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Modus Operandi: El Mapa Es El Territorio

Posted on 03 September 2010 by [infoesfera]

“El mapa es el territorio” presenta tres conferencias y una curaduría que abordan casos de artistas que han utilizado la cartografía para visualizar lugares utópicos, generar contralecturas, hacer explícitas las tecnologías de representación con las que se produce el espacio, develar relaciones de poder a través de la cartografía crítica y desplegar acciones en el espacio público.

Inscripción:

Entrada libre con inscripción previa enviando un correo con su nombre y número de cédula a modusoperandi@areadeproyectos.org

Lugar:

Conferencias: Centro de Eventos Biblioteca Luis Angel Arango. Calle 11 # 4-14
Exposición: El Parqueadero. Primer piso, Museo de Arte del Banco de la República. Calle 11 # 4-21

Programa

22 de septiembre

11:00 am

Haga un mapa. No calque. Conferencia. Jan Erik Lundström, curador. Ya no es cierto que el mapa no es el territorio.  Al contrario, en la cultura contemporánea el territorio se genera a través del mapa.  Los mapas producen territorios.  Una de las herramientas más potentes de la creación de mundos, las prácticas cartográficas, como se discuten y ejemplifican en esta charla, son utilizadas en una variedad de campos discursivos como la geografía, la ciencia política, el arte, y los estudios culturales.  Sin embargo, las cartografías críticas actuales no son presentaciones de datos conocidos y estables, o datos asegurados que reflejan realidades establecidas y duraderas; los mapeos son más bien exploraciones hacia un conocimiento nuevo; los mapas son campos de relaciones de poder con múltiples entradas; los mapas no son calcados sino interpretados; los mapas son compromisos con aquella fantasía de una nueva ciencia/arte o aquella manera de saber de cada nuevo mapa.  Pero igual a toda traducción, los mapas son, siempre, traducciones y traducciones erradas que nos piden, como los usuarios de mapas, que nos volvamos nuestros propios cartógrafos.

5:30 pm

Inauguración de la exposición El mapa: cartografías críticas, curada por Jan Erik Lundström. Se trata de un encuentro multifacético de la cultural global contemporánea que involucra a más de 30 proyectos artístico-cartográficos. A través de un acercamiento amplio y generoso a los mapas y las prácticas cartográficas actuales, esta exhibición ofrece una plataforma donde se permite la mezcla o colisión de las prácticas artísticas, culturales, políticas y científicas de mapeo.

23 de septiembre, 5:30 p.m.

Mapas y diagramas como prácticas discursivas. Conferencia. Erick Beltrán, artista. Vive y trabaja en Barcelona. Su presentación se enfocaría en los mecanismos que definen, evalúan, clasifican, seleccionan, reproducen y distribuyen imágenes para crear discursos cartográficos, políticos, económicos y culturales en la sociedad contemporánea, así como en la manera en que se puede diagramar y evidenciar estas figuras.

24 de septiembre, 5:30 p.m.

Arte, ciudad y cartografía. Conferencia. Tomás Ruiz-Rivas, artista. Vive y trabaja en Madrid. Su presentación iniciaría con una breve introducción a la dialéctica campo/ ciudad en los albores del capitalismo (Trecentto italiano), la construcción del espacio urbano, la ciudad industrial (siglos XVIII y XIX), el giro que supone la aparición del paisaje urbano; el trabajo directo sobre el tejido urbano (Situacionistas, performance, Matta-Clark). Presentación de casos de trabajos sobre el territorio, en los que la noción de mapa o cartografía tienen varios grados de relevancia: los mapas de diferentes ciudades del artista Rogelio López Cuenca, el Museo de la Defensa de Madrid, Post It City y el Centro Portátil de Arte Contemporáneo.

Inscripción

El seminario no tiene costo, pero dado que hay cupo limitado debe inscribirse enviando un correo con su nombre y número de cédula a modusoperandi@areadeproyectos.org

Lugar

Las conferncias se llevarán a cabo en el auditorio del Museo de Arte del Banco de la República. La exposición estará abierta al público entre el 22 de septiembre y el 23 de octubre en la sala El Parqueadero, situado en el primer piso del Museo.

