sin nombre, guardándolas para que no se quedaran volando por el ambiente. Luego de un rato de caminar entre la obra, la impresión que queda en lo profundo es la de estar asistiendo a un gran ritual: una marcha silenciosa en la que miles de hombres cargan el karma de un país en guerra y traen por fin la muerte a donde le corresponde. Auras anónimas es quizá la obra plástica de intervención urbana más grande que se haya hecho en Bogotá. Por decisión de la artista y de su alumna Doris Salcedo —de quien provino la idea de usar los columbarios como lugar de intervención artística—, la obra durará tres años. En ese sentido es una obra única en la ciudad, no solo por su carácter efímero sino porque más que un objeto de arte pretende ser una acción artística. Por eso su sola presencia plantea un interrogante: ¿existe un arte público contemporáneo en la ciudad? A primera vista parece que sí. Aparte de la estatuaria de los conquistadores y los próceres de la independencia, hay una serie de obras de arte moderno ubicadas en puntos estratégicos: la Mariposa de Negret en San Victorino, las Muñecas de Grau en el Parque Nacional o el Ala solar, esa enorme estructura metálica, frente al edificio de Catastro. “La estatuaria es importante porque acostumbró a los bogotanos a que el espacio público se ornamentaba. Y el arte moderno permitió que la gente viera que el arte no es solo una representación figurativa”, explica Juan Carlos Pérgolis, profesor de la Universidad Nacional y experto en urbanismo de Bogotá. Pérgolis recuerda que en la década del sesenta hubo una ley que obligaba a que todos los edificios públicos de gran tamaño tuvieran una obra de arte. La ley fue toda una novedad incluso a nivel latinoamericano.

Sin embargo, dice Pérgolis, “dio pie a que se hiciera cualquier cosa”. Para González, el asunto es aún peor: “Bogotá es una ciudad fracasada en el tema de arte público —dice—. Desde mitad del siglo xx están poniendo obras sin consultar y forzando una intervención urbana sin mucho sentido”. Eso es, justamente, lo que para González representa una obra como la Mariposa de San Victorino. “La obra tiene que tener un sentido, debe poder explicar el sitio donde está y dialogar con él”. Según Pérgolis, el arte público hoy es un arte de acontecimientos, no de objetos. Se trata de transformar por un momento el espacio urbano, transgrediendo la estabilidad de la ciudad, o simplemente dándole nuevos sentidos al lugar o a la percepción que se tiene de él. Callejero vs. público Si bien las artes plásticas contemporáneas no han nacido aún en los espacios públicos de la ciudad, el arte callejero, ese hijo suyo más espontáneo y salvaje, goza de muy buena salud. Muestra de ello es la exposición Memoria Canalla, que desde julio hasta octubre recopila en el Museo de Bogotá parte de la historia del grafiti y el esténcil. Además, convoca en exposiciones y conferencias, en escenarios como el Mambo, la Asab y Uniandinos, a algunos de los más destacados artistas callejeros de la escena mundial, como la fotógrafa Martha Cooper (Estados Unidos), el brasileño Onesto, el inglés Tristán Manco o el colectivo Fumakaka (Perú). Frente a la entrada principal del cementerio, al otro lado de la 26 y muy cerca de Auras anónimas, están las ruinas desocupadas de dos edificios recientemente demolidos. Sus paredes, que aún dejan ver tuberías y baldosas de baño, se han convertido en murales perfectos para el arte callejero.

Hay un retrato en esténcil de Pablo Escobar, otro de la imagen de un Buda y un perfil con gran detalle del rostro de un punk. Al lado de las figuras se leen las firmas de los más populares artistas callejeros: zaz, Stink y Toxicómano. Basta con caminar un par de cuadras por el centro de la ciudad para darse cuenta de que en cada semáforo hay pegados stickers ironizando la guerra: un soldado apuntando una ametralladora, un hombre con una prótesis de escopeta o un Che Guevara vistiendo una túnica papal. Y solo hace falta recorrer la ciudad con un poco de atención para descubrir inmensos murales pintados con avanzadas técnicas de aerosol. La mejor manera de generar un cuestionamiento es llegando directamente a la persona, y no esperando a que la persona venga a la galería”, dice Juan Peláez, quien fue el ganador de la convocatoria distrital para el proyecto Lugares comunes. El arte se instala en Bogotá (ver recuadro). Aquí es donde la historia empieza a cambiar. Lugares comunes es un ambicioso proyecto de la Secretaría Distrital de Cultura que por primera vez convoca a artistas locales, nacionales e internacionales a intervenir con obras efímeras la ciudad. Surgió inspirado en Auras anónimas, y está planteado como una muestra bienal de la talla del Festival Iberoamericano de Teatro. “A mí no se me había pasado por la cabeza hacer arte público —dice González—. Mi propósito era que no tumbaran la memoria”. Así, un poco sin quererlo, su obra parece convertirse en el comienzo, o al menos en el centro de gravedad, de una nueva manera de entender el arte público en Bogotá.

Arcadia

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