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Es posible que a veces yo no hubiera hablado de arte. Recuerdo cómo, en los años setenta, por ejemplo, incluso me atreví a acusar de plagio a una artista, porque en uno de mis viajes a Nueva York ví el trabajo de una escultora que, según me pareció en ese momento (pero ahora ya un poco menos), trazaba una línea transparente como un calco entre la obra de aquella mujer colombiana de origen judío y aquella norteamericana de origen judío. Recuerdo también que yo discutía con el curador del Museo de Arte Moderno sobre el uso descarado que yo veía que hacía de su poder e influencia para demarcar el rumbo del arte contemporáneo de esa época. Recuerdo que inclusive le acusaba de manipular, a favor de la galería que apadrinaba, la tasación de los artistas que exponían en el museo dentro del mercado de arte local.

Sí, recuerdo con nostalgia que en esa época se hablaba más de cierta economía política del arte que de teoría del arte. Lamento que esos tiempos se hayan ido y ahora nos quede este remedo de ágora, donde todo el que cree que tiene algo que decir lo diga sin reparo alguno.

¡Ya basta de tanta desinformación y falta de rigor! ¿Por qué su editor no se atreve a limitar las participaciones a lo que realmente vale en el mundo de los discursos sobre el arte: la retórica que emana de las obras? Es necesario controlar de una vez por todas semejante flujo de información, para que la oralidad no se tome por asalto el buen feudo de la estética, y los verdaderos maestros vuelvan otra vez a orientarnos con sus sabias palabras. Se extraña en este país sometido al autoritarismo mediático (y mediatizado), la presencia de una voz cantante, que indique el camino, que baraje tendencias y calcule las apuestas formales de nuestros artistas. Creo que esferapublica es un sitio de encuentro de disconformes y desadaptados, que nada bueno podrá salir de ella y que si no es saludablemente reconducida, sus perspectivas de futuro se verán reducidas de manera preocupante.

Si todo el que quiera hablar sobre arte, o sobre teoría del arte, o sobre instituciones que tratan con arte, o de personas que tratan con arte, puede hacerlo ¡Qué infierno de disonancias agrediría nuestro espíritu!

Este tipo de experimentos debe ser limitado al máximo, para proteger la buena fe del público nacional, tan desorientado en cuestiones de arte nacional. Por ejemplo, si la exposición de Miguel Ángel Rojas no es analizada más que por la selección que hizo su curador ¿Qué clase de discusión valdría la pena escuchar sobre ella? Acaso, para quienes nos vemos diariamente ofendidos por ese pavoneo incesante de escritorzuelos sin oficio ni beneficio, nos quede el consuelo de escuchar al curador en una de sus conferencias, y entender por qué eligió lo que eligió. Que nos indique cómo debemos orientarnos entre esas obras.

Ya nadie habla de las obras, y los pocos que lo hacen no lo hacen bien. ¡Han olvidado a los maestros! Se asfixian en sus luchas intestinas y no ven que siempre hay que establecer consensos a nivel estético, como hacía yo desde mi tribuna radial, o cuando fungí como curador del Museo de Arte Moderno, o como profesor.

Guillermo Vanegas

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