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dóciles soñando a Mefisto

En la foto del periódico Juventud Rebelde, el comandante en jefe Fidel Castro posa dilucidando en torno a una mansa obra bidimensional de autor desconocido. El artículo era sobre Kcho, ex titán del arte cubano, quien en 1995, a los veinticuatro años, regresó desde Korea del Sur a la Habana con el gran premio de la bienal de Gwangju a cuestas (y cincuenta mil dólares en el bolsillo en tiempos del período especial más difícil).

Su pieza ganadora –según los registros que se encuentran en la red- Para Olvidar, consistió en una canoa sobre un mar de botellas, en directa alusión a la cuestión de los balseros, problema (o síntoma) con el que ha lidiado permanentemente el régimen cubano. Luego Kcho fue grande y dio vueltas por el mundo como algunos de sus colegas de la generación de los 90s, la cual gracias a la incuestionable inteligencia (y esto es sin el menor sarcasmo) del gobierno, hizo un agosto durante casi toda la década, vendiendo obras que criticaban o señalaban síntomas internos. Los del gobierno una buena tarde, después de la experiencia con la generación de los 80s (a la que habían censurado al punto de encanar seis meses a Angelito Delgado por cagarse encima del periódico Granma en la inauguración de la colectiva El Objeto Esculturado), decidieron dejar que los artistas critiquen (siempre ambiguamente) –total son quinientos gatos que se conocen solo entre ellos- y es más, les facilitaron todo, cero impuestos, permisos para viajes, etcétera, para consolidar la plataforma que hizo del arte cubano de los 90s (crítico y político) uno de los más apetecidos en el mercado anglosajón. Las relaciones de poder en la isla, cabe aclarar, no se inmutaron.

Kcho tuvo tan buenos momentos, montado en múltiples obras con canoas, que la Bárbara Gladstone de NY lo hizo parte de su lista inmaculada. Así vivió unos años hasta que la mano de Fidel sobre su hombro le pudo. Kcho aceptó ser gobernador de su tierra natal, Isla de la Juventud, por pedido personal de Castro. Acabaron, por este cruce, los amoríos con la Gladstone. Qué difícil – joder- lo de la relación del arte con todo tipo de poder. Fausto era una ameba… Y uno, rascándose las… cejas y escribiendo…

¿Quien sabe cómo será el video de Wilson con la agrupación guerrillera? Sin sarcasmo (otra vez), la papaya del galardón de la censura da para que lo compre la Daros y lo ponga a circular; de eso sabrán mejor quienes son protagonistas en ese ámbito. Pero aquello también podría ser candela… (Wilson, que pena, espero sepa dispensar esta elucubración al viento y sin suficiente –por suerte- autoridad).

Van también unas perlas que encontré en una Caras de octubre pasado y que caen como cereza en el postre para este leve aporte sobre la inevitable, promiscua -y ojalá no ingenua- relación entre arte y mando.

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Andrés Matute