Museo de Arte del Banco de la República
Calle 11 Nº 4-21

El mapa: cartografías críticas
El Parqueadero
Horarios: Lunes a sábado de 2:00 p.m. a 7:00 p.m. (cerrado los martes)
Entrada gratuita

El Mapa es el Territorio es un evento organizado por el Departamento de Arte de la Universidad de los Andes, con el apoyo del Banco de la República y la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

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Las Pinturas De Gabriela Pinilla

Posted on 26 August 2010 by [infoesfera]

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La mezcla es perfecta: ingenuas y perversas a la vez. Así son las imágenes de la artista Gabriela Pinilla, que se expondrán en Bogotá a partir del 25 de agosto. Y en el origen de su iconografía, una obsesión: David Lynch.

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La tesis de Gabriela Pinilla, Cartillas para aprender Historia, fue una excentricidad académica. Dice la artista: “Cuando estaba terminando arte en la Tadeo enseñaba en una escuela de carreras industriales y allí me di cuenta que los conocimientos históricos de los estudiantes eran pésimos. Pensaban que Galán y Gaitán eran el mismo. Por eso me dio la locura y diseñé unas publicaciones en forma de cartilla sobre dos personajes que admiro: María Cano y Camilo Torres Restrepo.” Diagramadas como una cita a la heroica gráfica comunista, con colores planos y representaciones simplificadas de fuerte trazo, estas cartillas fueron terriblemente polémicas: algunos profesores las tacharon de panfleto. “Casi no me dejan graduar —asegura Pinilla—, pero lo logré y para descansar del alboroto lo primero que hice fue alejarme de cualquier intención política y me puse a pintar a mis abuelas y a mis tías a partir de unas fotos viejas que encontré en un álbum familiar”. Sin el afán de la tesis, la artista se sumergió por completo en la historia de sus parientes y conocidos y se dedicó a intentar lo imposible: con mucha paciencia, dibujar sin calcar, a mano alzada y “pintar bien” (clásicamente, capa sobre capa). “Cuando tenía quince años —recuerda Pinilla—, pintaba vírgenes impresionistas, llenas de manchones, en dos minutos, porque soy terriblemente impaciente; pero ahora puedo durar diez horas haciendo una mano”.

El próximo 25 de agosto en la Sala Alterna de la Galería Santa Fe del Planetario de Bogotá, Gabriela Pinilla inaugura Los búhos no son lo que parecen, su más reciente proyecto, conformado por pinturas de fotogramas sacados de nueve películas (y una serie de televisión) de David Lynch. “Cuando estaba haciendo los retratos familiares —asegura emocionada Pinilla—, vi Blue Velvet y me impactó tanto que dije: ‘Tengo que hacer un cuadro de esta película’. Escogí a Dorothy Valens (Isabella Rossellini) saliendo desnuda de entre los arbustos porque me parecía muy bonita la luz y el color de la escena. Luego, viendo un documental sobre la película, me enteré que esa fue la parte más criticada, la que más repulsión le produjo a los espectadores. Así comencé a buscar todas las películas, series de televisión y proyectos de Lynch; me volví fanática”.

