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Un nuevo Tintin en el Congo

Un nuevo Tintin en el Congo

En un video el artista arrastra un gran cubo de hielo a través de las calles de Ciudad de México. El cubo se derrite hasta convertirse en un charco. En la pantalla aparece el pedagógico lema: “A veces el hacer algo no lleva a nada”. En otro video el artista se ha filmado mientras trataba de meterse en un tornado. La etiqueta que lo identifica en el museo expresa una colosal perogrullada: que la obra se ha “inspirado en el deseo humano fundamental de perseguir lo inalcanzable”. En un tercer video se ve un volkswagen escarabajo ascendiendo por una carretera en un entorno de reconocible pobreza, al son de una música de banda de pueblo. La música se detiene, el carro se rueda por la carretera y la banda ensaya la música.

Una muestra de artesanía conceptual

Una muestra de artesanía conceptual

Fui de visita a una sala, en Cartagena de Indias, tres veces. Fui a la misma hora todos los días mientras estuve en la ciudad, como si cumpliera con visitar a un enfermo. Iba a ver una exposición de arte. Aguanté dos horas y media el primer día, resistí tres horas el segundo y el tercero alcancé a quedarme otras tres. Había cuatro paredes blancas. En cada pared había piezas: cosas hechas por personas que las habían compuesto con el fin de que fueran puestas allí, en la pared, junto a otras cosas. Yo iba con la misión de guardar en la memoria las cosas que viera, las que me ocurrieran mientras estaba en aquella sala y las que se me ocurrieran mientras veía unas cosas y me pasaban otras. No llevaba cámara fotográfica, de modo que apunté en una libreta lo que veía y observaba: transcribí las fichas técnicas de cada pieza (el autor, la técnica, la fecha), describí cada una de las imágenes que desblanqueaban la pared, y consigné las preguntas que pude hacerme mientras se me cansaba la cintura de tanto estar de pie, mientras se me cansaban las rodillas de tanto estar de pie, y mientras se me cansaba la imaginación de tanto ver cosas que no conseguían llegar a la imaginación pues no parecían querer llegar; pues cada una se rebalsaba de sí misma en su satisfacción de haber sido invitada más que en el acontecimiento de haber sido inventada: la pared, no la mirada del visitante, parecía ser su punto de llegada.