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Muchas revistas (2)

Muchas revistas (2): “Cuando entendí qué era el futuro, vivía en un pueblo donde esa palabra no tenía mucho sentido”

Manuel Kalmanovitz, director, Revista Matera, No. 2, Bogotá, I semestre de 2010.

No sé cómo explicar el siguiente lapsus: pensé escribir sobre una revista que había estado leyendo recientemente, pero no la encontré por ningún lado.

En cambio, sí encontré un librito –muy similar en su formato y el tono de sus escritos a la revista que me interesaba- que me gustó mucho desde la primera vez. Era Happy Days, proyecto del artista Juan Mejía con diseño de La Silueta, que se le ofrecía a los asistentes a la exposición del mismo nombre en la galería Valenzuela Klenner en abril. Creo que en esa oportunidad, la gente que quería una copia debía meter una moneda en un tarro de vidrio de boca ancha. Creo que era así, aunque ahora mismo no estoy muy seguro. También recuerdo, esto sí muy bien, que me gustó que una exposición hubiera estado acompañada por un libro, que en éste todos los aportes tuvieran el mismo título y, de entre ellos, que en el que firmaba Sandra Rengifo se dijera: “esas reuniones suelen parecer grupos de rehabilitación que repasan su miseria sin percatarse que pasarán por aquí quedando como un simple dato estadístico de lo que hicieron o no por la cultura, por el deporte o qué se yo. Al final, para despedirse y sin ninguna diferencia entre los rehabilitados, se abrazan, se dan la mano, se besan y hasta lloran sin percatarse los unos a los otros en si infinita hipocresía”. Hoy volví a abrir esa parte. Creí que todas esas decisiones eran afortunadas y recuerdo también que cuando hablaba con los demás sobre esa exposición les decía que Juan Mejía es “el mejor artista colombiano de su generación”, añadiendo que “al ver la concreción de gran parte de sus propuestas uno no puede dejar de agradecer que ese artista hable sobre lo que habla y lo haga como lo hace.” Quienes podían escucharme se miraban extrañados y se alejaban –“¿cómo es que alguien habla así en estos días? ¡Pendejo!”. Simplemente no me creían. Ahora sé por qué cometí ese lapsus.

En fin, cuando encontré la revista Matera recordé mi admiración por Happy Days y la inventarié: utilidad de un formato realmente portátil (no como otros fiascos que ¡por favor!), cuerpo interior impreso a dos tintas donde a veces se acierta en la ubicación del color, una portada que la asemeja a ciertos productos editoriales new age y, lo mejor de todo, un tema: a lo largo de sus páginas, muchas personas dan su versión del futuro.

Y continué con el inventario: entre esta comunidad de autores se reiteran temas como su afecto por la obsolescencia planificada, una preferencia por narraciones urbanas y autobiográficas, y, a consecuencia de esto, un rechazo tranquilo hacia las posturas grandilocuentes. De hecho, entre ellos nadie está indignado. Aunque, tras esta enumeración puede que alguien lo haga. Habrá que esperar al futuro.

Además, resulta interesante notar cómo gran parte de los aportes que se presentan allí combinan futuro y muerte. En cierta forma, pareciera como si muchos de ellos pensaran en eso preguntándose qué va a pasar luego de que mueran o cómo continuará el mundo cuando ya no estén, si van a envejecer quietos como una planta, si el futuro hace parte de una línea o una burbuja, si la ciencia ficción será un triunfo, si es posible documentar algo con dibujos y antes de que desaparezca o si simplemente la cosa es cuestión de alcoholismo, esquizofrenia y promiscuidad. Un artista francés que escribió su epitafio puso “por otra parte siempre es el otro quien muere”. De pronto, al leer Matera alguien pueda tener claro eso, que nadie tiene idea de cómo será su desaparición. O que su futuro, como dice Luisa Roa,

“… era un tiempo de deseos no satisfechos, un lugar en el que todo podía aparecer y desaparecer. El futuro jugaba conmigo, más le habría valido dejarme entre las vacas y los cerdos que no piensan en eso. Aunque luego lo pensé bien y concluí que finalmente sin el futuro todo habría sido muy aburrido y quizás sería monja en este momento.”

Ah sí, a algunos autores también les parecía que el futuro era un ente que poseía conciencia propia.

Guillermo Vanegas

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