Al hacer estos retratos de películas y pasar del álbum familiar al cine (o al video), la artista muestra cómo las películas se han vuelto “familiares” y cómo la relación entre el séptimo arte y la pintura es cada vez más estrecha. Acaso ¿no se derivó el cine de la fotografía, de la misma manera en que la fotografía se derivó de la pintura? Pero hoy su cercanía es notable y no es solo que los espectadores prefieran ver películas en casa en televisores de pantalla plana colgados en la pared, como si fueran pinturas. Hay fanáticos del cine que pintan como haciendo películas: Francis Bacon (un favorito de Lynch) admiraba a Eisenstein y a Buñuel, y quería recrear en el lienzo los juegos de plano-contraplano y la acción y el movimiento típicos del cine. A la vez, hay pintores que seducidos por el tiempo, cambian pinceles y paleta por una cámara y se vuelven cineastas: las películas de Robert Bresson, Peter Greenaway o el mismo Lynch son como pinturas en movimiento y poseen una profundidad, una “personalidad” ausente en la mayoría de los productos de la industria cinematográfica. El caso de David Lynch es notable: estudió arte en The Academy of Fine Arts de Pennsylvania, donde conoció los experimentos surrealistas de Magritte y Ernst que cuestionaron el culto ciego a la razón y a la idea de progreso, en una época en que la fabrica se usó para el exterminio masivo. La primera guerra mundial puso en crisis a Europa y los artistas mas agudos señalaron lo absurdo del momento. Por eso los surrealistas hicieron eco de lo irracional, de los sueños y las pesadillas del hombre moderno. Ellos se dieron cuenta de que las cosas no son lo que parecen y que hay razones (y sinrazones) ocultas detrás de todo: de los discursos, de las pinturas, de las películas. Cuando Magritte pintó una pipa y debajo de esta escribió “Esto no es una pipa”, evidenció la mentira detrás de la pintura. Cuando Buñuel y Dalí rechazaron (tanto en la grabación como en el montaje) cualquier imagen o idea que pareciera tener una explicación racional para realizar Un perro andaluz (su violento cortometraje rodado en 1929), mostraron en vertiginosa ambigüedad los juegos de apariencias detrás del cine y el poder persuasivo de la imagen en movimiento. Como discípulo juicioso de los anteriores, David Lynch ha sido un crítico agudo de la sociedad norteamericana y de su cine (esa industria capaz de vender las más grandes mentiras, con toda facilidad). “Lynch —dice Pinilla— toma los elementos básicos de la vida soñada en Norteamérica, el pueblito pintoresco, el cafecito, las señoras que hacen tortas, y les da la vuelta… todo esto resulta siendo el maquillaje que tapa un caño negro y podrido”. Las películas de Lynch pueden ser vistas como la lucha entre el bien más puro e ingenuo y el mal más aterrador; así como estas pinturas de Gabriela Pinilla son ingenuas y “malvadas” a la vez (además de su tema, han sido elaboradas en medio de una lucha entre el “pintar bien” y el “pintar mal”). Y las relaciones continúan, pues Lynch ha pasado del gran formato y las súperproducciones, a trabajar con cámara de video y a subir en Internet sus proyectos realizados de manera doméstica; mientras Pinilla ha pasado de pintar el álbum familiar (lo propiamente doméstico), a pintar las películas de Lynch.

Los búhos no son lo que parecen (título tomado de una frase que dice un gigante en un sueño en Twin Peaks) además de ser un curioso caso de apropiación y un homenaje que vincula cine y pintura, señala, por la manera en que ha sido realizado, una actitud contemplativa constante que nos invita a observar más allá de la superficie de la imagen. El resultado es doblemente inquietante: Pinilla le hace espejo a Lynch al retratar los personajes de sus torcidas historias mientras que, como otra “pintora de provincia”, celebra lo torcido y desencajado de la imagen en pinturas que semejan ser de otro tiempo. No están cargadas de ironía, no son obras seriales o conceptuales, ni son un juicio a la pintura misma o a la historia del arte. Sin pretensiones artísticas y políticas y como resultado de un proceso dispendioso y lento, parecen estar más cerca de la artesanía o la pintura popular que de la academia. Son ejercicios pacientes de observación, dibujo y aplicación de color que debido a sus “errores” poseen una ingenuidad encantadora; pero además, como han sido escogidos y realizados con tanto esmero y convicción, es inevitable sospechar que ocultan algo más.

Humberto Junca

Las pinturas de Gabriela Pinilla

publicado en Arcadia

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Arte Político Decorativo

Posted on 17 August 2010 by [infoesfera]

Nunca una exposición de arte ha logrado que los espectadores salgan furiosos de un recinto, resueltos a romper vidrieras e incendiar bancos o edificios gubernamentales con la intención de protestar contra las condiciones sociopolíticas en las que vivimos. Nunca un coleccionista de arte político ha dejado de comprar una pieza para, con ese dinero, financiar algún tipo de revolución que resulte provechosa para quienes padecen. Ningún pobre tiene, decorando las paredes de su casa, un Miguel Ángel Rojas o un Doris Salcedo. Jamás algún sobreviviente de una masacre ha visto en el arte el bálsamo para enjugar sus heridas; algunos, tal vez mutilados en combate o por la acción de una mina, se dedican a pintar tarjetas navideñas o paisajes con la boca o con el pie, buscando recoger algo de dinero, pero ese es otro asunto.

Una buena parte, cada día más grande, de artistas en Colombia, aborda en su práctica profesional temas políticos o, más bien, politizados: en sus obras hablan de violencia, de miseria, de muerte y desplazamiento, de corrupción política y de narcotráfico. Critican al Estado y a los actores armados; rechazan la cultura traqueta y señalan el estado de corrupción moral en el que ha caído el país, haciendo las veces de emisarios de una supuesta postura ética. Esos son los temas de una exposición de arte promedio en el país y es ese “llamado ético”, de hecho, el eje que estructura la obra de los artistas nacionales de mayor reconocimiento institucional; reconocimiento que va de la mano con el éxito comercial. Los artistas asumen, supongo, que hablar de esos temas les permite considerar su práctica como un espacio de lo político, nutrir su obra con algo de “peso intelectual” y, a la vez, ganar prestigio y vivir con decoro. Lo político vende.

En la práctica, las obras de arte no son más que mercancías listas para el consumo. Mercancías como las que ustedes pueden ver en esta exposición de Lorena Espitia, cuyo título, Arte político decorativo, señala esa doble perspectiva de comercio y militancia, de teoría y decoración, de llamado a la acción y deseos de fama y fortuna mezclados en un espacio que no se ve ni muy homogéneo, ni muy propicio para hablar de esos temas.

Todo parece indicar que la obra de Lorena Espitia ha caído en esa contradicción, que ha empezado a sumergirse en el terreno cenagoso del arte político colombiano. No ha conseguido escapar de esa fascinación por lo “político” y no ha logrado zafarse de un interés por el comercio de su obra. No ha podido hacer unos cuadros feos, con escenas desagradables o con representaciones de muerte y miseria, así que sus piezas tienen un alto valor decorativo, un elegante sentido del gusto. Lo bueno es que, al menos, todo esto ha ocurrido de forma conciente y simultánea en esta exposición.

Lorena sabe a dónde irán a parar sus piezas. Lo sabe, lo acepta y lo dice. Ese es el tema de esta exposición: un recorrido en primera persona por el campo del popular arte político decorativo en Colombia. Un arte no tan popular, no tan político y sí, más bien, decorativo.

Una verdadera politización del arte implicaría pensar en los circuitos de su circulación, en el tipo de diálogo o en la fricción que las obras introducen en el vínculo social. Implicaría pensar en y con las víctimas, para que fueran algo más que una serie de actores naturales que exhiben su miseria para el ojo de artistas y público. Implicaría movilizar los problemas sobre el terreno, y no en los espacios cerrados de las galerías de arte y de las páginas sociales de las revistas de diseño y farándula.

Sin embargo, empezar a hacer conciencia de la situación es quizás el primer paso para que los artistas usen ese espacio de lo político con algo más de pudor, o para que, al menos, la miseria ajena pase de moda en el ámbito artístico pues, como están las cosas, toda esta ola de supuesta politización (que no es más que una estetización de la política, con todos los vínculos fascistas que señala Benjamin al final de “La obra de arte…”) confirmaría que, en este momento, la forma en que se dan la militancia y la denuncia política en manos de los artistas no es más que una lucrativa herramienta para la incorporación de lo político como forma por excelencia de la decoración de interiores: inofensiva, elitista e inútil.

Víctor Albarracín Llanos

***

Inauguración

Hora: 19:00 – 22:30

Día: jueves 19 de agosto

Lugar: Galería Christopher Paschall
calle 22 # 5 – 88
Bogotá, Colombia

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El Polémico Coleccionista De Arte Saatchi Rompe El Silencio En Dos Libros

Posted on 14 August 2010 by [infoesfera]

“El mundo del arte atrae aproximadamente el mismo porcentaje de gente horrible que cualquier negocio en el que haya mucho dinero y egos muy grandes” asegura, entre otras confesiones, el famoso coleccionista irakí, aliado del conservadurismo británico. Tras años sin conceder entrevistas, el publicista acaba de editar dos “autobiografías”, Me llamo Charles Saatchi y soy un arteholico y Question.

Una imagen de la exposición de arte chino en la Galería Saatchi.

No deja indiferente a nadie: para unos Charles Saatchi (Iraq, 1943) es un farsante con los bolsillos llenos de libras y un fino olfato para vender (a precios astronómicos) gato por liebre; otros lo consideran el coleccionista-agitador de arte más importante de las últimas dos décadas. Él, mientras tanto, prefiere seguir inmutable a elogios y críticas. Se define simplemente como un “adicto al arte”. Después de años sin conceder una entrevista, cultivando una aristocrática distancia con los medios, ha optado ahora por romper su silencio y desvelar en los libros Me llamo Charles Saatchi y soy un arteholico (Phaidon) y Question (Phaidon) lo que piensa de una escena que lleva años agitando.

El arte y yo
“El mundo del arte atrae aproximadamente el mismo porcentaje de gente horrible que cualquier negocio en el que haya mucho dinero y egos muy grandes”. Su asalto a ese universo, después de una meteórica carrera como publicista que le permitió amasar una gran fortuna, vivió un momento clave en 1997. En septiembre de ese año, la Royal Academy de Londres presentó Sensation: Young British Artists from Saatchi Collection. Largas colas, críticas demoledoras y dimisiones de responsables de la institución fueron algunas de las consecuencias de una muestra en la que unos jóvenes y airados artistas –Damien Hirst, los hermanos Chapman, Tracey Emin…– insuflaron energía ymuchas dosis de provocación a una comatosa escena británica. Saatchi, padrino y mentor de una de las generaciones más cotizadas en los últimos años –hoy a la baja–, se convirtió en el coleccionista de la posmodernidad. ¿Sus secretos del éxito comercial? “No hay consejos ni normas para comprar y coleccionar arte”. Sólo pasión, dinero, intuición y una pizca de suerte. Él –asegura– se deja llevar por sus gustos: adora aquellas obras que “no se parecen a algo que ya he visto 100 veces antes, o si son visualmente muy agradables o particularmente repelentes”. Detesta aquellas pinturas que contienen “calaveras y muñecas”.

Coleccionistas, marchantes y comisarios
“Los coleccionistas somos insignificantes, lo que cuenta y sobrevive es el arte; yo sólo compro el arte que me gusta para exhibirlo y luego, si me da la gana, lo vendo y compro más”. Una forma de consumir más propia del fast food (¿fastart?) que Saatchi considera imprescindible: “Los artistas necesitan muchos coleccionistas, todo tipo de coleccionistas, comprando su arte”. Y si hay alguien que compre de forma compulsiva obras de artistas, ya sean consagrados o noveles de futuro incierto, es él. ¿Espíritu filantrópico? “Los ricos siempre estarán con nosotros”, responde con una frase con aromas de eslogan neoliberal. Menos complaciente se muestra con marchantes y comisarios de renombre internacional. De los primeros, afirma que mayoritariamente son unos “pomposos” que prestarían un mejor servicio a la sociedad en “las puertas de los nigth-club” decidiendo quién entra o no aquella noche. “Muchos de ellos –insiste– se creen que controlan el mercado, pero cuando un artista hace vibrar la escena con sus obras, este ya es incontrolable”. Entre las honrosas excepciones destaca a Leo Castelli –”el más brillante”–, descubridor entre otros de Rauschenberg y Warhol; y Larry Gagosian. Si los marchantes no son santo de su devoción –en la galería Saatchi on line promociona la venta sin intermediarios–, tampoco tiene muchos amigos entre los comisarios. Considera que estos poseen generalmente un gusto caduco y alejado del pulso de la escena artística ya que están “demasiado preocupados en ofrecer una y otra vez a sus 250 devotos la misma exposición del día de la marmota; exhibiciones de ojos muertos y sin alma dominan hoy el paisaje del arte”.

Mis artistas preferidos
“Ser un buen artista es el trabajo más duro que puedes elegir y tienes que estar un poco loco para asumir ese destino: los amo a todos”. Y entre sus amores más pasionales se encuentran las obras de Goya, “mi debilidad”, Eva Hesse, “fantástica”, y Paula Rego. Pero si ha de escoger a aquellos artistas de los últimos 100 años que sobrevivirán en el tiempo a las modas y vaivenes del mercado, apuesta por Jackson Pollock, Andy Warhol, Donald Judd y Damien Hirst. Este último es su niño más mimado entre los mimados young british artists, del que reconoce empero que “está un poco fuera de forma”. Entre los que menos le gustan: Basquiat, “su arte me pareció siempre decorativo y poco original”, y Rothko –”no creo que sus obras evoquen el infinito”–, así como el nuevo arte chino: “La primera vez que vi obras del nuevo arte chino pensé que era horrible, y la mayoría del arte que te parece horrible al principio lo continúa siendo”.

Culpable y orgulloso
Éxito comercial, provocación y grandes sumas de dinero… Un explosivo cóctel que acompaña la carrera de Saatchi y por el que ha sido acusado de inflar el precio de las obras de artistas menores. Él, lejos de defenderse, asume con naturalidad su parte de culpa y avisa a los profetas del apocalipsis que la fiesta continuará: “En la última década la especulación infló los precios y no creo que la burbuja vaya a estallar en breve”. Palabra de Saatchi.

publicado por Revista Ñ

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